AY, LA VIDA
Ay, la vida… qué criatura tan irónica, tan pedagógicamente cruel y tan meticulosamente sarcástica.
Nada de lo que ocurre bajo este sol es nuevo.
Desde que el primer homínido descubrió que podía lanzar una piedra, la lanzó no para construir, sino para reclamar que su piedra era más sagrada que la del vecino.
Desde entonces el hombre pelea por creencias, por territorios, por dioses, por banderas, por ideologías… y, sobre todo, por la sublime estupidez de creerse eterno.
Y sin embargo, llegamos desnudos. Sin rangos, sin títulos, sin dogmas cosidos a la piel. Y nos vamos igual: despojados de poder, de fortuna, de seguidores, de discursos inflamados.
La muerte —esa funcionaria pública incorruptible— no acepta sobornos teológicos ni credenciales revolucionarias. La vida, al final de la jornada, es obscenamente justa.
Tiene además sus leyes físicas y metafísicas.
Por ejemplo: la gravedad. No se puede escupir hacia arriba sin que el escupitajo regrese con precisión matemática al rostro del escupidor.
Tampoco conviene prometer apocalipsis ajenos cuando el calendario puede tener otros planes.
Ahí tenemos al ayatolá Alí Jamenei, quien desde su juventud sostuvo que Israel no debía existir. Ya en el poder, desde 1989, juró que convertiría al “Estado sionista” en un cementerio nuclear. El lenguaje del clérigo era grandilocuente, casi poético en su amenaza.
Pero la ironía —esa dramaturga despiadada— decidió invertir el libreto: el cementerio no siempre recibe al destinatario anunciado.
Porque la historia, que no cree en consignas, tiene la costumbre de reírse en silencio mientras los líderes gritan. Y cuando el humo se disipa, descubrimos que el mártir imaginado no siempre coincide con el cadáver real.
Ay mamacita cuántas ironías tiene la vida
Según cierta interpretación de la fe, el martirio musulmán concede un pasaporte celestial firmado por Mahoma, con sello VIP y recepción garantizada por dos docenas de vírgenes. La promesa es logísticamente ambiciosa. Ahora bien, si murieron cuarenta y ocho junto a él —hipotéticamente hablando—, la pregunta no es teológica sino matemática: ¿cuál es la capacidad de hospedaje del paraíso? ¿Existe una lista de espera? ¿Hay sobreventa celestial? ¿O el departamento de vírgenes funciona con presupuesto ilimitado?
Sería ilustrativo que algún defensor entusiasta de estas causas nos explicara la aritmética del más allá. No por morbo, sino por curiosidad administrativa.
Y llegamos al epílogo, oscuro como un turbante de ayatolá bajo la noche del desierto.
Si estos clérigos creen con tanta devoción en Alá, si su fe es inquebrantable y su certeza absoluta, ¿por qué reciben el aplauso entusiasta de ciertos izquierdistas y comunistas que, doctrinalmente, no creen en Dios alguno? ¿Es un romance estratégico? ¿Un matrimonio por conveniencia entre el ateísmo militante y la teocracia severa?
Quién lo sabrá?… porque en realidad creo que ni ellos lo saben.
Quizás la respuesta no esté en el cielo sino en la tierra: el enemigo común une más que cualquier credo. Tal vez el amor compartido no sea por la divinidad, sino por el odio a Occidente, especialmente a ese caricaturizado “Gran Satán”. O quizá —con humor negro mediante— algunos simplemente disfrutan de ver cómo la policía de la fe administra látigos pedagógicos a mujeres cuyo crimen es dejar que el viento toque su cabello.
Ay, la vida… tan curiosa. Nos deja discutir eternidades mientras ella, con paciencia de verdugo elegante, nos recuerda que todos —teócratas, revolucionarios, ateos, creyentes, verdugos y víctimas— terminaremos exactamente iguales: sin turbante, sin pancarta, sin consignas… y sin vírgenes en inventario.
Y en el abrazo eterno se encontrarán todos, fanáticos de la llamada izquierda y cléricos que creen que como vacas las mujeres les pertenecen y deben darles foetes por las nalgas.
(Nota) Imagen creada en IA dándole la bienvenida al paraíso, al ayatolá Alí Jamenei y sus 48 mártires muertos por el gran Satán


