Pastor con sotana y doble vida: 10 años de cárcel por abusar de niñas en Los Alcarrizos
El disfraz de “hombre de Dios” le funcionó durante años al pastor evangélico Johan Manuel Castillo Ortega. Desde su púlpito en Los Alcarrizos, se presentaba como guía espiritual mientras convertía a su iglesia y hasta a su propia casa en escenario de abusos contra niñas y adolescentes.
El Cuarto Tribunal Colegiado de Santo Domingo Oeste lo desenmascaró: 10 años de prisión en Najayo Hombres y una factura pendiente de RD$100,000 de multa al Estado y un millón de pesos de indemnización a las víctimas. Nada que se compare al daño causado, pero al menos una señal de justicia.
El expediente, trabajado por la fiscal de investigación Olivia Sosa, expone la mecánica de este “pastor”: aprovecharse de la confianza y la vulnerabilidad. No solo en la iglesia, sino en su propia vivienda, donde recibía a niñas que iban a jugar con sus hijas. Allí, según pruebas presentadas por los fiscales Sugely Valdez, Francheska Alcántara y Nicasio Pulinario, el predicador proyectaba películas pornográficas, mostraba sus genitales y realizaba toqueteos e insinuaciones indecorosas.
Dos de las víctimas aún son menores. Cuatro alcanzaron la mayoría de edad mientras se desarrollaba el proceso judicial. Una de ellas, con la entereza de quien no olvida, declaró que fue abusada cuando apenas tenía siete años.
El tribunal, integrado por los magistrados Julio de los Santos Morla, Sandra Josefina Cruz Rosario y Clara Yoselin Rivera Franco, acogió el pedimento del Ministerio Público y dictó la condena.
El Código Penal dominicano, en sus artículos 330, 333 y 309-1, junto a la Ley 136-03 de protección de niños, niñas y adolescentes, sirvió de base jurídica. Pero más allá de la técnica legal, lo que queda es la amarga ironía: la fe que debía proteger a los más débiles se utilizó como arma contra ellos.
El resultado es un nuevo capítulo en la ya larga lista de casos donde líderes religiosos —llámense pastores, sacerdotes o profetas— se convierten en depredadores disfrazados de “siervos”. Y como casi siempre, la justicia llega tarde, después de que la niñez se les escurrió entre abusos y silencios.
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