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Las vidas que la dictadura argentina arrojó a España: “Soy hijo del exilio” | Internacional

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Diego Fernando Botto y Cristina Rota se conocieron en un taller de interpretación en Buenos Aires. Después de actuar en una obra de teatro juntos, se enamoraron. En 1974 nació María y un año más tarde, Juan Diego, su segundo hijo. El maestro de Botto creía que era el mejor de su curso y que iba a llegar lejos. Era un tipo talentoso y guapo. Los que lo conocían en Argentina decían que era un hombre optimista, enérgico y divertido.

El 24 de marzo de 1976, los militares dieron un golpe de Estado —el cuarto en poco más de dos décadas— e inauguraron el periodo más sangriento en la historia argentina. A Botto lo secuestraron el 21 de marzo de 1977. Desde entonces, ninguno de sus familiares y amigos volvió a verlo con vida. Rota lo buscó por todas partes, pero el simple hecho de hacerlo implicaba un peligro inmenso. En 1978, la actriz se dio cuenta de que la estaban buscando y de que se había convertido en un objetivo de la dictadura. En noviembre de ese año, con dos niños pequeños y otro más en camino lo dejó todo y huyó a España.

“Toda mi infancia, la fantasía de que algún día iba a girar en una esquina y encontrarme con mi padre estuvo en mí”, afirma Juan Diego Botto en entrevista telefónica, al concluir un día de rodaje la semana pasada en Madrid. Este martes se cumple medio siglo del golpe cívico-militar que instaló en el poder al dictador Jorge Rafael Videla y que expulsó a miles de argentinos al exilio. No se sabe con exactitud cuántos tuvieron que huir. Muchos de los que se fueron llegaron a España. Y al cabo de todos estos años se quedaron.

“Papá está detenido”, explicó la madre a sus hijos tan pronto tuvieron edad para entender la situación. “María y yo hacíamos dibujos de cómo imaginábamos que nuestro padre estaba en la cárcel y lo poníamos solo en prisión. En nuestra mente, la de un niño, mi padre era el único detenido de Argentina”, recuerda el actor de 50 años.

“Hay una constante búsqueda, una esperanza que nunca termina”, comenta Botto. “Pero la figura de los desaparecidos genera una cosa muy dolorosa: delega en los familiares la decisión de darlos por muertos”, explica. “Un día dices: ‘Bueno, tengo que asumir que ya no está y que no va a estar más”.

Organizaciones de derechos humanos y de familiares de víctimas sostienen que hubo más de 30.000 desaparecidos durante la dictadura, una cifra que el actual presidente, Javier Milei, y los sectores que relativizan los crímenes de Estado rebajan a menos de 9.000. “Yo creo que el golpe fue así de drástico, así de brutal, porque quisieron eliminar de una vez por todas a esa clase obrera que buscaba construir otro país y que no sabían cómo manejar”, asegura el escritor y periodista Martín Caparrós, en su casa a las afueras de Madrid.

“La Argentina del 76 era invivible: el Gobierno militar era de una crueldad total, se secuestraba gente, se la mataba, se la llevaban en un avión y la tiraban en medio del mar”, afirma el empresario y escritor Abrasha Rotenberg, que en mayo cumplirá 100 años. Rotenberg, padre de la actriz Cecilia Roth y del músico Ariel Rot, fue cofundador de La Opinión, un diario de referencia que vio cómo al menos seis de sus periodistas fueron secuestrados o asesinados en esa época.

“Recibía amenazas todos los días, pero yo estaba loco, pensaba ‘no, si te amenazan no te va a pasar nada”, cuenta. Una noche, su hijo adolescente fue secuestrado y llevado a una comisaría cuando salía de un concierto. “Sal corriendo de aquí o si no, no salís nunca más”, le dijeron tras retenerlo durante horas. Rotenberg, que antes había tenido que dejar la URSS de Stalin y fue también testigo de los primeros años de Hitler en Alemania, entendió que tenían que irse. “Veníamos a España por un año y acabé quedándome 37”, cuenta por teléfono desde Buenos Aires. “Fui exiliado desde que nací”.

Aunque la última dictadura militar acabó en 1983, su huella es permanente. “El exilio es como la muerte de tus padres, no se acaba nunca”, explica la escritora Clara Obligado, que acaba de publicar junto al ilustrador Agustín Comotto Exilio (Páginas de Espuma, 2026), un libro que trata temas como el impacto para quienes se fueron y quienes se quedaron o la culpa de los supervivientes. “Uno dice: ‘Bueno, a mí no me mataron, a mí no me torturaron, a mí no me llevaron presa”, explica la autora de 75 años, que dejó el país el 5 de diciembre de 1976. Un día después, los militares fueron a buscarla a su casa. No sabe qué hubiera pasado si se quedaba 24 horas más. Esa duda permanente, todos los “qué hubiera pasado sí”, es también parte de la columna vertebral de su última obra.

“No sé qué me trajo aquí, el viento quizás”, reflexiona en el estudio de su casa en Madrid. “Creo que estaba agotada, que no era capaz de pensar, verdaderamente hice lo que buenamente pude y aquí me quedé”. Obligado se asume como parte de una “generación borrada” que llegó a una España en transición, apenas unos meses después de la muerte de Franco, en noviembre de 1975.

“Era un país que se estaba despertando”, resume Caparrós, nieto e hijo de exiliados de la Guerra Civil que tuvieron que volver a su tierra después de décadas en Argentina. Salieron de una España gris y regresaron a una sociedad que fue conquistando derechos y libertades después de 40 años de dictadura. Fue un proceso lento y difícil, recuerdan los entrevistados. “Y al mismo tiempo había un aire de cambio que era arrasador”, complementa Obligado.

“El exilio es ese encaje tan complejo entre una persona que está completamente fuera de su entorno, a la que la arrancaron de un lugar, y quienes lo reciben”, cuenta Comotto, que llegó con ocho años a Madrid. El ilustrador de 58 años recuerda lo difíciles que fueron esos primeros días, la llegada paulatina de oleadas de otros latinoamericanos que huían de la represión (como los chilenos o los nicaragüenses) y la solidaridad que permitió a sus padres salir a flote.

También rememora la avalancha de acontecimientos que han dado forma a España, como la matanza de Atocha en 1977, las primeras víctimas de la epidemia de heroína que arrasó con toda una generación en los ochenta o el intento de golpe del 23-F en 1981. “Fue más duro de lo que se recuerda”, asegura. “Pero España nos acogió ante la tragedia que estaba pasando en Sudamérica”. A cambio, perdura el legado de artistas, juristas, gente de letras, músicos, psicólogos, intelectuales, deportistas, arquitectos, dentistas, empresarios, maestros, profesionales consagrados, jóvenes que se abrieron camino y niños que crecieron para convertirse en padres y abuelos.

“Una historia son todas las historias”, escribe Obligado en su último libro. A partir del éxodo, esas historias divergen. “Si tomas el exilio como un castigo, estás perdido. Si lo tomas como un nuevo desafío y como algo permanente tienes abierta la esperanza”, opina Rotenberg, que atesora los años que pasó en España. Comotto, en cambio, se resiste a romantizar el pasado —“fue una mierda”—, aunque años después de regresar a Argentina volvió a cruzar el Atlántico y encontró razones para seguir adelante y una nueva vida en Barcelona, donde vive hace 27 años.

Ilustración de Agustín Comotto para el libro 'Exilios'.

Tras varias idas y venidas, Caparrós volvió a España en 2013, después de pasar 25 años en Argentina y empujado por razones completamente ajenas al exilio, como la necesidad de renovarse y cierta dosis de azar. “Quería un cambio de aires y ver el mundo, salir de mi aldea”, explica el escritor, que no se identifica como un exiliado. “No es un nombre que sintiera propio”, según ha escrito.

Obligado, a su vez, regresó por un tiempo, arrastrada por la nostalgia, pero acabó por convencerse de que el país del que se había ido ya no existía. “Puedes decidir vivir en Argentina, pero eso no es volver”, explica la autora, que tomó por etapas la decisión de quedarse en España, donde trabaja y ha formado su familia.

Hubo también algunos que atravesaron el océano varias veces para obtener respuestas. “Soy madrileño y me reconozco en los barrios de donde he vivido prácticamente toda mi vida”, explica Botto. “Y soy hijo del exilio, me asumo como hijo de un desaparecido”. Con el paso de los años, el actor conoció a sus abuelos, a sus tías y a sus primos y primas. Entró en la organización HIJOS (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), contactó con antropólogos forenses y revisó el expediente de su padre en la Subsecretaría de Derechos Humanos para reconstruir su historia. En 2004, supo gracias a la declaración de dos testigos que el destino final de Diego Fernando Botto fue la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro clandestino de detención y tortura más grande de la dictadura.

Una década más tarde, después de 35 años buscando justicia, Botto y su madre declararon como testigos en una de las múltiples causas judiciales sobre los crímenes cometidos en la ESMA. “En ese proceso de juicio, el Estado reconoció que lo que hizo estuvo mal y que no debe volver a ocurrir”, cuenta. “Fue un hecho reparador para mí”.

“Los perdedores no suelen tener la oportunidad de juzgar a los vencedores y, sin embargo, eso sí pasó en democracia en Argentina”, dice Botto, al comparar la transición en su país de origen con la de España. Durante décadas, se construyó un consenso, no sin oposición ni resistencias, sobre los horrores que se vivieron, como los llamados vuelos de la muerte o el robo masivo de bebés, y el legado funesto de políticas que quintuplicaron la pobreza e hicieron que se disparara la desigualdad. La justicia argentina ha condenado a más de 1.200 represores por delitos de lesa humanidad.

Milei, sin embargo, ha puesto en duda la existencia de un plan sistemático para reprimir y matar a la población, y sostiene que hubo “una guerra” entre el régimen militar y sus disidencias. “La historia ha vuelto a ser un terreno en disputa”, afirma Caparrós, aunque cuestiona que el ultraderechista tenga un interés real en esa etapa de la historia. Aunque los sectores revisionistas son minoritarios, el periodista se ha convencido a últimas fechas de que sigue siendo necesario recordar el impacto de la violencia, sobre todo para que los más jóvenes, aquellos que no vivieron ese momento, conozcan su historia.

“Los derechos humanos nunca están conquistados para siempre y tenemos que estar atentos, porque ahora mismo el negacionismo gobierna Argentina”, sentencia Botto. “La memoria no es un espejo retrovisor, es un espejo del presente, para entender quién eres hoy y qué tenemos que hacer para que esto no se repita jamás”.

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