Corsarios con Corbata: El «Sheriff» Trump y la Cacería del Crudo
Por: Redacción TeclaLibre
A Washington ya no le basta con los tribunales; ahora prefiere el abordaje. Este 21 de diciembre, el Caribe se despertó con el zumbido de los motores de la Guardia Costera estadounidense en lo que parece ser un remake de mala calidad de «Piratas del Caribe», pero con sanciones en lugar de sables. El objetivo: el Bella 1, el tercer petrolero en diez días que cae en la mira de un Donald Trump que ha decidido que las aguas internacionales son, en realidad, el patio trasero de su club en Mar-a-Lago.
La narrativa oficial desde la Casa Blanca es digna de una película de acción: están salvando al mundo de una «flota fantasma» que financia la «tiranía». Suena heroico, si no fuera porque la línea entre la «justicia internacional» y la piratería pura y dura se ha vuelto tan delgada que ya nadie la ve.
Washington intercepta buques, los tacha de «bandera falsa» y se apropia de la carga. Es el «tira y afloja» clásico del imperio:
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Tira: Aplican el mazo de las sanciones para asfixiar la economía de un rival.
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Afloja: Ignoran convenientemente que sus acciones violan la soberanía marítima que ellos mismos juran proteger cuando el barco es de un aliado.
Mientras el Departamento de Justicia celebra la captura del Centuries como un golpe al «narcoterrorismo», el resto del mundo mira con una mezcla de asombro y cinismo. ¿Bajo qué ley internacional se aborda un barco en aguas abiertas y se le escolta a Texas por el simple «pecado» de comerciar con quien EE. UU. ha decidido que es el villano de la semana?
La «legitimidad» de estas acciones es tan cuestionable como un billete de tres dólares. Para Trump, la ley es lo que él tuitea (o postea en Truth Social). Para Maduro, es la excusa perfecta para victimizarse mientras su pueblo sigue atrapado en el fuego cruzado. Lo cierto es que, mientras los diplomáticos discuten tecnicismos en la ONU, los barriles de petróleo —esos que supuestamente son «robados»— terminan engrosando las reservas de quien tenga el portaaviones más grande.
La ironía del día: Washington persigue barcos por «ocultar su identidad», mientras las agencias de inteligencia estadounidenses operan bajo más capas de sombra que cualquier petrolero iraní en el Estrecho de Ormuz.
No nos engañemos: esto no es solo política, es negocio. Al confiscar el crudo, EE. UU. no solo golpea la billetera de Miraflores; se queda con el botín bajo la figura de «compensación» por deudas que ellos mismos validan en sus propias cortes. Es el círculo perfecto de la justicia hecha a medida.
El Caribe ya no es un mar de aguas cristalinas; es una zona de guerra económica donde las leyes de navegación se escriben en la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC). Hoy es Venezuela, mañana será cualquiera que se atreva a encender el motor de un barco sin pedir permiso en Washington.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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