🇨🇱 Chile vota dividido: Jara y Kast se disputan un país que ya no cree en nadie
Noti-Análisis TeclaLibre
-El país del péndulo político vuelve a temblar-
Chile volvió a las urnas y, una vez más, el país quedó dividido en dos mitades que no se toleran del todo y en un tercer bloque que observa desde afuera, con los brazos cruzados, esperando a ver quién se atreve a conquistarlo. Con poco más de la mitad de los votos escrutados, Jeannette Jara, la candidata de izquierda y exministra comunista, apareció en primer lugar con un 26,6 %, seguida muy de cerca por José Antonio Kast, el ultraderechista que nunca abandona su épica de patria, orden y destino. La diferencia es mínima, apenas una respiración, mucho menos de lo que anunciaban las encuestas, que la daban a ella como clara favorita. La realidad, como suele ocurrir en Chile, decidió llevarles la contraria a todos.
La sorpresa, inevitable y casi folklórica en la política chilena, volvió a venir de la mano de Franco Parisi. Desde la distancia —porque Parisi es el único candidato que compite sin territorio físico, sin tarima y sin calle— logró un 18,4 % y arrasó en las regiones mineras del norte, donde los desencantos pesan más que cualquier discurso ideológico. Su voto es una especie de rebelión silenciosa y digital, un recordatorio de que el descontento no solo existe, sino que también se organiza.
Mientras los números se consolidaban, Jara salió a hablar con un mensaje lleno de esperanza, como si quisiera recordar a los chilenos que el país es mejor de lo que cree. Dijo que Chile era solidario, hermoso, grande, y que la democracia era un tesoro frágil que había que cuidar. No mencionó a Kast, pero lo rodeó como quien ilumina una habitación sin señalar directamente la sombra. Habló con serenidad, pero también con advertencia. Su discurso fue un llamado a proteger lo que se ha construido, sin caer en el miedo explícito… aunque el miedo flotaba.
Kast, por su parte, salió con la fuerza de quien se sabe respaldado por una derecha que se alineó velozmente a sus espaldas. Declaró que la oposición había derrotado a un gobierno fracasado, sin sutilezas ni medias tintas. Su tono fue directo, combativo, impregnado de esa narrativa nacionalista que promete orden donde otros ven caos. Evelyn Matthei y Johannes Kaiser, cada uno desde su respectivo punto del espectro conservador, lo apoyaron sin esperar el amanecer. La derecha decidió que su candidato era Kast, sin rodeos, sin matices.
Y entonces apareció Parisi, que, como un árbitro inesperado, recordó a todos que sus votantes no son “un bolso que se pasa de uno a otro”. Sus palabras fueron un aviso: si Jara o Kast quieren esa bolsa de votos digitales, deberán poner sobre la mesa parte de su agenda. Eliminar el IVA a medicamentos y productos esenciales, bajar sueldos políticos y abandonar la soberbia programática. En otras palabras: que ambos se muevan hacia él, no al revés. Parisi sabe que el 18,4 % es poder. Y lo ejerce.
Lo que viene ahora es una batalla más emocional que programática. Jara necesita ensanchar su centro, disipar temores y convencer a quienes temen que un gobierno comunista traiga más incertidumbre. Kast, en cambio, buscará polarizar, convertir la elección en un plebiscito sobre seguridad, migración y orden. Y Parisi, desde su realidad paralela, dirá a sus seguidores que nadie se ha ganado aún su bendición.
Chile avanza hacia el 14 de diciembre con una sensación de déjà vu: un país brillante y fracturado, lleno de futuro pero exhausto de sus propios ciclos políticos. El péndulo volvió a oscilar, como si no quisiera detenerse jamás. Y mientras Jara y Kast se preparan para el duelo final, Parisi observa desde la galería, esperando el momento exacto en que su voto —o el de sus seguidores— definirá quién gobernará un país que sigue buscando su rumbo.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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