DESAIRE DE TRUJILLO A PEÑA BATLLE
Por Ramon Espinola
Manuel Arturo Peña Batlle fue un rancio intelectual que se destacó como historiador, ensayista, abogado y político. Se inició en las luchas patrióticas contra el poder imperialista de los Estados Unidos durante la primera ocupación (1916-1924), cuando la república se veía cada vez más atrapada bajo las alas del águila calva.
Sin embargo, esa oposición al intervencionismo norteamericano no significaba que Peña Batlle fuese un nacionalista en sentido pleno. Todo lo contrario: lo que en realidad lo animaba era su hispanofilia y un profundo rechazo hacia Haití y todo lo relacionado con su cultura y su pueblo. De ese pensamiento nació, en esencia, la política de la “Dominicanización de la Frontera”, eje ideológico del trujillismo.
Nada que no representara las raíces españolas era aceptado por su genio intelectual; por ello, detestaba a los haitianos, a quienes consideraba seres inferiores.
Cuando se produjo el golpe del 23 de febrero de 1930, que catapultó a Rafael Leónidas Trujillo al poder, Peña Batlle, junto a un grupo de intelectuales capitalinos, salió a las calles con un estribillo que mortificó profundamente al futuro dictador:
“¡Trujillo, no puede ser!”
En un hombre como Trujillo, marcado por las heridas de una sociedad injusta, afrentas de esa naturaleza no quedaban impunes. Muy probablemente quedaron estas grabadas en su memoria, esperando el momento del cobro.
Durante cinco años, Peña Batlle desafió la temeridad del régimen, hasta que en 1935 terminó por inscribirse en el Partido Dominicano, columna política de la dictadura.
¿Qué lo hizo cambiar de postura? Seguramente, empezó a calar en su espíritu la exaltación trujillista de la hispanidad y su política antihaitiana. Estas coincidencias ideológicas lo llevaron a transigir con el régimen y aceptar de Trujillo la cartera de Relaciones Exteriores. Además, el propio dictador ya lo había amenazado en su integridad física a través de emisarios.
Para 1941, Peña Batlle gozaba del privilegio de formar parte del círculo íntimo de colaboradores del tirano.
Fue uno de los intelectuales que más influyeron en la postura oficial contra la “invasión pacífica” de haitianos al territorio nacional. En él, el racismo encontró su mayor expresión: no solo por su odio al vecino pueblo, sino también por su hispanofilia, que inclusive lo llevaba a rechazar a los Estados Unidos, país al que consideraba una mezcla de seres dentro de una olla y no una nación de una raza blanca pura con una cultura definida. Su oposición a la ocupación norteamericana no se debía a un amor profundo por la patria, sino a su dolor por la expulsión definitiva de España del Caribe tras el Tratado de París de 1898, que consolidó la hegemonía norteamericana en la región.
Su obra “El Sentido de una Política” sirvió de base a Trujillo en su campaña contra los haitianos. La famosa “Dominicanización de la Frontera” se debe en gran parte a Peña Batlle y su inspiración teórica.
Trujillo lo utilizó, pero nunca olvidó dos cosas: que pertenecía a la burguesía intelectual de la época (opuesta a él por racismo y clasismo) y que en 1930 se sumó a su clase para atacarlo, repitiendo el estribillo de que un hombre sin cultura ni educación no podía gobernar la nación. Trujillo, el resentido social, no olvidaba jamás ni una ofensa ni un favor, y solo aguardaba el momento del ajuste de cuentas.
El día del cobro llego
En 1953, Trujillo viajó a Washington. Recién había adquirido una residencia en la capital estadounidense para instalar allí la embajada dominicana. Peña Batlle, entonces canciller, no fue invitado a acompañarlo.
A pesar de ello, consideró un deber presentarse ante su jefe, como correspondía a la más alta figura de la diplomacia nacional. Cometió, sin embargo, el error de viajar sin autorización del dictador.
Durante un almuerzo oficial, mientras Trujillo se hallaba sentado en la mesa principal junto a cortesanos y periodistas, Peña Batlle llego de improviso y tomó asiento cerca de él. Al verlo, el dictador montó en cólera y lo increpó públicamente:
“Señor canciller, ¿quién carajo le ordenó a usted que se presentara aquí?
Usted no tiene derecho alguno a sentarse en esta mesa sin mi permiso. A usted nadie lo ha autorizado a venir, y mucho menos lo he invitado. Así que inmediatamente lárguese de aquí, sinvergüenza.”
Peña Batlle se levantó lentamente, con el dolor reflejado en el rostro por la humillación sufrida ante todos. Tal vez aquel fue el momento escogido por Trujillo para cobrarse la afrenta de 1930, cuando Peña Batlle y otros intelectuales coreaban en campaña el estribillo:
“¡Trujillito no puede ser!”
Ese fue el lema de la intelectualidad y de las clases dominantes de la época. Pero Trujillo demostró ser más astuto que todos ellos, cobrando una a una sus deudas de honor. Jamás perdonaba una ofensa, ni olvidaba un favor. Como tampoco dejo de pagar una deuda cuando quiso o le dio la gana de pagar.
El asesinato de Virgilio Mainardi Reyna y su esposa Altagracia, embarazada de ocho meses fue uno de los primeros crímenes políticos de la dictadura, y marcó el inicio de esa sangrienta contabilidad personal del tirano.
Esa misma tarde de 1952, sin decir una palabra, Peña Batlle tomó un tren hacia Nueva York, donde permaneció poco tiempo antes de regresar a la capital dominicana.
El dolor de la afrenta que sufrió el hispanófilo de Peña Batlle en la capital del país que el odiaba fue tan grande que ya de regreso en Ciudad Trujillo, se encerró en su residencia y no volvió a recibir ni a sus amigos más cercanos. Avergonzado y en un estado de depresión agónica, enfermó gravemente hasta su muerte, sin volver a mostrarse en público.

Nadie, ni siquiera Trujillo, pudo volverlo a sacar de su casa.

