Ada Balcácer: Luz, mito y resistencia
Por Ramon Espinola
Es interesante observar que Ada Balcácer vino al mundo en Santo Domingo el 16 de junio de 1930, justo un mes después de las elecciones del 16 de mayo, aquellas en las que Rafael Leónidas Trujillo, valiéndose del fraude y la intimidación, se autoproclamó vencedor.
Aquel hecho, aparentemente político, marcó el inicio de una de las dictaduras más prolongadas y sombrías del Caribe, tres décadas de opresión que asfixiaron la democracia, anularon las libertades públicas y doblegaron el espíritu moral del pueblo dominicano.
Pocas semanas después, el ciclón San Zenón azotó la ciudad capital con furia apocalíptica, reduciendo a ruinas lo que apenas era una urbe en formación.
La muerte, el lamento y el caos se adueñaron de las calles. Así, Ada Balcácer nació entre los escombros del poder y la tempestad de la naturaleza, en medio de un doble cataclismo —político y climático— que presagiaba, quizás, la fuerza interior y la sensibilidad estética que la acompañarían toda su vida.
Las circunstancias de su nacimiento trazaron su destino. Pasó su infancia entre la capital y San Juan de la Maguana, tierra de sus antepasados, donde las leyendas ancestrales aún dialogaban con los ríos, los árboles y los espíritus del campo. Ella misma recordaría más tarde:
“Desde la edad de dos meses de nacida, después del ciclón San Zenón, mi vida se desarrolla de Santo Domingo a San Juan de la Maguana, al latifundio de Domingo Rodríguez, en Manoguayabo. Recibí la entrada a la región del mito en las aguas del río Maguana y temprano aprendí el nombre del Bacá y la mitología rural. En la capital, las imágenes del carnaval urbano llenaron por siempre mi memoria visual.”
Esta confesión revela el origen profundo de su arte: una mirada mítica y simbólica, un diálogo constante entre la magia de lo rural y la energía vital de la ciudad.
La delicadeza de su alma la impulsó a explorar la pintura como vía de conocimiento y expresión.
Apenas con dos décadas de vida, en 1950, ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde tuvo el privilegio de formarse bajo la guía de grandes maestros del arte dominicano. Celeste Woss y Gil, pionera del arte femenino en el país, y el escultor español Manolo Pascual, refugiado del franquismo, fueron sus primeras influencias. Ambos la acogieron como a un pichón al que es preciso proteger antes del vuelo.
También recibió las enseñanzas de José Gausachs, de quien aprendió el secreto de la mezcla cromática, esa alquimia esencial de la pintura. Pero entre todos sus mentores, Gilberto Hernández Ortega y el propio Gausachs serían quienes dejarían la huella más profunda en su espíritu creativo.
Con el tiempo, Ada decidió cruzar fronteras para continuar su formación. El ajusticiamiento del dictador Trujillo en 1961 la sorprendió residiendo en Nueva York, donde su arte comenzó a madurar y a adquirir resonancias universales.
Entre 1960 y 1972, su obra se consagró a exaltar las figuras populares de la identidad dominicana: los mitos, las leyendas y los símbolos de la vida isleña. Sus lienzos se poblaron de bailes, máscaras, santos, diablos y luces tropicales, como un eco visual de la memoria colectiva.
Cuando en abril de 1965 estalló la Revolución Constitucionalista, que buscaba restaurar la soberanía y la dignidad nacional, Ada Balcácer fue una de las primeras en unirse a la causa. Su casa en Ciudad Nueva se convirtió en taller y cuartel de resistencia, donde junto al pintor Ramón Oviedo se elaboraban afiches, pancartas y mensajes de lucha.
Fue una de las fundadoras del movimiento “Arte y Liberación”, brazo cultural de aquella gesta patriótica, y miembro activo del Comando de los Artistas, que defendió el honor del país frente a la invasión estadounidense del 28 de abril de 1965.
Para Ada, el arte nunca fue un adorno ni un lujo, sino una forma de combate espiritual. Su pincel, su paleta y su voz estuvieron siempre al servicio de la patria y de la dignidad humana.
Su carrera artística, vasta y luminosa, puede leerse como una serie de etapas estéticas y espirituales:
• 1969–1972: Mitología y leyenda – “Taticas, Carnaval y Bacá”
• 1972–1978: Geometría y composición – “Espacios Participantes”
• 1978–1986: Codificación del paisaje – “Palmera”
• 1985–1995: Manifiesto de luz tropical – “Ensayos de Luz”
• Actualidad: Texto de luz y color – “Académicos de Luz Tropical”
Su obra ha recorrido el mundo en exposiciones colectivas e individuales en Colombia, Estados Unidos, España, Argentina, Brasil, Alemania y Francia, entre muchos otros países. Cada una de esas muestras confirma la presencia de una artista cosmopolita y profundamente dominicana, capaz de proyectar la esencia de su tierra más allá del Caribe.
Entre los reconocimientos que coronan su trayectoria destacan el Primer Premio y la Medalla de Oro del Concurso E. León Jiménes (1967), el Premio Anacaona de Oro (1988) y el homenaje de las Naciones Unidas (1989), cuando su obra “Mago del Paisaje” fue seleccionada para una edición litográfica conmemorativa del Banco Mundial. Su nombre quedó inscrito en el monumento “Woman Free” de Edwina Sandys en Viena, símbolo universal de la libertad femenina.
La crítica de arte Marianne de Tolentino, al referirse a su estilo, escribió:
“Cuando pinta, Ada Balcácer acentúa la fuerza del dibujo mediante el lenguaje del color, la materia del pigmento, el virtuosismo de una pincelada sustancial y flexible: el acabado y la limpidez son impresionantes.”
(Marianne de Tolentino, periódico Hoy Digital, 2011)
Y en efecto, en su pintura la luz y el color resplandecen como astros en el firmamento. Cada trazo suyo parece contener una revelación interior, una comunión entre el alma, la tierra y los mitos que la habitan.
El universo pictórico de Ada Balcácer es una celebración de la vida, una síntesis de memoria, resistencia y belleza, donde lo mágico y lo cotidiano se entrelazan bajo la claridad de una luz que, como ella misma, nunca se apaga.
Lo anterior es un extracto de lo que manifiesto sobre Ada en lo que será mi próxima obra. Y la nota final que no estará incluida en el libro es lo que siento en estos momentos luego que Ada pasó a mejor vida.
Una Nota final:
A LA MEMORIA DE ADA BALCÁCER
—Una conciencia pintada en dignidad—
Lo arriba manifestado es apenas un anticipo —un fragmento arrancado del cuerpo mayor de un libro en gestación— de lo que quedará dicho sobre Ada Balcácer en mi próximo volumen dedicado a la historia del arte pictórico y escultórico dominicano. Pero hoy, a pocas horas de su tránsito, urge decirlo sin tibiezas, sin diplomacias y sin el maquillaje cobarde de las notas oficiales:
Ada Balcácer no fue una dominicana común.
Fue una anomalía luminosa en un país adiestrado para la mediocridad y el servilismo; fue excepción, conciencia y herida abierta en una sociedad que suele premiar el silencio y castigar la lucidez.
No fue solo pintora: fue una forma de resistencia, una ética hecha trazo, una pedagogía moral expresada en pigmento.
Entregó su vida —sin simulaciones— al dibujo y a la pintura, pero jamás aceptó el refugio cómodo del artista encerrado en su torre de marfil.
Su obra no fue evasión: fue denuncia. No fue ornamento: fue advertencia. No fue mercado: fue conciencia. Ada entendió que el arte, en un país socialmente mutilado, no puede ser un lujo sino una responsabilidad.
Como ciudadana, asumió el deber que tantos eluden: confrontar los mecanismos hegemónicos que perpetúan la desigualdad, la exclusión y el empobrecimiento espiritual de las mayorías. Señaló, incomodó, cuestionó. No pidió permiso. No negoció su dignidad. No rebajó su voz para ser aceptada.
Fue mujer de honor sin pose, de dignidad sin discurso vacío, de respeto sin servilismo. Y fue, además, una combatiente moral: una revolucionaria sin consignas huecas, que entendió que la verdadera subversión empieza por no arrodillarse ante la mentira ni ante la injusticia convertida en costumbre.
Hoy que se apaga su cuerpo, su ejemplo permanece encendido como una acusación silenciosa contra una juventud demasiadas veces divorciada del deber moral, del pensamiento crítico y de la responsabilidad histórica.
Ada Balcácer no pertenece al panteón cómodo de los nombres inofensivos: pertenece al linaje de los que incomodan aun después de muertos.
Que su vida —y no solo su obra— les sirva a las nuevas generaciones no como decoración cultural, sino como espejo severo, como latigazo ético y como recordatorio de que la patria no se hereda: se defiende, se dignifica y se construye.
Aun cuando duela.
Ah, ¿y cómo me recordaría ella? Ningún presidente es “Excelencia”; es un sirviente al servicio del pueblo.
La conocí hace muchas décadas, y la recuerdo no como una figura lejana sino como una presencia viva: aconsejando a la juventud con la serenidad de quien no necesita elevar la voz para ser escuchada; caminando incansable por la calle Duarte, La Noria, el barrio de San Anton, San Miguel, El Jobo Bonito y El Conde, como si su sola dignidad bastara para mantener en pie la conciencia urbana de una ciudad tantas veces arrodillada. Siempre erguida. Siempre lúcida. Siempre en combate por aquello en lo que creía.
Como ciudadana, asumió el deber que tantos eluden: confrontar los mecanismos hegemónicos que perpetúan la desigualdad, la exclusión y el empobrecimiento espiritual de las mayorías. Señaló, incomodó, cuestionó. No pidió permiso. No negoció su dignidad. No rebajó su voz para ser aceptada.
Fue mujer de honor sin pose, de dignidad sin discurso vacío, de respeto sin servilismo. Y fue, además, una combatiente moral: una revolucionaria sin consignas huecas, que entendió que la verdadera subversión empieza por no arrodillarse ante la mentira ni ante la injusticia convertida en costumbre.
Hoy que se apaga su cuerpo, su ejemplo permanece encendido como una acusación silenciosa contra una juventud demasiadas veces divorciada del deber moral, del pensamiento crítico y de la responsabilidad histórica. Ada Balcácer no pertenece al panteón cómodo de los nombres inofensivos: pertenece al linaje de los que incomodan aun después de muertos.
Que su vida —y no solo su obra— les sirva a las nuevas generaciones no como decoración cultural, sino como espejo severo, como latigazo ético y como recordatorio de que la patria no se hereda: se defiende, se dignifica y se construye.
Aun cuando duela.
Con estos párrafos solo quiero decirles a las generaciones presentes que el olvido duele. No olvidemos a nuestros grandes muertos porque ellos han de vivir en la conciencia de la patria.
Probablemente me repita mucho en estas notas, pero como los viejos maestros, tenemos la obligación de repetirles a estas nuevas generaciones de seres sin cerebro que no todos los dominicanos somos como ellos.
Aunque Alofoke juro que en el 2028 él impondrá al nuevo presidente. Miren cómo estamos. Sin más comentarios. Y no voy a releer estos párrafos, porque ha sido mi alma la que ha hablado.

