Por Ramon Espinola
EDUCANDO
Por el trillo de la intrahistoria poética
(Para los amigos de la Cerepoesia y Miercoletras aplaudidores de ellos mismos)
Apolinar Perdomo
Periodista, poeta, teatrista, crítico, escritor
Apolinar Perdomo nació en Neiba, en el Sur profundo de la República Dominicana, ese territorio donde la geografía no solo es paisaje, sino destino, frontera y memoria viva de una nación que muchas veces ha aprendido historia a través de cicatrices.
Llegó al mundo el 7 de octubre de 1882, en una época en que la joven república aún trataba de organizar su identidad entre caudillos, crisis económicas y sueños ilustrados que solían durar lo mismo que un gobierno.
Fue hijo de Federico Perdomo, nacido en Santo Domingo, y de Dolores Sosa, mujer neibera, heredera de esa fortaleza silenciosa de las mujeres del sur, acostumbradas a sostener familias, tradiciones y esperanzas mientras los hombres discutían sobre patria, poder y honor en las plazas públicas.
Desde temprana edad mostró inclinación hacia la poesía y la escritura, vocaciones peligrosas en un país donde la inteligencia suele ser celebrada… siempre y cuando no cuestione demasiado el orden establecido. Apolinar eligió el camino de la palabra, que en América Latina casi siempre ha sido la forma más elegante —y a veces más solitaria— de rebeldía.
Pronto destacó como poeta, llamando la atención de círculos literarios que, aunque pequeños, funcionaban como auténticos ministerios simbólicos del prestigio cultural.
Entre los críticos que reconocieron su talento se encontraba Joaquín Balaguer, quien, antes de convertirse en arquitecto político del poder, cultivaba la literatura con la meticulosidad de quien entendía que la palabra escrita puede sobrevivir incluso cuando la historia decide ser despiadada.
Balaguer y otros críticos sostuvieron que Apolinar Perdomo, junto a Fabio Fiallo, reinaban en el parnaso dominicano del verso erótico y romántico. No era una afirmación ligera: ambos poetas introdujeron una estética amorosa refinada en un país donde la política era brutal y la poesía funcionaba como un refugio espiritual.
A inicios del siglo XX, cuando la nación transitaba entre modernización precaria y crisis recurrentes, estos dos vates ofrecieron al público un romanticismo sofisticado, cargado de musicalidad, sensualidad contenida y elegancia formal. Mientras los discursos políticos prometían redención nacional, ellos ofrecían algo más real: belleza.
La obra poética de Perdomo se dispersó en revistas y periódicos de su tiempo, ese ecosistema literario donde la poesía convivía con anuncios de remedios milagrosos, editoriales patrióticos y columnas políticas que envejecían más rápido que el papel en que se imprimían.
No fue hasta 1923, cinco años después de su muerte, cuando apareció el primer libro que recopilaba su poesía. Como ocurre con frecuencia en nuestra historia cultural, el reconocimiento llegó cuando el autor ya no estaba para verlo —una tradición que el Caribe ha cultivado con sospechosa constancia.
En 1943, bajo órdenes del dictador Rafael Leónidas Trujillo —admirador de la cultura, siempre que esta no se convirtiera en conciencia crítica— se publicó otra edición de su obra. La paradoja dominicana volvía a cumplirse: el poder que controlaba la palabra pública también se encargaba de preservar la memoria literaria. La historia, en ocasiones, tiene un sentido del humor bastante oscuro.
Su única obra publicada en forma de libro fue “Canto de Apolo”, con ediciones en 1923 y 1943. Sin embargo, su producción fue vasta y dispersa. Entre sus poemas más conocidos se encuentran:
- Génesis
- Canción de Amor
- Venus Rara
- Amo y odio a la vez tu albo sombrero
En ellos se revela un poeta profundamente romántico, de sensibilidad espiritual intensa, con una mirada donde el amor y la contradicción convivían con naturalidad, como suele ocurrir en las sociedades donde la pasión ha sido históricamente más estable que las instituciones.
Su universo emocional lo acerca espiritualmente a Fabio Fiallo. Ambos creyeron en la poesía como expresión suprema de la belleza, como refugio contra la vulgaridad del poder y como testimonio de que la sensibilidad puede sobrevivir incluso en los contextos políticos más hostiles.
Su eros poético, anclado en su espiritualidad romántica, tuvo escasa proyección internacional debido a las limitaciones propias de la insularidad cultural. Sin embargo, sus versos fueron reconocidos por Rubén Darío, amigo de Fabio Fiallo, quien admiró la precisión métrica y la musicalidad del poeta dominicano.
En la tradición literaria hispanoamericana, ese tipo de reconocimiento equivale a una condecoración estética de alto nivel.
Para sobrevivir económicamente, trabajó como periodista. Sin embargo, no firmaba con su nombre, sino con el seudónimo Armand Pierrot, quizás como mecanismo de protección en una época donde opinar demasiado podía convertirse en una forma involuntaria de suicidio social —o algo peor.
Las presiones económicas lo llevaron a ingresar al Ejército Dominicano, donde alcanzó el rango de oficial.
La historia latinoamericana está llena de intelectuales que terminaron vistiendo uniforme, no por vocación militar, sino por necesidad de supervivencia. La patria, después de todo, siempre ha sido una empleadora exigente.
Entre sus trabajos literarios y teatrales destacan:
Sonámbulo
Monólogo publicado en la revista Cuna de América el 6 de octubre de 1907.
Cuentos de Amor: Comedia en dos actos estrenada en el Teatro Colón en 1917, durante la Ocupación Militar de Estados Unidos, episodio histórico que demostró que la soberanía dominicana era, en ocasiones, una negociación más que una realidad.
En la Hora del Dolor. Publicado en Renacimiento el 20 de octubre de 1917, obra donde reafirma su madurez literaria.
Perdomo publicó en los principales medios culturales de su época:
- Listín Diario
- Revista Nuevas Páginas (de la cual fue director)
- Renacimiento
- Cuna de América
- Letras
- Ateneo
- Blanco y Negro
- Quisqueya
- Mefistófeles
Su obra fue bien recibida por la crítica y el público, fenómeno poco común en cualquier época, pero especialmente raro en sociedades donde la cultura suele competir con la política por la atención colectiva.
Entre 1910 y 1911 escribió la serie Instantáneas del Parque Colón, donde retrató la vida cultural y social del corazón colonial de Santo Domingo. El parque funcionaba como ágora informal donde convivían poetas, comerciantes, políticos, aspirantes a intelectuales y profesionales del rumor.
Sus crónicas eran esperadas con entusiasmo, porque muchas veces capturaban los comentarios, intrigas y discusiones que circulaban entre el Parque Colón y la calle El Conde, ese corredor histórico donde la República Dominicana ha debatido su destino entre cafés, tertulias y conspiraciones suaves.
Escribía con frecuencia:
“El reloj de la Catedral, con su cansada monotonía, da las diez de la noche. El parque Colón ríe, con su elegante risa capitaleña, de las horas que marca el viejo reloj centenario; y a la luz de sus ocho focos eléctricos, ofrece sus bancos a la charla de los jóvenes poetas y al contraste severo de los graves comerciantes.”
Mencionaba con frecuencia las discusiones entre Arturito Pellerano y Arturo Logroño, nieto del arzobispo Meriño, jóvenes intelectuales que convertían el parque en escenario de debates donde las ideas, al menos por un rato, parecían más importantes que los cargos.
Apolinar Perdomo murió el 27 de diciembre de 1918, en Santo Domingo, con apenas 36 años. Falleció víctima de la pandemia de influenza conocida incorrectamente como la gripe española, recordatorio brutal de que la historia humana puede ser interrumpida por fuerzas invisibles, sin pedir permiso a la literatura ni a la política.
Murió joven, como mueren muchos poetas románticos: dejando versos dispersos, belleza inconclusa y la sensación de que la poesía, en el fondo, es una forma de resistencia contra el olvido histórico.
Porque al final, los poetas no derrotan dictaduras, no cambian economías ni redactan constituciones.
Pero hacen algo quizás más peligroso:
Le recuerdan a la sociedad que la belleza, la memoria y la sensibilidad también son formas de poder.
Publiquemos uno de los poemas emblemáticos del genio poético de Apolinar Perdomo, nos referimos a “Canción de Amor”
Tu ventana está abierta… ¿Estás dormida?
¡Quién pudiera saber a dónde el vuelo habrá alzado tu alma bendecida!
¿Se ha fugado un momento de la vida para estar con los ángeles del cielo?
¿O escoltada por blancos serafines, intangible, sutil, plena de olores, correteará, traviesa, en los jardines con el alma fragante de las flores?
Tu ventana está abierta. Te importuna con sus caricias la nocturna brisa, mientras un rayo de la casta luna juega a besos de luz con tu sonrisa.
¿Sueñas? ¡Oh, sí! Tú sueñas y sonríes
¿Reproduce tu sueño algún instante de amor? ¿La hora del te amo vacilante que hizo un temblor extraño de rubíes,sobre tu boca breve e incitante?
¿O aquel idilio, cuando yo de hinojos
contemplaba tu faz, y se tendía
desde mis ojos a tus tiernos ojos
como un puente ideal, por do venía,
de tus caricias entre el vago arrullo,
tu alma divina para perfumar la mía
¿e iba mi amor a despertar el tuyo?
Tu ventana está abierta. Están ansiosas
las flores que cuidaste en tu ventana
por mirarte otra vez: para tus rosas
¡tú eres más que la luz de la mañana!
Una tarde, desde esas que ahora miro rejas divinas en tranquila calma, todo tu amor, deshecho en un suspiro, cayó desde tu boca hasta mi alma.
Y es de entonces que encienden los rubores la albura de tu rostro de querube,
cuando a tus rejas, floreciendo amores,
la enredadera de mi verso sube.
Ahora, en silencio, solo, las cortinas,
de tu albo lecho el pensamiento ronda,
y contemplo, tras ansias peregrinas,
la artística actitud con que reclinas
tu perfumada cabecita blonda;
la mano sobre el pecho, blanca y bella,
movida levemente, que parece
el reflejo intangible de una estrella
que un mar de espumas acaricia y mece;
el brazo ebúrneo, blanco como un cirio,
que está fuera del lecho, y es lo mismo
que un tallo enorme que sostiene un lirio
desmayándose al borde de un abismo;
y sobre el oro de tu cabellera
tu blanca faz, y en ella tu sonrisa,
como un ala rosada que durmiera
sobre tu boca el sueño de tu risa…
¡No despiertes, mi amor! ¡Te ve mi ensueño
tan ideal, tan bella así dormida,
que no sé si quisiera que tu sueño
durará para mí toda la vida!
¡Más no! que están en la ventana abierta
tus flores, y por verte están ansiosas:
no para mí, que te mirara aún muerta,
pues vives en mi ser: ¡por Dios, despierta
¡para la vida de tus pobres rosas…!


