La monarquía británica ha sido, hasta ahora, el bálsamo que aplaca al Donald Trump más fiero. El palacio de Buckingham ha confirmado este martes que se mantiene la visita de Estado de los reyes Carlos III y Camilla a Estados Unidos, prevista para finales de abril y con fechas y agenda aún por concretar. A pesar del deterioro de la relación entre Trump y el primer ministro, Kier Starmer, a cuenta de los desencuentros de ambos gobiernos respecto a la guerra de Irán, Downing Street busca desesperadamente recomponer la “relación especial” entre Londres y Washington, y ha dado luz verde al viaje, a pesar de que partidos de la oposición como los liberales demócratas han reclamado con insistencia que se anulara la visita.
“A sugerencia del Gobierno de Su Majestad, y bajo la invitación del presidente de los Estados Unidos, el rey y la reina llevarán a cabo una visita de Estados a los Estados Unidos de América. El programa de sus majestades servirá para celebrar las conexiones históricas y la relación bilateral moderna que existe entre ambos países, cuando se conmemora el 250º aniversario de la independencia [de EEUU]”, dice el comunicado del palacio de Buckingham por el que se ha anunciado la decisión.
Starmer ha utilizado con habilidad el cebo de la familia real para seducir a Trump, que presume de antecedentes escoceses, tiene un par de campos de Golf en Escocia, y no disimula su regocijo cuando se despliega a sus pies toda la pompa y liturgia de la realeza británica. En septiembre del año pasado, el primer ministro organizó, con la complicidad de Carlos III, la segunda visita de Estado del presidente de Estados Unidos al Reino Unido. La primera fue en 2019, cuando todavía era reina Isabel II.
Para la nueva ocasión (ningún otro presidente estadounidense había realizado dos visitas de Estado, para satisfacción del ego de Trump), se organizó una agenda que tenía algo de cartón piedra. La ceremonia, con traslado del matrimonio estadounidense en coche de caballos real y despliegue militar, se realizó en el recinto cerrado del castillo de Windsor. Es decir, lejos de las manifestaciones y protestas previstas. La reunión entre Starmer y Trump tuvo lugar en la residencia campestre del primer ministro en Chequers, alejada también de cualquier posible disturbio.
Aquella visita se apuntó como un tanto diplomático del primer ministro. Trump estaba flotando en una nube, con tanta pompa y circunstancia, y se deshizo en elogios sobre Starmer y sobre la “relación especial” entre Estados Unidos y el Reino Unido.
Desde entonces ha llovido mucho, pero la verdadera tormenta se desencadenó al lanzar Trump, mano a mano con el Gobierno israelí de Netanyahu, el ataque contra Irán. Starmer consideró desde un principio, alertado por el fantasma de la guerra de Irak que desgarró al entonces Gobierno laborista de Tony Blair, que la agresión contra el régimen islamista de Teherán era contraria al derecho internacional y, sobre todo, muy mal planeada. “No se cambia un régimen desde el aire”, dijo en el Parlamento el primer ministro británico.
Downing Street negó a su histórico aliado el uso de sus bases militares. Especialmente, la de la isla Diego García del archipiélago de Chagos, clave para poder diseñar una estrategia bélica en Oriente Próximo. Aunque Starmer accedió poco después a que Estados Unidos pudiera usar las instalaciones británicas, siempre que fuera con propósito defensivo o para proteger el paso por el estrecho de Ormuz, Trump ya había entrado por entonces en cólera. Insultó al primer ministro británico, al compararlo con Churchill, y calificó de “juguetes” los portaviones y destructores británicos cuyo uso, finalmente, Starmer se planteó para proteger a los barcos que circulan por el estrecho.
Presión de la oposición
El Partido Liberal Demócrata, la segunda fuerza de la oposición después de los conservadores, lleva reclamando al Gobierno británico, desde que comenzó la guerra contra Irán, que cancelara la visita de Estado de Carlos III. “Viendo el modo en que han tratado [la Casa Blanca] a nuestras tropas, y cómo las han insultado, y cómo [la guerra] está teniendo un alto coste para los ciudadanos británicos, no creo que el primer ministro debiera permitir que esta visita prevista siguiera adelante”, había reclamado el líder de los liberales demócratas, Ed Davey.
Starmer, sin embargo, ha dado luz verde a los preparativos de una visita que pretende utilizar para suavizar las actuales tensiones con Washington. Junto al viaje de Carlos III y la reina Camilla, está prevista también la llegada a Estados Unidos, para el próximo verano, de los príncipes de Gales, Guillermo Y Catalina, por los que Trump también ha expresado su afecto.
La histórica diputada laborista, Emily Thornberry, que preside la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento británico, también ha sugerido la posibilidad de evitar un mal trago a los reyes Carlos Y Camila. “Si la visita sigue adelante, se realizará sobre el fondo de una guerra, y creo que será una situación difícil. Lo último que queremos es colocar a sus majestades en una situación embarazosa”, ha señalado.
Sin embargo, Trump no ha podido disimular su entusiasmo ante la perspectiva de recibir al monarca en su terreno, con una cena de Estado prevista, y un discurso de Carlos III en el Congreso estadounidense. De hecho, en un mensaje lanzado a través de su red social Truth, anticipaba las fechas de la visita, entre el 27 y el 30 de abril, a pesar de que el palacio de Buckingham había preferido no concretar aún.
“Espero con ganas poder pasar algo de tiempo con el Rey, al que respeto enormemente. !Será fantástico!”, anunciaba Trump.
El palacio de Buckingham ha confirmado también que Carlos III y Camilla aprovecharán su viaje para visita Bermuda, territorio de la Commonwealth.
Isabel II realizó cuatro visitas a Estados Unidos, en 1957, 1976, 1991 y 2007. En el caso de su hijo y heredero, se trata de la primera visita de Estado al país.

