-Mientras Washington concentra su atención militar en Oriente Medio, el pulso decisivo del poder global se libra en los mercados, la tecnología y el crecimiento económico. En ese escenario, el rival estratégico de Estados Unidos no es Irán: es China-
Durante décadas, la política exterior de Estados Unidos ha estado marcada por conflictos militares en distintas regiones del mundo. Irak, Afganistán, Siria, ahora Irán.
Pero detrás de esas guerras recurrentes existe una realidad estratégica más profunda: el verdadero desafío global para Washington se encuentra en Asia, y tiene nombre propio: China.
Hace apenas medio siglo, la República Popular China era una nación mayoritariamente rural, empobrecida y aislada de los mercados internacionales.
Cuando murió Mao Zedong en 1976, el país seguía atrapado en una economía rígidamente planificada que había producido escasez, atraso tecnológico y pobreza generalizada.
El giro comenzó poco después.
Las reformas económicas impulsadas por Deng Xiaoping a finales de los años setenta transformaron la estructura económica del país mediante una fórmula pragmática: introducir mecanismos de mercado dentro de un sistema político socialista.
El experimento fue uno de los más exitosos de la historia económica moderna.
Según el Banco Mundial, más de 800 millones de chinos salieron de la pobreza en las últimas cuatro décadas.
China pasó de ser una economía agrícola atrasada a convertirse en: la segunda economía del planeta, la mayor potencia manufacturera del mundo, y un actor central en tecnología, comercio e infraestructura global.
Las cifras económicas ayudan a entender la preocupación estratégica en Estados Unidos. En el último año, la economía china creció aproximadamente 5 %, mientras la estadounidense lo hizo cerca de 2,5 %.
A primera vista, la diferencia no parece dramática. Pero sostenida durante décadas produce un fenómeno que inquieta a los estrategas estadounidenses: la convergencia económica.
Durante más de un siglo, Estados Unidos ha sido la economía dominante del planeta. China podría alcanzarla —o incluso superarla— en las próximas décadas.
El problema no es solo el tamaño del PIB. China domina o controla sectores críticos de la economía global, como manufactura industrial, baterías y vehículos eléctricos, paneles solares, minerales estratégicos, cadenas globales de suministro, e infraestructura digital.
En muchos de esos sectores, empresas estadounidenses dependen directa o indirectamente de proveedores chinos.
La competencia entre Estados Unidos y China no se parece a la Guerra Fría del pasado siglo con la Unión Soviética.
Aquella era una confrontación ideológica y militar. La actual es principalmente económica y tecnológica. Las dos economías están profundamente interconectadas, pero al mismo tiempo compiten por liderazgo global.
Estados Unidos sigue siendo dominante en innovación tecnológica, universidades, sistema financier, poder militar.
Pero China avanza rápidamente en infraestructura, manufactura, inteligencia artificial, y comercio global. La disputa se libra en todos los frentes. Desde los microchips hasta las rutas marítimas del Indo-Pacífico.
En ese contexto, muchos expertos consideran que conflictos como el de Irán representan crisis tácticas, no el desafío estructural que enfrenta Washington.
Irán puede afectar el mercado petrolero, desestabilizar Oriente Medio o desafiar intereses regionales estadounidenses. Pero su economía es apenas una fracción de la estadounidense. Y aún más pequeña comparada con China.
Por eso, algunos analistas sostienen que las guerras en Oriente Medio terminan distrayendo a Washington de su competencia más importante.
Mientras Estados Unidos dedica recursos militares a conflictos regionales, China invierte en comercio, tecnología y expansión económica global.
El momento actual añade otra dimensión al conflicto.
La guerra con Irán ocurre en un clima político interno extremadamente polarizado en Estados Unidos.
El presidente Donald Trump enfrenta un Congreso dividido y una oposición que ha insinuado la posibilidad de un nuevo proceso de impeachment si los demócratas logran una mayoría amplia en las próximas elecciones legislativas.
En ese contexto, algunos analistas sugieren que una política exterior confrontativa también puede servir para movilizar la base política y fortalecer el liderazgo presidencial en tiempos de crisis.
La historia política estadounidense muestra precedentes. En momentos de tensión internacional, los presidentes suelen experimentar un fenómeno conocido como “rally around the flag”, donde el apoyo público al liderazgo aumenta temporalmente.
Para un mandatario enfrentado a presiones internas, un escenario internacional tenso puede convertirse en una herramienta política.
Más allá de las guerras del presente, la pregunta estratégica sigue siendo la misma:
¿Podrá Estados Unidos mantener su liderazgo económico global frente al ascenso chino?
China todavía enfrenta desafíos importantes, como envejecimiento poblacional, deuda interna, tensiones comerciales, y control político sobre la economía, pero su capacidad de crecimiento y adaptación ha sorprendido repetidamente a analistas occidentales.
Mientras tanto, el mundo observa cómo se desarrolla una competencia que probablemente definirá el equilibrio global durante el siglo XXI.
Y mientras los titulares hablan de misiles en Oriente Medio, la verdadera batalla por el poder global continúa librándose en fábricas, laboratorios y mercados financieros.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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