Por Juan de la Cruz /

La estética, esfera de la filosofía que tiene la misión de estudiar las inmensas complejidades de la creación artística, ha sido objeto de múltiples interpretaciones por parte de filósofos, literatos y artistas de las más diversas áreas, estilos y épocas. Es compresible que así sea.

Contrario a otras esferas de la filosofía, que tienen a la razón como fundamento esencial, la estética trata de nadar de forma sincronizada en el torbellino incesante de las aguas bravías de las emociones humanas, las intuiciones y las más variadas formas de expresión del pensamiento.

Desde tiempos inmemoriales, la mayor parte de los tratadistas de la estética le han dado prioridad a un elemento determinado de la creación artística como factor primordial a tomar en cuenta al momento de apreciar o valorar críticamente el nivel de trascendencia cualitativa de una obra de arte, sea ésta de naturaleza literaria, musical, pictórica, escultórica, arquitectónica o artesanal.

Una cantidad apreciable de estudiosos de la creación artística le ha dado mayor relevancia a la categoría estética de lo bello sobre las demás; algunos han puesto en primer plano la categoría de lo feo; mientras que otros privilegian una de las siguientes cualidades con respecto al resto del universo categorial: lo satírico, lo trágico, lo cómico, lo grotesco, lo imaginario, lo real, lo simbólico, lo hiperbólico, lo metafórico, lo mimético, lo estúpido, lo absurdo, lo ruin, lo enigmático…

Hagamos un breve recorrido histórico a través de la estética para ver cómo la han enfocado los principales representantes de la filosofía, muchos de ellos ubicados en corrientes artísticas y filosóficas diametralmente opuestas.

Platón concibió lo bello como una generalidad abstracta e identificó la esencia de lo bello con el principio ético de lo bueno. En tanto Aristóteles concebía el arte como una imitación de la naturaleza, definiendo lo bello por la grandeza y el orden. En su obra Poética, Aristóteles (1997:19-20) plantea:

“La epopeya y la poesía trágica, así como la comedia y la poesía ditirámbica, la aulódica en gran parte, así como la citaródica son, en una consideración general, imitaciones, pero se distinguen entre sí en tres aspectos: o por lo medios con que realizan la imitación, o por el objeto que imitan o bien porque imitan de modo distinto y no de la misma manera… En efecto: así como algunos imitan algunas cosas tanto por medio de colores como por medio de figuras -ya por medio del arte, ya por la costumbre- y otros mediante la voz, igualmente, en las mencionadas artes, la imitación se realiza mediante el ritmo, la palabra y la música, bien con todos esos recursos separadamente, bien con todos ellos a la vez”

Sin lugar a dudas, Aristóteles le otorga un papel trascendental a la mímesis o imitación en el proceso de obtención de la belleza, por cuanto entiende que es la vía natural para alcanzar los más altos valores estéticos y éticos.

Plotino percibía la belleza en la forma creativa y los estoicos en la simetría de los elementos, mientras San Agustín consideraba que la forma de toda belleza es la Unidad= Dios. Sin embargo, los materialistas ingleses y escoceses han visto la esencia de lo bello en la realidad empírica.

Para los filósofos de la Edad Media y de los siglos XVII y XVIII hasta Emmanuel Kant, lo bello es puesto en segundo término, ya que no era concebido como una finalidad, sino un medio para alcanzar fines. También trataron de comprender lo bello a través de lo metafísico, desde una Concepción del Universo o desde lo místico.

La estética clásica, desde Kant hasta Hegel, Herbart y Zimmerman, miraba lo bello en el objeto, en la idea, en la realidad trascendente. En ese orden, Kant (1999:141) asegura: “Lo bello es lo que, sin concepto, es representado como objeto de una satisfacción ‘universal’”. En tanto para Hegel (1997:11 y 70):

“Solo es bello aquello que encuentra su expresión en el arte, en tanto sea creación del espíritu; bello natural no merece este nombre más que en la medida en que está relacionado con el espíritu… La obra de arte, pues, procede del espíritu, y su superioridad consiste en que, si el producto natural es un producto dotado de vida, es perecedero, mientras que una obra de arte es una obra que perdura”.

Está claro, para Kant la belleza se manifiesta de manera inocente, desprovista de una intencionalidad perceptible, ya que obvia el concepto, sin el cual no es posible el conocimiento consciente de las cosas.

En tanto para Hegel la belleza es sentida y vivida conceptualmente, no solo en el sentimiento sino también en la sensibilidad del pensar, de modo que para él la misma no sólo se vive en el corazón, sino que se respira y se vive conceptualmente en el espíritu puro.

Así el lenguaje de la belleza echa raíces y se encarna en la imaginación del sujeto. De este modo, los sentidos se abren al deleite y al goce infinito los misterios encerrados en la sublimidad de la creación espiritual plasmado en una obra de arte, la cual trasciende así la espacio-temporalidad y se perpetúa más allá del infinito.

Es así como el entendimiento y la razón se encuentran con la lógica de su propio ser y la sensación intensa del éxtasis placentero que alborota los sentidos del sujeto y le hace sentir más allá del mero sentimiento. Se trata, pues, de una experiencia emocional que trasciende no sólo carne, sino al pensamiento mismo.

De su lado, Lotze, Spranger, Külpe y Séller consideraban lo bello como expresión de lo objetivo Valente, al tratar de relacionar de forma comprehensiva lo estético con lo axiológico, pero otorgándole a esta última forma de expresión la predominancia.

A partir del siglo XIX, la estética subjetiva se hizo predominante, al sustentar que los seres humanos poseen en sí mismos la virtud de que la fantasía y el entendimiento actúen armónicamente y acoplen lo múltiple en la unidad.

Muy pocos ven la creación artística como un todo armónico e integral que es necesario analizar a profundidad para poder comprender las características de la lírica del alma humana y la realidad histórico-social en que es concebida la obra de arte.

Andrés Avelino fue uno de los pocos estudiosos de la estética que concibió la creación artística como una totalidad compleja que abraza en un solo haz lo objetivo, lo subjetivo y lo valente, pero donde lo valente -desde una perspectiva metafísica- ocupe un lugar trascendental.

Esto se explica por el hecho de que Avelino fue a la vez poeta, pintor y el principal teórico del movimiento literario denominado Postumismo, así como el filósofo más destacado de la República Dominicana, en virtud de su voluminosa y la profundidad de su pensar.

Avelino plantea esa concepción estética como reacción a la visión unilateral que en torno a lo estético han tenido diferentes pensadores en el discurrir histórico y el pasado reciente de la filosofía y la estética, donde cada quien ha puesto sus énfasis, ya en la estética subjetiva, ya en la estética objetiva, ya en la estética de los valores.

Conforme a la perspectiva de Avelino (1940:310), en lo estético, la vivencia eidética, la vivencia psíquica y la puesta de valor se interpenetran en un proceso dirigido a fines.

Ello así, porque en la vivencia estética del ser humano, el artista “es tan sólo un instrumento subconsciente, usado por la Concepción del Universo, por Dios, para alcanzar los más altos valores supremos: bien, belleza, verdad y santidad”.

Lo bello es simplemente una intuición de sentido, aprehendida inconscientemente por un sujeto en la vivencia eidética y emocional de un objeto. Todo objeto, según Avelino, está categorialmente comprendido en el sujeto, en la medida en que, a través de sus manifestaciones se identifica en la vivencia de la realidad con el Yo, con el sujeto.

Esto refleja una clara identidad de objeto y sujeto en el acto fenomenológico puro, lo que posibilita a su vez la resolución del problema metafísico de la trascendencia y la inmanencia, fundamento clave de una estética metafísica de los valores.

El filósofo dominicano destaca cinco aspectos básicos que permiten la comprensión cabal del valor estético, a saber: 1. La actitud valorativa o vivencial del valor estético, instante supremo en que prende en nuestra alma la visión indefinible e inesperada del temblor que nos arrebata hasta el éxtasis.

2. La forma del valor o puesta de valor estético, el juicio con que postulamos lo bello y lo feo.

3. La esencia del valor, el ente formal o material que es motivo de una vivencia de valor.

4. El ser objetivo en que se apoya el valor, que no es el valor mismo, sino la situación o el recurso sobre el que flota la relación de valor.

5. El sentido o los fines del valor, la causa prima del valor, la relación supraindividual del Supra-yo con el Yo y el objeto, sin lo cual ese sublime éxtasis estético, la aprehensión de lo bello, no sería posible para el ser humano.

Lo fundamental en el artista es intuir el valor y expresarlo. Todo valor estético puede ser expresado en lo sensible.

Esta expresión se logra a través de varios estadios de la sensibilidad humana: A)- Se intuye el valor y con ello hay un hondo intento de expresión del valor en el alma. B)- La intuición con este primer impulso de expresión, la vivencia, es lo que constituye la inspiración. C)- La inspiración surge con una intensa conmoción psíquica. D)- Se procede a la expresión sensible de la obra de arte. Así el valor se intuye primero, se vive intensamente y se expresa después.

Sin embargo, en ocasiones el intuir eidético del valor y la vivencia son concomitantes, sobre todo en ciertas artes subjetivas, fenoménicas, donde forma y fondo y fondo y forma son una misma cosa; siempre y cuando fondo signifique valor, no idea, y forma, expresión del valor, no métrica.

Para Avelino, la finalidad de la obra de arte está determinada por dos notas claves: 1. Por la altura del valor estético que expresa y 2. Por la perfección de la expresión.

En esta concepción estética todo cabe en el mundo del arte. No hay nada extraestético. Nada está fuera de la esfera de los valores estéticos.

La esencia objetiva de los valores puede estar insinuada en los objetos para ser intuida por el ser humano, en virtud de la mediación de Dios, aunque en ocasiones muy imperfectamente; pero solo el artista intuye en su totalidad el valor.

En este caso el valor es concebido como una relación de sentido impuesta al Yo por el Supra-Yo, para que sea intuida con motivo de una situación o de un objeto sensible o no sensible.

En lo estético solo cabe un intuir valores y un aprehender vivencias estéticas. El valor estético se presenta de improviso en el alma con la exigencia de ser expresado sensiblemente.

Esta exigencia y esta expresión en lo sensible muestra la teleología trascendente hacia lo estético y la relación metafísica que todo valor tiene con el objeto… El valor es, pues, una relación de sentido entre objeto y sujeto.

Según Avelino, en el fondo de toda estética hay una actitud metafísica, puesto que el ser humano vive y refleja en el arte todos sus problemas, al tiempo que vive y expresa los demás valores a través de los valores estéticos, lo cual implica de por sí asumir una posición filosófica.

Avelino también afirma que el arte se ha hecho cada vez más consciente de sí mismo, lo que ha contribuido a que la Filosofía, la Concepción del Mundo (Dios) y el artista se hayan dado definitivamente las manos. El artista de hoy tiene más conciencia de su elevada misión en el mundo.

El poeta ya no es jilguero que canta, sino alondra y búho. Esto quiere decir que el poeta es al mismo tiempo una persona que expresa los sentimientos y desarrollar el pensar. El poeta vice tres formas del pensamiento: el pensamiento filosófico, el pensamiento poético y el pensamiento religioso, mediante la intuición de los valores estéticos.

Consciente de su propia evolución artística, Andrés Avelino reconoce que, durante su trayectoria como artista y literato, se adscribió a diferentes concepciones estéticas. Militó en la concepción estética formal de Hegel y Herbart, que considera la idea como lo bello. Al referirse a ese momento de su devenir poético, Avelino (1940: 326-327) dice:

“En un grado de mi evolución poética: la concepción de la poesía ideal de lo matemático, estuve inmerso en esa concepción de la belleza. En ella hay algo de verdad. Pero no todo en ella es cierto. Lo que sucede es que hay cierto sector de la belleza que es privativamente más objetivo que subjetivo. Otra que resulta lo contrario.

En ningún caso falta la vivencia ni la puesta en valor. La belleza es absoluta en sí y relativa en su manifestación. El sentido de lo bello está igualmente puesto por la Concepción del Universo, tanto en los objetos sensibles, en los no sensibles como en el Yo. El Yo, al aprehender en forma de valor lo bello, lo torna relativo”.

En cuanto a su adscripción al subjetivismo estético, como parte del Postumismo, Avelino (1940: 353-354) nos dice: “El postumista sustenta una estética subjetiva”, es decir, “una evolución hacia adentro”, tal como lo expresa el también postumista Rafael Estrada. Al respecto Avelino expresa:

“El Postumismo considera al hombre como el centro de gravedad de todas las posibles situaciones estéticas. Considera al arte como un medio para realizar todos los valores necesarios para la evolución libérrima del espíritu.

Su único canon, que por esencia deja de ser un precepto, es aspirar a la completa liberación del espíritu del hombre en la total aprehensión de los valores estéticos… Intuir una obra de arte es aprehender todos los valores sustentados por un hombre en una vida y más allá de la muerte. De ahí su símbolo: Postumismo”.

En su concepción estética más desarrollada (la Estética Metafísica de los Valores), que incluye también al Postumismo, Avelino (1940: 355) sostiene:

“El Postumismo es, pues, una estética esencialmente subjetiva, objetiva y valente. Para el Postumismo el arte no es fin, sino un medio, un recurso para la realización integral de los valores humanos. El arte se ha tornado metafísica emocionada de los valores estéticos.

El Postumismo se dirige ahora mismo, al través de mi instrumento captador de vivencias emocionales de valores, hacia una Estética Metafísica de los Valores, de base fenomenológica y sentido teleológico, dirigida por la Concepción del Universo”.

Para comprender a cabalidad la concepción estética de Andrés Avelino (1940: 355), es necesario seguir al pie de la letra este consejo suyo: “Para estudiar a un poeta es necesario, pues, conocer la integral evolución de su espíritu, la curva completa de su parabólica estética, su propia evolución filosófica”.

La concepción estética de Avelino nos parece sumamente amplia e integral, ya que tiene como horizonte fundamental a la realización plena de los valores humanos a través del arte, en virtud de lo cual articula en un todo complejo e interdependiente lo subjetivo, lo objetivo y lo valente. La total aprehensión de esos valores estéticos es lo que haría posible su máxima aspiración: la completa liberación del espíritu humano.

Acaso esa aspiración no entra en contradicción con su apreciación de que en el fondo de toda estética subyace una visión metafísica, donde el artista es concebido como un mero instrumento del Supra-Yo, quien mueve los hilos de la creación artística desde su gloria inmarcesible, ¿para que aquel cumpla con sus designios?

Entre su aspiración y su apreciación existe una aparente contradicción, la cual vemos desaparecer en el momento mismo en que la supuesta subordinación ostentada por el artista en su labor creativa, se constituye en la cruz que debe cargar -cual cirineo- para alcanzar los más altos valores estéticos. Estos les permitirían, tanto a él, a los demás artistas y a toda la humanidad, lograr la suprema libertad anhelada.

BIBLIOGRAFÍA

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Avelino, Andrés (1956), Los Problemas Antinómicos de la Esencia de lo Ético (Filosofía de lo ético), Ciudad Trujillo: Editora Montalvo.

Cordero, Armando (1978), La Filosofía en Santo Domingo, Santo Domingo: Editora Horizontes de América.

Hegel, Federico (1997), Introducción a la Estética, Barcelona: Península.

Kant, Emmanuel (1999), Crítica del Juicio, Madrid: Editorial Espasa-Calpe.

Mateo, Andrés L. (1997), Manifiestos Literarios de la República Dominicana, Santo Domingo: Editora de Colores.

Ross, Waldo (1956), El Mundo Metafísico de Andrés Avelino, Ciudad Trujillo: Sociedad Dominicana de Filosofía.