InicioCEREPOESIAARTE Y CULTURADesde el borde del Hudson, de Dagoberto López-Coño

Desde el borde del Hudson, de Dagoberto López-Coño

-

Por: Fausto Aybar (Lector)

Los libros son armas poderosas de transformación. Nos llegan de diferentes formas, pero este ha llegado a mí de una manera extraña: entre hojas sueltas. Lo guardé en mi mochila y, una mañana, al hurgar entre ella, saqué una hoja que tenía algo escrito; era el poema
“No me rindo ante el Hudson”
Allá en el entresijo
de tantos rascacielos
hay un bidón de sueños
engaños y regresos…
Seguí hurgando y los poemas emergían de las profundidades líquidas de la memoria. Estos versos del escritor, poeta, gestor cultural Dagoberto López-Coño traen consigo la herencia de poetas como Federico García Lorca y Julia de Burgos, entre otros. Pero también contienen la resistencia de todos los inmigrantes que han dejado sus vidas en busca de un sueño que no fue tal, sino dolor.
Hay un mantra en el Hudson que despierta en sus aguas.
Epígrafe:
Una huella cabalga
en la sed del nativo.
Ese mantra que brota desde el fondo del Judson
que en su eco repite del Navajo su angustia
Ese mantra es la huella
que el Piel Roja no calla
y que a fuerza de iras va tatuando en tus aguas
Tú que sudas en la noche cuando el odio descansa
y en el día más claro se te nublan las algas
Tú que exprimes la sangre que despierta en la llaga
y penetra y penetra más allá de las almas
Hoy la duda es la efigie del bisonte
en su marca
y una huella infinita más allá de tus aguas…
1 de julio del 2016
Aquí, el poeta nos lleva al origen de una tierra hurtada, de un río ultrajado. Aquellos que llegaron se adueñaron de un suelo que no les pertenecía y despojaron al río de su nombre originario, Muhheakunnuk (el río que fluye en ambos sentidos). “Ese mantra que brota desde el fondo del Hudson” evoca que el río mantiene vivo su canto milenario y que su misterio musical aún convoca a los fantasmas del pasado, mientras la ciudad muere lentamente en noches de orgía.
La lectura de Desde el borde del Hudson revela algo de gran importancia: cómo el poeta, siendo un inmigrante, mantiene vivas sus raíces y su identidad caribeña, su dominicanidad. Es un muro de resistencia líquida contra el olvido; el río se convierte en un ente vivo para reforzar su voz.
Sigo leyendo sin elegir; los poemas salen solos del caos de una mochila llena de papeles. Algunos versan sobre la lluvia: “La lluvia sobre el Hudson”, “Hacia el Hudson” o la nostalgia de “La lluvia volvió pronto y se adentró en mi pecho”. No hay poeta que se resista a la lluvia: ella es soledad, pero no ausencia; es un encuentro con uno mismo, el fluido del que se nutre el bardo.
De pronto, salen algunos poemas sobre Nueva York. Se arma una batalla en mis manos por ver cuál será leído primero. Elijo New York 2: “Aquí está New York entre paredes / tan cerca de la sed y tan lejos del agua”. En ese momento, me asaltan los versos del «poeta invisible» (Liz):
“¡Oh, New York! Vértigo de sangre, corredizo de zombis, orgía de metal; en tu vientre de cristal, una sirena gime”.
La ciudad es un lagarto sediento, un lugar de seres sonámbulos donde todos están y nadie se encuentra. Me pregunto cómo llegó tanta poesía a esta mochila, quién la dejó en este nido de sueños díscolos.
Dispuesto a finalizar, un poema queda atrapado en la cremallera. Abro el cierre lentamente, como un cirujano, para no dejar cicatriz en los versos. El papel me exige lectura: “El Hudson se bifurca y no lo sabe”. Y vuelven a mí los versos del tal (Liz): “Quiero trasladar, a ti y a tu alma, beber cada silencio de las mariposas que mueren en las fauces del Hudson”.
Los poetas son seres extraños: absorben el dolor del mundo para eternizar el verbo. López-Coño nos pasea por el dolor de la humanidad desde la estética líquida de un río que, aun a contracorriente, no detendrá su andar por la historia, pues es una saeta en vuelo milenario, es el poeta resistiendo, interpelando, es la voz de todas las voces anclada en el poeta.
Este libro puede entrar en el lector de cualquier manera, tal como llegó a mí. Ahora recuerdo cómo fue: en un jolgorio de versos, de las manos de la escritora y gestora cultural Rosina Anglada, una mujer que duerme abrazada a los libros… como con este “¡coñazazo!» de poemario.

 

Related articles

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Stay Connected

0SeguidoresSeguir
3,912SeguidoresSeguir
22,800SuscriptoresSuscribirte

Latest posts