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CRÓNICA DE UN VUELO SIN REGRESO

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Crónica de un vuelo sin regreso: Apure, un cielo caliente y un piloto dominicano

Por TeclaLibre Digital
(A ritmo de paso fino y sarcasmo caribeño)

En los radares venezolanos apareció el viernes algo que los militares llaman un “blanco de interés”, pero que en la jerga dominicana se traduce como una avioneta sin papeles, sin peaje y sin santo que la salve. Entró por el este de Venezuela rumbo a Apure, apagada, muda y con prisa. Ahí mismo, los F-16 salieron a buscarla como si fuera pez gordo en río revuelto.

La atraparon. O la tumbaron. Eso depende del narrador.

Según la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, el aparato no obedeció instrucciones, y —como quien se resiste a un colmado abierto después de medianoche— terminó aterrizando de emergencia en pleno monte. Es la aeronave número 28 que “neutralizan” en lo que va de año. Una cifra modesta para sus cifras oficiales, pero suficiente como para la foto del parte militar, el sello rojo y el discurso de “defensa de la soberanía”.

Hasta ahí, Caracas. Breve, sin nombres, sin muertos.
Caso cerrado, próximo expediente.

Pero la historia no aterrizó en Venezuela. Cayó en Hato Mayor
En República Dominicana, la noticia llegó con otro tono: misa, flores y lágrimas por Avelino Astacio Santana, “Abel”, piloto criollo, de vuelo alegre y expediente internacional. Nadie en Apure confirma ni desmiente, pero aquí el retrato aparece sin filtros: murió mientras pilotaba la aeronave que Venezuela inmovilizó.

Abel no era improvisado. Tampoco turista aéreo. Tenía sus capítulos abiertos en Brasil, Venezuela y cielos intermedios donde los aviones no aterrizan por turismo fotográfico.

Era de esos pilotos capaces de despegar en una pista casi sembrada de plátanos y aterrizar en otra donde, en vez de torre de control, hay una mata de mango.

Hay de todo en la vida aeronáutica, y él era de los que sabían el mapa sin verlo.

Venezuela: soberanía
República Dominicana: funeral
Y entre ambos, silencio institucional, esa zona gris donde se archiva lo que no cuadra.

La aeronave quedó inmóvil en Apure. El piloto quedó sin retorno. Nadie habla de carga, tripulación o destino final. Nadie enseña fotos más allá de un fuselaje ennegrecido y militares uniformados.

Si hubo derribo, nadie lo dice.
Si hubo negociación aérea, tampoco.

Lo que sí es seguro es que la FANB salió sonando trompetas, sumando un avión más a su listado anual, con un lenguaje impecable para boletín oficial.

Mientras tanto, en RD, la conversación es más mundana:

“Hombre trabajador, apasionado por la aviación… aunque se metió en cosas que no eran”.

Eso dicen algunos.

Otros se limitan a suspirar: “Se fue volando lejos”.
Literal.

Crónica caribeña sin moralina
Abel Astacio murió como vivió: volando.
Volando donde no debía, pero volando al fin.

La FANB cumplió su guión marcial:
radar, comando estratégico, interceptación, neutralización.

Y nosotros cumplimos el nuestro:
mirar el mundo con sospecha, humor agrio y un poco de poesía.

Porque, si algo enseña el Caribe, es que las historias no terminan donde caen los aviones.

A veces aterrizan mucho después,
en una misa dominical donde la gente canta bajito,
mientras en otro país alguien firma un comunicado que no menciona nombres.

Y así, mientras en Caracas celebran el expediente cerrado,
en Hato Mayor suenan guitarras.

Y si alguien pregunta quién era el piloto, la respuesta es simple:

Uno de los nuestros, que se alejó demasiado del cielo permitido.

Y en ese cielo —como bien sabemos— no hay torre de control,
ni pista marcada,
ni regreso seguro.

Solo vuelos de ida.
Y silencio.

-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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