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EDITORIAL: Plantemos cara dura demandando justicia ante la indignante e irrespetuosa cultura de la codicia

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EDITORIAL

Carlos Marquez /

 

 

El tema de la corrupción en nuestra patria dominicana no proyecta indicios halagüeños de que va a terminar.

Vemos que la tendencia de ese terrible cáncer social cada día se afianza y se consolida profundizando sus endemoniadas raíces en el terruño que nos vio nacer.

Todo empezó como acumulación originaria de capital, con la usurpación exterminadora y conquistadora de los europeos que, a partir de 1492 volvieron aquella isla, la primera colonia española en este continente.

Por su forma, la conquista que expropió, vía el todopoderoso poder tecnológico y la diplomacia del catolicismo, constituyó el primer periodo de la acumulación originaria y, por ende, sentó los cimientos de la corrupción.

Esa historia continuó con la invasión haitiana de 1822, cuando el liderazgo gubernamental allí necesitó satisfacer demandas territoriales para tranquilizar a muchos de sus descontentos caudillos.

Lo propio tuvo lugar durante los gobiernos conservadores que usurparon el poder que debieron dirigir los liberales encabezados por el padre de nuestra patria. La corrupción no se detuvo durante los gobiernos de Buenaventura Báez, ni durante la gestión de Lilís y, alcanzó una altísima expresión con la primera invasión militar estadounidense; exacerbándose durante los 30 años del régimen de Trujillo, quien, por la fuerza del terror y la bayoneta se adueñó hasta del pensamiento dominicano.

Todo ese cúmulo de eventos históricos de imposición, abusos y arbitrariedades sin consecuencias para los detentadores del poder fueron forjando la atmósfera de la cultura de la corruptela.

Tras el ajusticiamiento del tirano Rafael Leónidas Trujillo, esa desgracia ya se había metido en el tejido social dominicano.

A causa de ello, el doctor Balaguer, quien vivió y formó parte fundamental ideológico del entramado de aquella tiranía; y a cuando regresa al gobierno en 1966 auspicia una nueva ronda de acumulación capitalista creando los famosos, 300 nuevos millonarios.

Además de erigirse, padre del clientelismo doblegador de voluntades políticas- como el clientelismo denunciado el pasado fin de semana por doctor Rafael Alburquerque- Balaguer auspició la cultura del tráfico de influencias, como esencia de la mordida, del diezmo y de lo que a mi toca.

Esa práctica gubernamental aberrante se redimensionó tras la aplicación del modelo de desarrollo neoliberal, que no sólo llevó al mercado la salud, la educación, la justicia y el periodismo, sino hasta las creencias religiosas, al convertir las sectas en corporaciones.

Teclalibre Multimedios sabe a la perfección que el neoliberalismo soltó en la sociedad dominicana todos los demonios de la ambición; que esos demonios se confabularon con el clientelismo, con el deslumbrante dinero fácil del narcotráfico y el institucionalizado trasiego de influencias.

En ese sentido, lo que, en la actualidad nos conmueve sacudiendo conciencias-dado que se intuye punzante, lacerante y lastimoso- es que miles de dominicanas y dominicanos muy mayores de edad y padeciendo enfermedades fueron víctimas del cartel ejecutor de la Operación Cobra o, SENASA.

Entonces, esa conciencia estremecida, toca a Teclalibre Multimedios y se yergue demandando el fin de este capítulo tan cruel de la sádica ofensa desenfrenada de la avaricia.

Juntos, tenemos que plantar cara dura exigiendo aplicar justicia, justicia ante la indignante e irrespetuosa cultura de la codicia.

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