Cuba sentencia a su ex zar económico: ¿el chivo expiatorio perfecto?
Por Redacción TeclaLibre
El antiguo viceprimer ministro y exministro de Economía de Cuba, Alejandro Gil Fernández, pasó —en tiempo récord— de ser “el arquitecto del futuro económico” del país a un traidor convicto y sentenciado a cadena perpetua… más 20 años adicionales, como quien redondea la condena por si acaso.
Alejandro Gil Fernandez dirigió la economía de Cuba desde 2018 y su gestión estuvo marcada por el fracaso absoluto. Todos los planes de recuperación que anunció se estrellaron, entre ellos la llamada “Tarea ordenamiento” de 2021, que prometió a los cubanos una mejora a través del fin de la doble moneda y una revisión de los precios. El resultado fue el aumento de la inflación y la profundización de una crisis que dio pie al mayor éxodo migratorio en la historia de la isla.
Dos juicios, una decena de delitos y la etiqueta máxima que el castrismo reserva para sus caídos en desgracia: “traición a la patria”.
La información fue soltada este lunes por el Tribunal Supremo Popular, casi sin aire, como quien quiere que pase rápido. Con la sentencia, La Habana intenta poner fin a la novela iniciada en febrero de 2024, cuando Gil fue destituido de manera sorpresiva, justo después de encabezar durante años el rumbo económico que hoy naufraga con el país a bordo.
Gil se hizo famoso en noviembre de 2020 cuando presentó la llamada Tarea Ordenamiento, ese experimento económico que desmontó la doble moneda y rediseñó precios y salarios “para que Cuba despegue”.
Cuatro años después, Cuba no despegó: se hundió aún más. La inflación devoró salarios, la escasez se volvió paisaje y la economía real redujo su talla a la de un país de guerra sin haber disparado un tiro.
Hoy el plan es citado por los cubanos como una especie de “accidente nacional”.
Pero la historia oficial ahora dice que Gil los engañó. Que mintió. Que dañó la economía de la nación.
Poco importa que la debacle venga acumulándose desde hace cinco décadas.
La sentencia sostiene que el exfuncionario “sustrajo, dañó y puso a disposición del enemigo” información clasificada del Estado.
Siempre “el enemigo”.
Siempre misterioso.
Siempre omnipresente.
Pero jamás identificado.
Gil enfrentó dos vistas orales en noviembre, ambas discretas y blindadas. Según el comunicado, su conducta evidenció una “degradación ética, moral y política” que exige sanción ejemplarizante, como indica el Artículo 4 de la Constitución cubana.
La fórmula es vieja, pero eficaz: si se desmorona la economía, el enemigo infiltró al responsable.
En Cuba, la sentencia cayó como espectáculo anunciado, pero sin elenco visible.
La población lleva meses exigiendo respuestas, pero en un país donde preguntar es un deporte extremo, la sentencia parece más cortina que cierre.
El régimen ha preferido ofrecer datos mínimos:
quién cayó
cuánto le tocó
y que fue “por traición”.
Nada sobre cómo alguien que era “mano derecha directa” del presidente manejaba información sensible sin control ni auditoría.
Nada sobre los cómplices —si los hubo— ni sobre la estructura política que avaló cada decisión.
Nada sobre quién aprobó cada decreto, cada precio, cada ajuste salarial.
Gil parece abrir una nueva etapa del castrismo, donde ya no basta con culpar al bloqueo, a la pandemia ni al huracán. Ahora hace falta un rostro visible.
Y Gil tenía perfil:
-
Figura pública
-
Repetidor entusiasta del discurso oficial
-
Promotor de políticas fallidas
-
Hombre de confianza del presidente
Y, sobre todo, ya no útil.
Hoy el régimen exhibe al exministro como prueba de mano dura, como aviso disciplinario y como recordatorio de que incluso los “intocables” pueden caer.
Mientras tanto, Cuba sigue en lo mismo:
inflación, colas interminables, apagones, caída productiva, emigración en estampida.
Solo que ahora tiene un culpable certificado.
Alejandro Gil Fernández, sentenciado por traicionar a la patria.
Porque destruir la economía desde el poder… siempre es obra del individuo caído. Nunca del modelo. Nunca del sistema. Nunca del mando.
La historia ya eligió al culpable. Y el país sigue esperando justicia.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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