Por Ramon Espinola
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA ANTILLANA
CUBA Y SU DESGRACIA ECONÓMICA

Cuando un pueblo pasa hambre mientras los revolucionarios brindan, ya no queda revolución: queda banquete.
(En Cuba la política terminó devorándolo todo; y como lo que la política se traga suele convertirse en humo y estiércol, hoy la isla revolucionaria se ha quedado hasta sin luz para alumbrar su propia utopía.)
La situación económica de Cuba ha descendido a un estado que ya no admite eufemismos diplomáticos ni consignas heroicas.
Lo que alguna vez fue proclamado como el laboratorio social de la redención latinoamericana se encuentra hoy atrapado en una crisis profunda, persistente y estructural, que amenaza no solo la estabilidad económica del país, sino también la legitimidad política y social de un régimen que ha permanecido en el poder durante más de seis décadas sin introducir reformas sustanciales capaces de aliviar el sufrimiento cotidiano del pueblo en cuyo nombre —y para cuya redención— se hizo la Revolución.
Sesenta y siete años después, la promesa revolucionaria parece haberse evaporado entre discursos interminables, planes quinquenales fallidos y un aparato burocrático que aprendió a vivir de la retórica mientras la economía real se desmoronaba lentamente.
La inflación avanza con la paciencia de una plaga bíblica.
Los precios se multiplican como hongos después de la lluvia tropical, mientras los salarios permanecen petrificados en una realidad monetaria que ya no existe.
Los sectores productivos fundamentales —industria, agricultura, energía— han sufrido un deterioro progresivo que ha terminado por acelerar el empobrecimiento generalizado de la población.
Pero donde el sarcasmo de la historia se vuelve más cruel es en la estructura real del poder económico cubano.
El pueblo que todavía conserva la peligrosa costumbre de pensar comienza a cuestionar cada vez con mayor fuerza al Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), un conglomerado empresarial que controla más del 70 % de la economía de la isla y cerca del 95 % del sistema bancario y financiero.
En la práctica, esto significa que el gobierno formal y el pueblo revolucionario han quedado reducidos a un papel casi decorativo dentro del teatro económico nacional.
Y todos saben quién dirige este gigantesco aparato económico: la cúpula militar y los altos burócratas del Partido Comunista, una aristocracia revolucionaria que, con el paso de los años, terminó convirtiéndose en aquello mismo contra lo que la Revolución decía haber luchado. Si la mafia de la década de los 50 hizo sufrir al pueblo cubano, la mafia de hoy hace llorar el estómago del pueblo. En el fondo, como el principio físico de que los extremos se tocan, ambas mafias son iguales en lo que a explotación y vagabunderías respecta.
Una ironía histórica que habría hecho sonreír con amargura incluso a Karl Marx. Que los izquierdistas latinoamericanos, por su fanatismo, no atinan a comprender.
Para completar el cuadro, el Banco Central de Cuba opera en la práctica subordinado a los intereses de ese mismo entramado económico.
Así, la política monetaria del país no responde a las necesidades del ciudadano común, sino a las conveniencias de una élite burocrático-militar que administra la economía nacional como si se tratara de una finca privada heredada por derecho revolucionario.
Mientras tanto, la moneda nacional se deprecia a una velocidad que haría palidecer a cualquier manual de economía monetaria. Frente al dólar y al euro, el peso cubano se ha convertido en una sombra cada vez más tenue de sí mismo.
El mercado informal —ese capitalismo clandestino que la Revolución jamás logró erradicar— se ha convertido en el verdadero mecanismo de supervivencia del cubano de a pie.
Pero el drama alcanza dimensiones casi surrealistas cuando se observa la crisis energética.
La falta de petróleo, de carburantes y de infraestructura energética ha provocado apagones que superan las dieciocho horas diarias, sumiendo a ciudades enteras en una oscuridad que recuerda más a los siglos coloniales que a una república socialista del siglo XXI.
Eso da risa y pena porque, paradójicamente, la “isla de la luz revolucionaria” vive hoy a oscuras y en desgracia económica.
“Ay, mamá, qué revolución más chévere”, se pararía a tararear cualquier jodedor en Galeano y San Rafael, la famosa esquina del pecado habanero.
Recientemente, un grupo de economistas reunidos en la Universidad de La Habana analizó la situación desde el punto de vista técnico, identificando los profundos desequilibrios macroeconómicos que atraviesa el país.
En términos simples, una economía funciona como un sistema de balances interrelacionados.
El primero es el balance fiscal, que refleja la relación entre los ingresos y los gastos del Estado. Cuando el gasto público supera de manera persistente los ingresos, el déficit se vuelve estructural y la economía comienza a tambalearse.
El segundo es el balance externo, representado por la balanza de pagos, donde se registran las exportaciones, importaciones, inversiones, remesas y todas las transacciones con el resto del mundo.
El tercero corresponde al balance monetario, que mide la relación entre la cantidad de dinero circulante y la producción real de bienes y servicios.
Y el cuarto es el balance de bienes y servicios, es decir, la capacidad productiva real de la economía para satisfacer las necesidades de la población.
Cuando estos cuatro equilibrios se rompen simultáneamente —como ocurre hoy en Cuba— aparecen distorsiones macroeconómicas que se manifiestan en forma de inflación descontrolada, recesión productiva, endeudamiento creciente y pérdida acelerada de reservas internacionales.
El ejemplo doméstico es sencillo: cuando en una casa se gasta más de lo que se gana, la única manera de sostener el nivel de consumo es endeudarse. Y cuando la deuda crece más rápido que los ingresos, tarde o temprano llega el momento en que las cuentas dejan de cuadrar.
Eso mismo le ocurre hoy a la economía cubana.
Y la dominicana va por el mismo caminito.
Pero mientras la población lucha diariamente por conseguir arroz, aceite o electricidad, la élite del poder vive en un universo muy distinto.
En los círculos privilegiados del Partido y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, las mesas continúan bien abastecidas: chorizos, jamón de pata negra y delicatessen importadas desde Europa o Estados Unidos adornan los banquetes de aquellos que todavía hablan, con solemnidad doctrinal, del sacrificio revolucionario del pueblo.
La distancia entre la retórica y la realidad jamás había sido tan grotesca.
Si este modelo económico no cambia pronto —muy pronto—, la historia podría terminar dando un giro inesperado.
Porque los pueblos pueden soportar largos periodos de pobreza, pero rara vez toleran indefinidamente la combinación de pobreza, privilegios, cinismo y mentiras.
Y cuando ese momento llega, las estatuas empiezan a tambalearse.
El tiempo, al fin y al cabo, es el único revolucionario que nunca traiciona.
Ya veremos.
Porque cuando una revolución deja de servir al pueblo y comienza a servirse de él, ya no es revolución: es simplemente otro régimen esperando su fecha con la historia.
Y que no olviden los flamantes vegetorios del Comité Central del Partido y los pansuses generales de la FAR que las revoluciones nacen para liberar a los pueblos; y cuando terminan encarcelándolos en la pobreza, la historia comienza lentamente a escribir su epitafio.
Porque el día en que la revolución dejó de alimentar al pueblo y comenzó a alimentarse de él, empezó también el largo reloj de su final.
¡Viva Cuba y su pueblo glorioso!

