Por: Carlos Claudio Marquez hijo /
En algunos corrillos políticos se insiste en que el presidente Luis Abinader no debería terminar su mandato constitucional y que, ante el descontento social, habría que adelantar elecciones. Esa idea no solo es equivocada: es peligrosa.
La historia reciente de América Latina es clara. En Honduras (2009), la salida anticipada de Manuel Zelaya abrió un ciclo de inestabilidad política y debilitamiento institucional.
En Argentina (2001), la renuncia de Fernando de la Rúa provocó caos social, colapso económico y una sucesión improvisada de gobiernos.
En Bolivia (2019), la interrupción del mandato de Evo Morales derivó en polarización, violencia y una profunda crisis de legitimidad. En Perú, los adelantos forzados y destituciones sucesivas no resolvieron nada: solo normalizaron la inestabilidad.
El patrón se repite: romper mandatos constitucionales no fortalece la democracia, la debilita. Adelantar elecciones por presión o inconformidad es afilar el cuchillo para la propia garganta.
Si hay corrupción, que actúe la justicia.
Si hay promesas incumplidas, que el pueblo juzgue en las urnas, en el tiempo que manda la Constitución.
La República Dominicana ha logrado años de continuidad democrática. Un presidente puede terminar su período desgastado, incluso “cargado sobre hombros”, pero debe terminarlo.
Defender el mandato constitucional no es defender a un gobierno; es defender la democracia.

