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¿DEMOCRACIA SOCIAL O RESENTIMIENTO PERSONAL?

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POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
Por Ramon Espinola
¿DEMOCRACIA SOCIAL O RESENTIMIENTO PERSONAL?
—Manual práctico de igualdad a culatazos—
A los que no comprenden la sociedad dominicana ni por qué Trujillo actuó como actuó, les recomiendo leer estos párrafos.
Desde su bautismo republicano en 1844, la sociedad dominicana ha vivido bajo una Santísima Trinidad que no aparece en el catecismo, pero gobierna con igual severidad: dinero, color de piel y apellido sonoro.
Tres dogmas infalibles, tres credenciales de salvación social.
El trabajo honesto, el mérito intelectual y la virtud cívica, por su parte, fueron siempre elementos decorativos, útiles apenas para los discursos del 27 de febrero y para las placas de bronce que nadie lee.
Escalar los peldaños de la nobleza criolla nunca fue una cuestión de estudio ni de sudor: suben los más vivos, los más hábiles, los más corruptos, los mejor apadrinados y, sobre todo, los que saben convertir el Estado en una empresa familiar de responsabilidad ilimitada.
El escándalo de SeNaSa es el último ejemplo de bello trajinar por el camino del robo.
Así se explica que nuestra historia avance como un enfermo crónico: con recaídas periódicas, espasmos morales y una sorprendente capacidad de fingir buena salud.
La burguesía dominicana —esa aristocracia sin linaje pero con vanidad hereditaria— jamás creyó en la independencia como proyecto ético; la concibió siempre como un negocio en transición.
Antes de 1844 ya soñaba con banderas ajenas, y después de 1844 siguió soñando con protectores extranjeros, porque la patria, como el amor, da más seguridad cuando se alquila que cuando se posee.
Buenaventura Báez no fue una excepción, sino un espejo.
Aquel caudillo de Azua no quería independencia; quería un tutor con uniforme extranjero. Primero Francia, luego Estados Unidos: la soberanía, para él, era una prenda que se podía empeñar, renovar y hasta perder sin demasiados escrúpulos.
Y entonces mucho tiempo después apareció Rafael Leónidas Trujillo, un hombre que tenía todo para ser aceptado… excepto lo indispensable: el apellido y la abuela correcta.
Para 1929 era general del Ejército, jefe militar de la nación, apoyo del imperio del Norte que lo formó y propietario de una fortuna nada romántica —trescientos o cuatrocientos mil dólares— nacida del matrimonio legítimo entre el contrabando administrativo y la inventiva corrupta.
Controlaba lavanderías, comedores militares, compras estatales, tierras y solares. Pero carecía de lo más importante: un árbol genealógico con retratos al óleo.
Por eso fue rechazado con la liturgia solemne de las “bolas negras” en el Club Unión —ese museo viviente de la prepotencia con sombrero— y en el Casino de la Juventud, donde se reunía la pequeña burguesía a practicar la igualdad… siempre que no entrara nadie distinto.
Trujillo era rico, poderoso y temido, pero no era “de los nuestros”. Y eso, en República Dominicana, es peor que no tener dinero: es no tener permiso.
Lo que vino después fue una lección magistral de sociología aplicada con fusil.
Apenas subió al poder en 1930, Trujillo decretó la más perfecta democracia social jamás conocida en la isla: todos iguales ante el miedo. Desaparecieron los clubes exclusivos, las murallas invisibles, los salones de apellidos ilustres. Ya nadie preguntaba “¿quién es tu abuelo?”, sino “¿de qué lado estás?”. “¿Eres trujillista?” La igualdad, por fin, se había logrado: al precio de la libertad, la vida y la voz.
Joaquín Balaguer, otro resentido social de alta gama —más refinado, pero igual de marcado— dejó testimonio de aquel milagro igualitario en Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo. En su anécdota del parque Colón, Balaguer no celebraba la fraternidad republicana: celebraba la demolición simbólica del viejo orden. No era que los hombres se hubieran vuelto iguales; era que el miedo había hecho el trabajo que la moral nunca pudo.
Y así, bajo la bota, floreció la “democracia social”: no por convicción, sino por escarmiento; no por justicia, sino por revancha. Trujillo no destruyó las clases por amor al pueblo, sino por odio al desprecio. No niveló la sociedad; la aplanó.
Y como todo resentimiento bien armado, el suyo no construyó igualdad: construyó silencio.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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