-Crónica de la Tensión: El Juez del Norte y el ‘Cártel Fantasma’-
La jugada era esperada, pero no por ello menos demoledora. El lunes, en las frías páginas del Registro Federal, la administración del presidente Donald Trump puso el sello oficial: el llamado «Cártel de los Soles» —esa nebulosa entidad que, según Washington, maneja el narcotráfico en Venezuela desde las más altas esferas del poder— ha sido formalmente designado como Organización Terrorista Extranjera (FTO).
El pulso entre Washington y Caracas entra así en una nueva y escalofriante fase. Estados Unidos, actuando como juez, fiscal y verdugo global, ha subido la apuesta al pasar de acusar a Nicolás Maduro de ser un capo de la droga a etiquetar a la estructura que supuestamente encabeza como una amenaza terrorista. La retórica se ha endurecido al nivel de las acciones, que incluyen el despliegue militar en el Caribe y el creciente número de bajas en alta mar.
La designación no es solo un gesto. Es una herramienta legal contundente que amplía la capacidad de la Casa Blanca para imponer sanciones, congelar activos y, crucialmente, justificar acciones más allá de la simple «lucha contra el narcotráfico». El Secretario de Estado, Marco Rubio, fue el encargado de anticipar la medida hace casi una semana, pintando al «Cártel de los Soles» como responsable de la «violencia terrorista» en el hemisferio.
La narrativa de EE. UU. es clara: el problema venezolano no es solo político o humanitario; es de Seguridad Nacional. Al alinear al supuesto «Cártel» con grupos como el Tren de Aragua y el Cártel de Sinaloa, Washington busca solidificar el argumento de que la élite venezolana no es solo corrupta, sino una fuerza desestabilizadora que amenaza directamente los intereses estadounidenses.
Irónicamente, la entidad no encaja en la definición clásica de un cártel. Expertos y críticos señalan que es más una red informal de militares y funcionarios corruptos, cuyo nombre proviene de las insignias militares venezolanas. Esto alimenta la denuncia de Caracas, que lo califica de «patraña» e «invento» para justificar una intervención.
Desde el Palacio de Miraflores, la respuesta fue inmediata y categórica. La Cancillería venezolana rechazó la medida como una «ridícula patraña» y una «infame y vil mentira». La lectura de Maduro y su círculo es que esta escalada no es sobre drogas, sino sobre un «clásico formato estadounidense de cambio de régimen».
El Fantasma de la Intervención: La designación llega justo cuando el Presidente Trump sopesa seriamente la opción militar, una posibilidad que, aunque no ha descartado, se ha visto eclipsada por el incremento de las operaciones militares en el Caribe. Estas operaciones ya han cobrado la vida de más de 80 personas en ataques a barcos, en lo que parece ser una guerra de baja intensidad contra el narcotráfico percibido.
El ambiente se ha vuelto tan denso que varias aerolíneas internacionales han cancelado vuelos a Venezuela, luego de una alerta de la Administración Federal de Aviación de EE. UU. sobre un «aumento de la actividad militar» en la zona. La escalada no solo toca tierra y mar, sino que ahora siembra la incertidumbre en el cielo.
La crónica se centra, inevitablemente, en el inmenso poder de Estados Unidos para definir la realidad global. Al clasificar al «Cártel de los Soles» como terrorista, Washington no solo impone sanciones, sino que le da a sus acciones una legitimidad moral y legal que resuena internacionalmente.
Es la confirmación de que la política exterior de Trump se basa en una presión máxima, donde la línea entre el narcotráfico, el crimen organizado y el terrorismo se difumina convenientemente para justificar cualquier acción futura, incluso una intervención militar.
El mundo observa dividido entre, por un lado, quienes ven en la medida una necesaria condena a la corrupción y el tráfico de drogas de un régimen autoritario e ilegítimo.
Y por otro, los que denuncian el abuso de la etiqueta terrorista, transformando un problema de gobernanza y crimen organizado en un caso de guerra para la injerencia extranjera.
La pelota está ahora en el campo de juego de las consecuencias. La designación activa el cronómetro para nuevas y más severas medidas contra los activos venezolanos, y mantiene la espada de Damocles de una acción militar flotando sobre la nación. Maduro niega la existencia del grupo y baila en actos públicos para mostrar fuerza, pero la presión de Washington, en modo juez implacable, ya ha redefinido el tablero: el tiempo, una vez más, corre en contra del régimen.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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