-El Grito Eterno de las Mirabal – Anatomía de una Barbarie y la Semilla de la NO Violencia-
25 de noviembre. Una fecha que resuena con la contundencia de un golpe y el dolor de una ausencia. No es una efeméride cualquiera; es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, instituido por las Naciones Unidas en memoria del vil asesinato de las Hermanas Mirabal en la República Dominicana. Este día, más allá de la solemnidad, nos invita a una profunda reflexión sobre la barbarie humana y la inquebrantable fuerza del espíritu, encarnada en el sacrificio de Patria, Minerva y María Teresa.
Para comprender la magnitud del martirio de las Mirabal, es imperativo viajar en el tiempo a la República Dominicana bajo el yugo de Rafael Leónidas Trujillo Molina (1930-1961). Treinta y un años de una dictadura que se erigió sobre la sangre, el terror y la absoluta negación de los derechos humanos. Conocida como la «Era de Trujillo», fue un período de férreo control, culto a la personalidad y una omnipresente red de espionaje y represión.
Trujillo, el «Benefactor de la Patria» para sus acólitos, era en realidad un déspota cruel que aniquilaba cualquier disidencia. La economía estaba bajo su control y el de su familia, la prensa era un mero eco de su voz, y la vida de cada ciudadano pendía de un hilo. Su régimen era una máquina de tortura y asesinato, donde la disidencia no solo se castigaba, sino que se erradicaba de raíz. El terrorismo de Estado era la norma, y los «caliés» (agentes secretos) y «chivatos» (informantes) sembraban el miedo en cada rincón del país.
En medio de esta atmósfera sofocante, en Salcedo, emergió una familia de clase media, los Mirabal, que se negaron a doblegarse. Las hermanas Patria, Minerva y María Teresa (también tenían una cuarta hermana, Dedé, quien sobreviviría para contar su historia) se convirtieron en un faro de resistencia.
Minerva Mirabal: La más conocida y combativa. Abogada de profesión, su intelecto afilado y su espíritu indomable la llevaron a desafiar a Trujillo directamente. Fue ella quien rechazó las insinuaciones del dictador en una fiesta, un acto de insubordinación que Trujillo nunca perdonaría. Minerva encarnaba la lucha por la justicia y la libertad, la voz que se atrevía a pronunciar lo prohibido.
Patria Mirabal: La mayor, con un espíritu profundamente religioso y maternal. Aunque inicialmente menos involucrada en la política, la represión del régimen y el encarcelamiento de su esposo y hermanos la empujaron a la acción. Su casa se convirtió en un centro de reuniones y apoyo para la resistencia. Su fe inquebrantable le dio fuerza para afrontar la adversidad.
María Teresa Mirabal: La más joven, con una sensibilidad artística y un deseo innato de justicia. Siguió los pasos de Minerva, abrazando la causa de la libertad. Sus diarios íntimos revelan una profunda conciencia de los riesgos y un compromiso férreo con la lucha.
Las hermanas, bajo el nombre clandestino de «Las Mariposas», se unieron al Movimiento 14 de Junio, una organización opositora clandestina que buscaba derrocar la tiranía. Distribuyeron panfletos, organizaron reuniones secretas y reclutaron a otros para la causa. Su valentía fue un desafío directo a la omnipotencia de Trujillo.
La respuesta de Trujillo no se hizo esperar. La represión contra las Mirabal y sus familias fue brutal:
Encarcelamientos: Ellas mismas, sus esposos e hijos fueron repetidamente arrestados, torturados y humillados. Las cárceles de la «Era» eran sinónimo de infierno.
Confiscación de bienes: Sus propiedades fueron saqueadas y confiscadas.
Acoso constante: Estaban bajo vigilancia permanente, sus vidas eran un tormento.
El 25 de noviembre de 1960, la tragedia se consumó. Patria, Minerva y María Teresa se dirigían a visitar a sus esposos, encarcelados en Puerto Plata. En el camino de regreso, fueron interceptadas por agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) de Trujillo, bajo las órdenes directas del dictador. Fueron brutalmente golpeadas y estranguladas. Luego, para simular un accidente, sus cuerpos, junto al del chofer Rufino de la Cruz, fueron colocados dentro de su vehículo y lanzados por un precipicio en la carretera Puerto Plata-Santiago.
El régimen intentó vender la historia del «accidente», pero nadie creyó la versión oficial. El crimen fue tan descarado y público que, en lugar de silenciar la disidencia, encendió una llama de indignación imparable.
El asesinato de las Mirabal no fue el fin, sino un punto de inflexión. Su martirio se convirtió en un símbolo potentísimo de la tiranía y la resistencia femenina. Menos de un año después, el 30 de mayo de 1961, el propio Trujillo sería asesinado en una emboscada, un evento directamente relacionado con el clima de repudio y la creciente insurgencia que el crimen de las Mirabal ayudó a catalizar.
Décadas más tarde, en 1999, las Naciones Unidas, en honor a su sacrificio y la lucha global contra la violencia de género, designó el 25 de noviembre como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. «Las Mariposas» se convirtieron en el estandarte de millones de mujeres que, en todo el mundo, sufren la violencia machista en sus múltiples formas.
Un recordatorio sombrío: De hasta dónde puede llegar la crueldad de un régimen totalitario y la misoginia intrínseca de la violencia de género.
Un faro de esperanza: Su historia es un testamento a la valentía, la dignidad y la capacidad de resistencia del espíritu humano. Su sacrificio no fue en vano; se convirtió en la semilla de un movimiento global que busca un mundo donde ninguna mujer tenga que vivir con miedo.
Cada 25 de noviembre, cuando recordamos a Patria, Minerva y María Teresa, no sólo honramos a unas heroínas dominicanas, sino que renovamos el compromiso colectivo de erradicar la violencia contra la mujer en todas sus manifestaciones. Su grito ahogado en aquella carretera de Puerto Plata resuena hoy como un llamado incesante a la justicia, la igualdad y la dignidad.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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