Por Miguel Collado
Nunca me llevo a ciegas de lo que otros investigadores y antólogos escriben o dicen sobre un autor. Mi método —el de volver siempre al texto original, comprobando cada dato, cada nombre, cada referencia— es, entiendo yo, lo que distingue al investigador serio del mero repetidor de citas. En la literatura dominicana, donde muchos juicios críticos se han transmitido por eco o por descuido, mi rigor es un acto de resistencia intelectual y, también, de respeto hacia los autores, pero, sobre todo, de respeto hacia los lectores.
Pedro Peix es un escritor tan complejo, tan proteico —poseedor de una gran versatilidad expresiva y conceptual— que sólo puede comprenderse a través de la lectura directa de sus textos, no mediante interpretaciones distorsionan-tes o reduccionistas de la multiplicidad de mensajes que atraviesan sus narraciones. Su obra, marcada por la ironía, laexperimentación formal y una visión filosófica de la realidad, rebasa los convencionalismos del cuento dominicano del momento en que, con apenas veinte años de edad, entró al mundo de las letras.
Por eso me atrevo a afirmar que su dimensión como narrador no encajaba en el todavía limitado y mezquino escenario literario de la República Dominicana, donde aún predominan las estructuras lineales y las lecturas realistas. (Resurge, incluso, una decimonónica corriente historicista en la novela de la que, con toda seguridad, Peix se habría burlado). Él construyó un universo propio, híbrido, donde la muerte dialoga con el humor, el absurdo se hermana con la lucidez y lo grotesco se convierte en una forma de conocimiento, pero no fue —ni ha sido— comprendido.
Desde sus primeros textos —como el cuento «Qué bueno bajo tierra», escogido para una antología en la que trabajo actualmente— ya se advierte esa voluntad de ruptura, ese impulso de mirar el mundo desde una perspectiva subterránea, metafórica y crítica.
Definitivamente, Pedro Peix había alcanzado un nivel tal como narrador que, repito, no encajaba en este cada vez más decadente escenario literario dominicano, ahogado en las modas mediáticas y en la sobre-exposición de figuras más preocupadas por el reconocimiento público que por la exigencia estética, y caracterizado, además, por la ausencia de una crítica sólida, con rigor académico y sin complacencias ni amiguismos.

