-Carney enfría la tormenta mientras Trump agita el avispero comercial-
En política internacional, a veces no hace falta firmar un tratado para que estalle un conflicto. Basta con una reunión, una foto o un comunicado ambiguo. Eso fue lo que ocurrió esta semana entre Canadá, China y Estados Unidos.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, tuvo que salir a ponerle hielo a una controversia que empezó a calentarse desde Washington. ¿La razón? Contactos comerciales recientes entre Ottawa y Pekín que, según la Casa Blanca, podrían convertirse en una puerta trasera para productos chinos hacia el mercado estadounidense.
Desde el otro lado de la frontera, el presidente Donald Trump no se anduvo con rodeos. Advirtió que si Canadá avanzaba hacia un acuerdo comercial estructural con China, la respuesta sería contundente: aranceles del 100 % a productos canadienses. Un misil verbal con destinatario claro.
Pero Carney habló con tono pausado, casi académico. No hay tratado de libre comercio con China, dijo. No está en agenda. No se negocia nada que viole compromisos norteamericanos. Lo firmado en enero —aclaró— son ajustes sectoriales, entendimientos limitados, conversaciones técnicas. Nada que se parezca a un giro geopolítico.
Sin embargo, el ruido ya estaba hecho.
Canadá depende profundamente del mercado estadounidense. Sus exportaciones cruzan esa frontera todos los días como si no existiera. Pero al mismo tiempo, el mundo cambió. Asia crece. China compra energía, minerales, alimentos. Y ningún gobierno serio puede ignorar eso.
Ahí está la línea fina por la que camina Ottawa: diversificar sin provocar. Explorar sin romper. Negociar sin que parezca desafío.
Para Trump, el tema es más amplio que Canadá. Su política comercial ha sido, desde siempre, un pulso directo con China. No quiere grietas en el bloque norteamericano. No quiere atajos que suavicen el cerco económico que intenta mantener sobre Pekín.
Lo interesante es que este episodio revela algo más profundo: el comercio ya no es solo economía, es geopolítica pura. Los acuerdos ya no se miden solo en cifras, sino en lealtades estratégicas.
Carney parece entender que el mundo dejó de ser unipolar. Trump, por su parte, sigue defendiendo con fuerza el liderazgo estadounidense en su hemisferio.
En medio de ese tira y jala, Canadá intenta hacer lo que hacen las potencias medianas: equilibrar. Y equilibrar, en tiempos de rivalidad global, no es tarea sencilla.
No hubo ruptura. No hubo tratado. Pero quedó claro que, en el nuevo tablero mundial, incluso los movimientos cautelosos pueden desatar tormentas.
Y la pregunta sigue flotando, incómoda y vigente:
¿hasta dónde puede un aliado moverse por cuenta propia sin despertar la furia del vecino más poderoso?
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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