Brasilia, la capital de los sueños rotos y los planes de escape con soldador.
La paz doméstica de Jair Messias Bolsonaro, ese «pueblerino» que soñó con ser el César tropical, ha sido brutalmente interrumpida. El expresidente, ya condenado a 27 años por su fallida gesta golpista, gozaba (o padecía) de la comodidad de su hogar bajo arresto domiciliario. Pero, claro, ¿qué es la prisión domiciliaria sin un toque de drama y una pizca de chapuza tecnológica?
El sábado, la Policía Federal irrumpió en la residencia para llevarse a Bolsonaro, no por golpista (eso ya está juzgado), sino por intentar lo que parece ser el primer crimen de la historia motivado por la curiosidad de ingeniería.
Según la sacrosanta Corte Suprema, el ultraderechista (¿o deberíamos llamarlo ahora el ultraligero?) intentó zafarse de su peor enemigo: la tobillera electrónica. Sí, ese grillete moderno que, para su desgracia, no se rinde ante la retórica negacionista.
El juez Alexandre de Moraes, némesis predilecto de la ultraderecha, confirmó el rumor que ya circula como chiste nacional: Bolsonaro trató de romper, o al menos tostar, el dispositivo de rastreo.
Imaginen la escena: Un expresidente, solo en su sala de estar, sin la fanfarria militar, con una manifestación ruidosa de sus acólitos justo en la puerta, y un soldador en la mano. Cuando le preguntaron por qué diablos estaba haciendo eso, su respuesta fue oro puro de la evasión: «Curiosidad».
«Sí, Su Señoría, solo estaba investigando si la tobillera era resistente al calor de una herramienta de ferretería. Pura investigación científica en aras de la transparencia del Estado, ¿sabe?»
El informe pericial, sin embargo, vio algo menos inocente que la curiosidad. Vio marcas de quemaduras y una clara intención de irse a la francesa (o, en este caso, a la paraguaya).
Aprovechar la turba en la puerta, organizada por su propio hijo (¡siempre el drama familiar!), para esfumarse. Un plan digno de una película B de los 80, pero con más milicos retirados y menos inteligencia.
Este intento de fuga, frustrado por una tobillera inesperadamente robusta, no solo lo ha enviado a una sala especial de la Policía Federal (con aire acondicionado, eso sí, que el golpismo no tiene por qué ser incómodo), sino que también ha confirmado la tesis del Supremo: Bolsonaro es un riesgo real para el orden público.
La defensa, por su parte, clama que es una «persecución política» y que el riesgo de fuga es «ilógico». Por supuesto que es ilógico. Como también lo es intentar perpetuarse en el poder llamando a las Fuerzas Armadas. La lógica hace tiempo que ha abandonado las cercanías de este expediente.
La moraleja de esta crónica es simple: Si vas a intentar escapar de la justicia, invierte en un buen tutorial de hacking o, al menos, consigue un soplete que funcione mejor. La prisión preventiva es la nueva celda conmutada, y parece que el capitán no se rinde, sino que ahora juega al gato y al ratón… con un soldador.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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