Por Ramon Espinola
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA ANTILLANA

CUBA Y SU LUCHA POR LA INDEPENDENCIA
(La historia de ese lago imperial llamado Caribe ha sido, desde sus primeras cartografías sangrientas, una larga crónica de expolio. Imperios que desembarcan con cruz en una mano y contabilidad en la otra; pueblos que resisten con la dignidad como único armamento duradero. Han pasado cinco siglos, y sin embargo, la violencia parece haber aprendido a cambiar de uniforme sin renunciar jamás a su esencia.)
El 30 de noviembre de 1896, en el modesto poblado de Lázaro López, en Camagüey —ese rincón donde la historia suele escribir en voz baja antes de gritar— se encuentran dos figuras destinadas a perturbar el sueño colonial: Maximo Gómez y Antonio Maceo, bautizados por el ingenio temeroso del enemigo como el zorro viejo y el león negro.
No eran, en rigor, generales de vastos ejércitos, sino estrategas de lo improbable.
Apenas 2,600 hombres componían aquella fuerza insurgente, cifra que en los registros imperiales apenas merecería una nota al pie. Y, sin embargo, con ese número escaso y una voluntad desmesurada, iniciaron la marcha hacia Las Villas, con la ambición —casi insolente— de conquistar el occidente de la isla.
Mientras tanto, el imperio español, fiel a su tradición de confundir cantidad con destino, había enviado durante ese mismo año de 1896 la impresionante cifra de 98,412 tropas regulares, que se sumaban a unos 63,000 voluntarios.
Una marea humana destinada, en teoría, a aplastar la insurrección. En la práctica, a prolongar la agonía de un dominio ya carcomido por el tiempo.
El 3 de diciembre de 1896, las fuerzas rebeldes cruzan el río Jatibonico y penetran en Las Villas. Gómez, siempre más atento al movimiento que al reposo, recibe noticias de una columna española que escolta un tren de suministros cerca de Iguará. La ocasión parecía propicia para una emboscada —ese arte menor que suele humillar a los ejércitos mayores—.
Pero la guerra, como la historia, rara vez obedece al plan de los hombres.
Los españoles descubren la maniobra, y la escaramuza se transforma en una batalla abierta, precisamente el tipo de enfrentamiento que Gómez prefería evitar.
Aun así, los rebeldes obtienen la victoria, aunque a un costo elevado en vidas: recordatorio constante de que incluso los triunfos pueden tener sabor a derrota.
El 10 de diciembre, en las Alturas de Manacal, la guerra alcanza uno de sus momentos más feroces. Durante tres días, el combate no solo mide fuerzas, sino resistencias morales. Los insurgentes continúan su avance hacia el occidente, perseguidos por un ejército que, a falta de eficacia, insistía con obstinación casi burocrática.
España, aferrada a su colonia como un comerciante desesperado a su último balance positivo, no estaba dispuesta a renunciar fácilmente.
Cuba representaba cerca del 40% de su presupuesto: no era solo territorio, era contabilidad imperial.
Para finales de 1897, la isla albergaba 240,000 soldados regulares y 60,000 irregulares. Una cifra colosal que, paradójicamente, revelaba más debilidad que fuerza: cuando un imperio necesita tantos hombres para sostenerse, es porque ya ha comenzado a caer.
Y entonces, como suele ocurrir en las tragedias bien escritas, entra en escena un nuevo actor: los Estados Unidos.
En 1898, con la precisión calculada de quién llega cuando la mesa ya está servida, intervienen en el conflicto caribeño. No por altruismo, desde luego —virtud escasa en la política internacional—, sino con el claro propósito de desplazar definitivamente a España y heredar su zona de influencia.
Derrotada, España no tuvo más alternativa que firmar el Tratado de París el 10 de diciembre de 1898, clausurando formalmente la guerra.
Estados Unidos, que había entrado en abril, ya para noviembre había asegurado la victoria. Una guerra breve, eficaz… y convenientemente oportuna.
La llamada guerra hispanoamericana no fue, en esencia, una cruzada libertadora, sino una operación de expansión.
Puerto Rico pasó a ser territorio estadounidense, condición que —con admirable persistencia histórica— aún conserva más de un siglo después.
Cuba, por su parte, alcanzó una independencia vigilada, condicionada, casi tutelada.
La Enmienda Platt, injertada en su ordenamiento constitucional, garantizaba que la soberanía naciera con cadenas. No sería sino hasta la Constitución de 1940 cuando aquella cláusula infame fue finalmente abolida, como quien arranca una espina demasiado tiempo tolerada.
EPÍLOGO
Y así, Cuba se liberó… para descubrir que la libertad, en el Caribe, suele venir con letra pequeña.
España salió por la puerta, agotada y derrotada; Estados Unidos entró por la ventana, fresco y sonriente. El imperio cambió de acento, de uniforme y de himno, pero no de propósito.
Porque en ese lago imperial llamado Caribe —donde las olas parecen repetir antiguas consignas— la historia no termina: se disfraza.
Y los pueblos, condenados a memorizar sus propias heridas, aprenden que entre colonia y tutela hay, a veces, apenas una diferencia semántica… cuidadosamente redactada por quien escribe los tratados.
Y ahora, en estos momentos, Cuba, apagada, sin combustible, y con pocos insumos de todo tipo llama a pensar, sí:
¿Será este el castigo del imperio por cercenar la enmienda Platt en 1940?
¿O es por haber adoptado un sistema que en lo económico no ha dado resultado en el mundo?

