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 Breve paseo por la poética dominicana (1844-1944)

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Por Ramon Espinola

POR EL TRILLO DE INTRAHISTORIA CULTURAL

 Breve paseo por la poética dominicana (1844-1944)

Cuando nace la patria en 1844, en la hoy llamada República Dominicana, la norma escritural de la poesía respondía todavía a los moldes del romanticismo de herencia neoclásica.

Eran los vientos espirituales que soplaban desde Europa, donde se habían formado —intelectual y sentimentalmente— muchas de nuestras primeras personalidades de las letras, quienes trasladaron al trópico las resonancias métricas y simbólicas del Viejo Mundo.

Treinta años más tarde, en 1874, surge la primera antología poética nacional con la publicación de La Lira de Quisqueya, compilada por José Castellanos, quien otorgó especial relevancia a la obra de Salomé Ureña Díaz y de José Joaquín Pérez. En ellos ya latía la búsqueda de una voz nacional que, sin desprenderse de la tradición, comenzaba a mirarse en el espejo de su propio paisaje humano y social.

Hacia finales del siglo XIX, Gastón Fernando Deligne, figura representativa del romanticismo neoclásico tardío, abre paso —quizás sin proponérselo— a nuevas promociones poéticas. Entre ellas destacan Fabio Fiallo, Apolinar Perdomo, Enrique Henríquez y Osvaldo Bazil, quienes se inscriben dentro del modernismo que, con el cambio de siglo, se expande por Hispanoamérica.

Este movimiento encuentra su figura fundacional en el nicaragüense Rubén Darío, considerado padre del Modernismo americano.

Los poetas dominicanos antes mencionados se acercaron a su estética, abrazando su musicalidad, su sensualidad verbal y su búsqueda de perfección formal. Sin embargo, Deligne mantuvo una postura crítica frente a esta corriente, considerándola, en cierto sentido, una prolongación latinoamericana de sensibilidades europeas dentro de un continente que luchaba por consolidar su identidad cultural. Tal observación, aunque polémica, poseía una base reflexiva nada desdeñable.

Por su parte, críticos como Joaquín Balaguer señalaban la fuerte impronta europea del modernismo.

Balaguer observaba, por ejemplo, que la poesía de Fiallo evidenciaba la influencia del romanticismo español encarnado en Gustavo Adolfo Bécquer y del lirismo melancólico del alemán Heinrich Heine, afirmación que la crítica posterior ha considerado, en gran medida, acertada.

Este conflicto entre tradición y renovación provocó una verdadera ebullición cultural. La conciencia intelectual dominicana despertó de un prolongado letargo estético, iniciando un diálogo más dinámico con las corrientes internacionales sin perder su raíz caribeña.

Ya entrado el siglo XX, los poetas comenzaron a cuestionar las estructuras tradicionales de la lírica. Surgieron debates apasionados sobre la supremacía del verso métrico frente al verso libre, discusiones que no eran meramente técnicas, sino profundamente filosóficas y culturales.

En ese escenario destaca la figura de Pedro Henríquez Ureña, quien, tras su paso por Cuba, desarrolló una intensa labor intelectual en México. Allí participó activamente en el Ateneo de la Juventud, institución que contribuyó decisivamente a la renovación cultural mexicana incluso antes de la Revolución de 1910.

En ese círculo intelectual coincidió con figuras de gran talla como Antonio Caso, José Vasconcelos y Alfonso Reyes. Desde ese espacio, Henríquez Ureña aportó reflexiones decisivas sobre la evolución métrica, el modernismo y la irrupción del verso libre en la literatura hispanoamericana.

Su influencia trascendió fronteras, alcanzando el ámbito literario de Argentina y consolidando su figura como uno de los grandes pensadores de la cultura continental.

 En ese ambiente de efervescencia intelectual también participaron Jesús T. Acevedo, el muralista Diego Rivera, Alfonso Cravioto, Isidro Fabela y Ángel Zárraga. Todo ello demuestra que el modernismo y sus debates asociados se desplegaron como una red continental de pensamiento artístico.

Durante la ocupación de Estados Unidos en la República Dominicana (1916-1924), comenzó a desarrollarse una poesía con mayor sensibilidad social, alejándose del modernismo puramente esteticista. En este proceso destaca Federico Bermúdez y, posteriormente, Pedro Mir, cuya obra consolidaría la dimensión social y nacional de la poesía dominicana.

Las primeras cuatro décadas del siglo XX constituyen, así, un período de coexistencia estética: modernismo, posmodernismo y las llamadas “voces nuevas” convivieron en un singular maridaje creativo. Más adelante surgirían generaciones marcadas por acontecimientos históricos posteriores, como la generación del 60 y su relación con la guerra patria de abril.

Hoy, desde la distancia del siglo XXI, aún estamos en proceso de comprender la estética de las generaciones del milenio y la llamada Generación Z. Como siempre ocurre en la historia del arte, será el tiempo —ese crítico silencioso e implacable— quien terminará por ordenar las voces, separar las modas de las esencias y consagrar las obras que verdaderamente encarnen el espíritu de su época.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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