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DE NUEVO, UN BLACKOUT NOS COMPLICA

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⚡ República Dominicana vuelve a apagarse: más que un blackout, una advertencia estructural

Por Redaccion de TeclaLibre

República Dominicana volvió a quedarse a oscuras este lunes 23 de febrero de 2026. No fue un apagón sectorial ni una avería aislada. Fue un colapso general del sistema eléctrico nacional. El segundo en menos de cuatro meses.

Desde las 11:00 de la mañana el Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (SENI) comenzó a mostrar una caída progresiva en la generación hasta producirse el blackout total cerca del mediodía. El antecedente inmediato fue el 11 de noviembre de 2025, cuando una falla de transmisión desencadenó otro apagón nacional.

Cuando un país se apaga dos veces en un cuatrimestre, ya no hablamos de un “evento técnico”. Hablamos de vulnerabilidad estructural.

El SENI integra generación, transmisión y distribución en todo el territorio nacional. La red de alta tensión está bajo responsabilidad de la Empresa de Transmisión Eléctrica Dominicana, pieza clave para que la energía producida llegue a los centros de consumo.

En noviembre pasado, una falla en transmisión provocó la salida en cadena de unidades generadoras. El efecto dominó dejó al país entero sin electricidad. Este lunes, aunque las causas oficiales aún se investigan, el patrón vuelve a repetirse: caída progresiva, desbalance y colapso.

El país ha ampliado su matriz energética con gas natural, carbón y renovables. Pero la estabilidad no depende solo de capacidad instalada. Depende de resiliencia, respaldo técnico, sistemas de protección inteligentes y almacenamiento que estabilice la red.

Cuando eso falla, todo el sistema cae como un castillo de naipes.

Cada blackout nacional tiene un impacto que no siempre se cuantifica públicamente:

  • Comercios paralizados en horas de mayor actividad.

  • Industrias que detienen producción.

  • Restaurantes y supermercados que arriesgan inventarios.

  • Pequeños negocios que dependen de plantas eléctricas costosas.

  • Combustible adicional para generadores privados.

República Dominicana vende estabilidad macroeconómica y crecimiento sostenido. Pero la confiabilidad energética es un indicador clave para la inversión extranjera.

La electricidad no es solo un servicio público. Es infraestructura crítica para la competitividad.

Un país que aspira a consolidarse como hub logístico y turístico del Caribe no puede permitirse interrupciones totales recurrentes.

Durante décadas, los apagones formaron parte del paisaje dominicano. Inversores, plantas eléctricas y velas eran rutina doméstica. En los últimos años, la narrativa oficial hablaba de superación progresiva de esa etapa.

Pero dos blackouts nacionales en menos de cuatro meses reactivan la memoria colectiva.

Semáforos apagados. Tránsito caótico. Hospitales en emergencia. Escuelas interrumpidas. Transporte masivo detenido.

Más allá del daño material, el apagón genera incertidumbre. El ciudadano paga su factura eléctrica. El Estado subsidia miles de millones. Y aun así, el país completo puede quedar sin luz en cuestión de minutos.

La pregunta social no es técnica: es de confianza.

La electricidad en República Dominicana ha sido históricamente un tema político.

Cada gobierno promete resolver el problema eléctrico “de manera definitiva”. Cada administración hereda pérdidas, subsidios elevados y tensiones estructurales.

Este segundo blackout abre un flanco inevitable:

  • La oposición cuestionará la gestión y la planificación.

  • El oficialismo hablará de eventos aislados o contingencias técnicas.

  • El debate público se intensificará en torno a inversiones, mantenimiento y supervisión.

En año preelectoral o no, la estabilidad energética tiene consecuencias políticas directas. Cuando la luz se va, la narrativa gubernamental se debilita.

El crecimiento de energías renovables es positivo, pero exige mayor sofisticación en la operación del sistema: control de frecuencia, respaldo rápido, almacenamiento y automatización avanzada.

Si una falla puntual puede tumbar el sistema completo, el problema no es la generación: es la robustez de la red.

Y ahí está el verdadero debate.

El apagón del 23 de febrero no es solo un incidente operativo. Es una advertencia.

República Dominicana ha avanzado en capacidad instalada y diversificación energética. Pero la estabilidad sistémica aún muestra fragilidades.

Un país que quiere brillar en turismo, inversión y crecimiento no puede permitirse apagarse dos veces en cuatro meses.

Porque cuando la electricidad falla, no solo se apagan las luces. Se pone en pausa la economía, se tensiona la política y se erosiona la confianza.

Y la confianza, como la energía, es difícil de recuperar cuando se interrumpe.

-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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