-El Tío Sam debe hasta la risa (y nosotros pagamos la cuenta)-
Por: Redacción TeclaLibre
Mientras el mundo se distrae con las escaramuzas en el Golfo Pérsico y el vaivén del crudo, en Washington el «reloj de la deuda» ha dejado de marcar la hora para empezar a contar tragedias. Agárrense, que la cifra marea: la deuda de Estados Unidos ya perforó el techo de los 39 billones de dólares.
Para los que prefieren los números con peras y manzanas, eso significa que el Tío Sam se endeuda a un ritmo de 7,230 millones de dólares por día. Sí, leyó bien, por día.
Lo que realmente «pica» no es solo la cifra astronómica, sino la desfachatez del sistema. Por primera vez en la historia, Washington gasta más de un billón de dólares al año solo en pagar los intereses de lo que debe. Eso es más que todo su presupuesto de defensa, ese mismo que despliegan con tanta alegría para «vigilar» el Estrecho de Ormuz.
Si comparamos la situación, el panorama es de antología: Japón sigue siendo el campeón del masoquismo financiero con una deuda del 260% de su PIB.
China observa desde la barrera con unos 18 billones, pero con la diferencia de que ellos le deben, en gran medida, a ellos mismos.
Estados Unidos, en cambio, imprime billetes como quien reparte volantes en una esquina de Santo Domingo, confiando en que el resto del mundo seguirá aceptando sus verdes por puro hábito o por miedo.
¿Y a nosotros qué?
Aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Cuando el gigante estornuda, a nosotros en el Caribe nos da una pulmonía financiera. Este festín de deuda estadounidense presiona las tasas de interés globales. Traducido al dominicano: el dinero se vuelve más caro para todos.
Cada vez que el Congreso en Washington decide que no hay límite para su tarjeta de crédito, los países pequeños vemos cómo se encarece el financiamiento y cómo nuestras propias economías tienen que hacer malabares para no quedar asfixiadas por el costo del dólar.
La moraleja es vieja pero vigente: el imperio vive a crédito, pero la factura de la fiesta, tarde o temprano, nos la pasan por debajo de la puerta a los vecinos de abajo.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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