EDITORIAL
Carlos Marquez /
En las últimas horas, una declaración del magnate tecnológico Elon Musk ha encendido alarmas geopolíticas. Nos referimos a su inconcebible propuesta de disolución de la Unión Europea.
Esta no es una opinión más en el ruidoso panorama digital, sino de un síntoma revelador de una corriente ideológica profunda que busca reconfigurar el mundo según los designios del poder tecnocrático y la soberanía individual radical.
Frente a esta propuesta, que podría sonar a mera provocación, Teclalibre Multimedios considera que debemos formular interrogantes.
¿Qué visión de futuro encarna ese planteamiento? ¿Y a qué intereses sirve desmantelar uno de los proyectos de paz e integración más ambiciosos de la historia moderna?
La Unión Europea, con todas sus imperfecciones y burocracias, no es un accidente histórico.
Es la respuesta institucional a siglos de guerras fratricidas, un pacto surgido de las cenizas de dos conflagraciones mundiales y construido sobre el sacrificio de millones.
La medula de esa loable integración es la convicción de que la soberanía compartida, el diálogo constante y las reglas comunes son los antídotos más poderosos contra la barbarie que impuso en el pasado la fuerza aislada de los Estados-nación.
Disolver la Unión Europea no sería un «reinicio innovador», sino un salto al vacío histórico, una regresión a la lógica de bloques enfrentados y rivalidades exacerbadas, en un momento en que la humanidad enfrenta desafíos —como el cambio climático o la regulación de la inteligencia artificial— que exigen, precisamente, más cooperación, no menos.
Tenemos la convicción de que detrás de la propuesta de Musk late el ideal de una soberanía individual y corporativa sin límites; un mundo donde los lazos colectivos se disuelven y el poder se concentra en quienes controlan el capital, la tecnología, y los datos.
Late la vieja filosofía del «sálvese quien pueda» procurando controlar la gobernanza global.
Para una figura como Musk, cuyas empresas operan en órbitas por encima de las regulaciones nacionales, las estructuras supranacionales como la UE representan un obstáculo.
Musk representa entidades empresariales con indetenible vocación para colocarse por encima de lo que debe ser una lógica y humanizada competencia digital, en la que reine la protección de los usuarios, los derechos laborales y fiscales.
De ahí que, un continente fragmentado en 27 mercados desregulados, evidentemente, resultaría más manejable para un gigante tecnológico que un bloque unido con estándares comunes.
En ese marco erigiríamos descontroladamente una tecnocracia capitalista que se convertiría en alternativa a la verdadera democracia.
El argumento, seductor para algunos, es que la eficiencia algorítmica y la innovación disruptiva de los «visionarios» son superiores a la lentitud deliberativa de los parlamentos.
Una innovadora forma de despotismo algorítmico del siglo XXI.
Es delegar en quienes poseen el capital y el código, el destino de las sociedades en sustitución de los actuales representantes.
La propuesta de disolución de la integración europea alarma, porque constituye un golpe de mercado a la política, una declaración de que el valor de la eficiencia supera el valor de la solidaridad, y que el progreso tecnológico justifica el desmantelamiento de los logros sociales.
Los intereses detrás de este impulso disolvente son tangibles. Una UE debilitada o desaparecida beneficia a los actores que prosperan en la desregulación y la fragmentación: capitales especulativos, gigantes tecnológicos que eluden fiscalías robustas, y potencias autoritarias que prefieren negociar con Estados aislados y vulnerables antes que con un bloque cohesionado.
Nos avocaríamos a la lógica del «divide y vencerás» aplicada a la arquitectura geopolítica.
En ese contexto los ciudadanos europeos perderían, de un plumazo, la protección de un mercado único, de tribunales que defienden sus derechos, de proyectos de cohesión que reducen desigualdades y de una voz común en el escenario mundial.
La propuesta de Musk, por tanto, no debe leerse como una ocurrencia excéntrica. Debe interpretarse como la punta de lanza de un proyecto de mundo, un archipiélago de individuos y corporaciones hiperpoderosas, donde la responsabilidad colectiva se esfuma y el más fuerte dicta las reglas.
Frente a esta visión fragmentaria y deshumanizadora, corresponde reivindicar con fuerza la política como el arte de lo común, de lo compartido, de lo construido entre todos.
Para Teclalibre Multimedios, la voz de la verdad, la tarea del siglo XXI no es disolver los proyectos de integración, sino reinventarlos, democratizarlos y hacerlos más ágiles y justos.
Creemos que la verdadera innovación necesaria e ingeniosa no solo debe ser tecnológica, por igual, debe ser sociopolítica, en la que la tecnología sirva al servicio del bien común, a defensa de la paz y la dignidad colectiva frente a los nuevos absolutismos.
Desoír esta alarma sería un lujo histórico que no podemos permitirnos.
La Unión Europea, con todas sus crisis, sigue siendo un experimento precioso de convivencia supranacional.
La defensa de su vigencia no es nostalgia, es un acto de responsabilidad con el futuro, por lo que, la propuesta de Elon Musk la interpretamos, como peligrosamente alarmante.

