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EL ÁRTICO SE DERRITE PERO LA DIGNIDAD NO

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-Groenlandia no está en venta (y el Ártico tampoco se subasta)-

Crónica con frío polar y calor político

Copenhague amaneció aquel enero con bufandas, pancartas y una consigna tan simple como contundente: “No queremos ser estadounidenses”. La frase, coreada en danés, groenlandés e inglés, cruzó plazas, puentes y embajadas. Desde Nuuk, donde el viento corta la cara y la paciencia también, hasta la capital danesa, miles salieron a recordar algo básico: los territorios no son mercancía.

El detonante ya es conocido. Bastaron unas declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, con ese tono inmobiliario que confunde geopolítica con subasta, para que el hielo del Ártico crujiera. Groenlandia —esa isla gigantesca, estratégica, rica en minerales y simbólica hasta la médula— volvió a ser nombrada como “necesaria”, “clave”, “adquirible”. Y ahí fue cuando la calle habló.

Las marchas no fueron un exabrupto. Fueron una respuesta coral. En Copenhague, banderas danesas y groenlandesas caminaron juntas hasta la embajada de Estados Unidos. En Nuuk, la protesta tuvo algo de hito: una porción notable de la ciudad salió a decir “Hands off Greenland”. Gorras parodiando el rojo trumpista, carteles de “Not for sale” y una ironía nórdica que no pierde la sonrisa aunque apriete el termómetro.

No fue solo rechazo; fue solidaridad. Daneses y groenlandeses —con historias distintas y un vínculo complejo— cerraron filas frente a una presión externa percibida como grosera. El mensaje no admitía doble lectura: la autodeterminación no se negocia.

Pasó la semana, bajaron las pancartas, pero el tema no se enfrió. Al contrario. El gobierno groenlandés reafirmó su posición con lenguaje diplomático y filo político: Groenlandia no está en venta. Punto. Se blindó, además, la política interna frente a financiación extranjera, una señal clara de que la interferencia —real o temida— no tendrá alfombra roja.

Las encuestas acompañaron a la calle. Tres de cada cuatro groenlandeses rechazan la idea de pasar a manos estadounidenses. Prefieren su autonomía actual, el paraguas danés y el diálogo europeo antes que un salto al vacío con acento de “deal”.

En Bruselas, la Unión Europea tomó nota. En Washington, algunos congresistas bajaron el volumen y enviaron emisarios a Dinamarca para recomponer el gesto. En el Ártico, la OTAN revisó planes defensivos. Nadie habla de guerra, pero todos hablan de líneas rojas. La soberanía, al parecer, sigue siendo una de ellas.

Y mientras tanto, las protestas continuaron —más pequeñas, más silenciosas— como quien deja la luz encendida para que se note que hay alguien en casa.

Hoy el episodio ya no es anécdota: es síntoma. Síntoma de una geopolítica que vuelve a tensarse, de una potencia que prueba el terreno y de una isla que, lejos de ser pasiva, se afirma. Groenlandia salió del mapa decorativo y entró en el mapa político. Y lo hizo diciendo “no”.

El Ártico se derrite, pero la dignidad no. Groenlandia no pidió ser trending topic, pero cuando la trataron como vitrina, respondió como país. A veces, la soberanía no se proclama en discursos: se grita en la calle, con frío, y sin precio.

Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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