EDITORIAL
Carlos Marquez /
La estabilidad democrática en Honduras pende de un hilo.
La prolongación del conteo de los votos tras los comicios de este domingo activa la peligrosa sombra de la incertidumbre y el fantasma de la injerencia extranjera, exacerbada por la retórica política de figuras como el presidente estadounidense, Donald Trump.
El voto es el acto sagrado de la soberanía popular.
Cuando los procesos electorales en una nación como Honduras, se vuelven ambiguos, largos y disputados, la crisis brota y puede ser aprovechada por los enemigos, tanto internos, como externos.
La falta de resultados, los que sean, siempre que reflejen lo que ocurrido durante el proceso de votación alimenta la polarización interna, desmoviliza al ciudadano y abona el terreno para que los desestabilizadores tradicionales pesquen en rio revuelto.
La sociedad democrática continental está muy atenta a los resultados del certamen eleccionario hondureño.
Sus autoridades electorales, ante lo ajustado del conteo deben terminar dicho proceso, lo antes posible al calor de la honestidad de sus jueces, quienes no deben, de ningún modo, negociar la dignidad soberana de cada voto emitido y pulcramente adjudicado a cada aspirante presidencial.
El pueblo hondureño, tras su nuevo ejemplo de civismo democrático, no merece entrar en la inestabilidad post electoral.
Las miembros del tribunal eleccionario deben terminar de jugar su papel con la independencia y transparencia que demanda la presente coyuntura histórica; aun cuando se conoce la insólita intromisión de poderosísimos gobernantes que no han ocultado su preferencia en la referida contienda democrática.
Teclalibre Multimedios entiende que, pese a esos pronunciamientos, en Honduras, la realidad de los votos emitidos, tal cual, deben ser contados y, al contarse y recontarse hay que proclamar al autentico ganador, para que la soberanía democrática siga siendo el faro que guie a esa patria de José Dionisio Herrera.
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@Carlos5Marquez

