¿MEDIADOR O PROTAGONISTA?
Por Luis Rodríguez Salcedo
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dejó la puerta entreabierta a la posibilidad de darse una vuelta por Turquía —siempre y cuando su presencia resulte “útil”, claro está—, en medio del revuelo por las conversaciones de paz que se cocinan en Estambul entre el ruso Vladimir Putin y el ucraniano Volodimir Zelenski. Quién sabe, tal vez Trump quiera robarse un poco del show o, al menos, posar para la foto.
Este tipo de declaraciones de Donald Trump deben analizarse con una dosis de sospecha estratégica y picardía geopolítica, ya que sugiere un movimiento con múltiples capas de intereses, tanto personales como de poder global. Vamos por partes:
¿Mediador o protagonista? Trump no es un diplomático tradicional. Su estilo ha sido siempre el de acaparar el centro del escenario, incluso en conflictos internacionales. Al insinuar que él «insistió en la reunión» y que «podría volar hacia allí si puede ser útil», se posiciona como un actor indispensable, aunque oficialmente no tiene rol alguno en las negociaciones. Esto puede entenderse como un intento de capitalizar políticamente la situación, especialmente si consideramos su deseo de mantenerse relevante en la política global.
Proponerse como mediador sugiere neutralidad, pero Trump ha sido históricamente cercano a Putin, y su relación con Zelenski ha estado marcada por tensiones (como el célebre quid pro quo por ayuda militar). Si viaja a Turquía y se sienta «en la mesa», podría ser percibido por Ucrania y sus aliados como un intento de legitimar posiciones rusas bajo el disfraz de pacificador.
Turquía como teatro geopolítico Estambul es un lugar estratégico. Turquía juega a dos bandas: miembro de la OTAN, pero con vínculos estrechos con Rusia. Si Trump va allí, estaría también resaltando la figura de Erdogan como anfitrión de la paz, reforzando un eje no del todo alineado con Washington tradicional. Esto puede verse como un mensaje indirecto contra el establishment diplomático estadounidense y europeo.
La gira de Trump por Arabia Saudí, Qatar y EAU sugiere una búsqueda de acuerdos o respaldos financieros y políticos en una región donde la realpolitik y las alianzas cambiantes dominan. ¿Negocios? ¿Acuerdos energéticos paralelos? Nada está descartado. Desde una lectura cínica, este recorrido podría tener menos que ver con la paz y más con asegurar intereses estratégicos y económicos propios.
Al presentarse como el “único que puede detener la guerra”, Trump recicla su narrativa mesiánica: solo él puede arreglar lo que otros no han podido. Pero al mismo tiempo, se adelanta a un eventual fracaso: “yo hice que se reunieran, el resto no es culpa mía”. Es una jugada ganar-ganar en términos políticos, aunque el resultado sea incierto para la paz misma.

