-La Balacera de la Sospecha: Dos Sobrevivientes y la Orden que Nadie Dio-
Fecha: Otoño 2025
Lugar: Aguas Internacionales, Mar Caribe, cerca de la costa de Venezuela.
La «Guerra contra las Drogas» es un título grandilocuente para una narrativa gris, pero en una mañana de intensa vigilancia en el Caribe, la operación se tiñó de sangre de una manera que heló a Washington. Lo que comenzó como un golpe exitoso contra el narcotráfico se transformó en un escándalo que olía a ejecución extrajudicial.
ACTO I: El Triunfo Rápido y el Impacto Inicial
El telón se levantó con el anuncio de la Casa Blanca sobre una interdicción clave: una narcolancha, cargada hasta los topes, había sido detectada y neutralizada por fuerzas especiales de EE. UU. en el marco de la escalada de la Operación «Escudo del Caribe», lanzada por la Administración Trump. El mensaje inicial era de victoria: “Otro golpe a los cárteles narcoterroristas que amenazan nuestra seguridad”.
La lancha fue atacada, y el casco se desintegró. Los ocupantes cayeron al agua. El objetivo, presumiblemente, era la captura y la incautación. Pero la narrativa se torció.
ACTO II: El Silencio Roto y el Segundo Ataque
Aquí es donde la crónica se sumerge en la suspicacia. Los informes de inteligencia y las filtraciones a la prensa no tardaron en llegar, revelando una anomalía escalofriante: dos hombres, sobrevivientes del primer ataque, flotaban a la deriva, aferrados a restos de la embarcación. Estaban desarmados, vulnerables y bajo la custodia de facto de las fuerzas estadounidenses.
Y entonces, sucedió lo impensable.
Según múltiples fuentes, las unidades en el terreno recibieron una orden inusual. No fue de rescate, ni de captura. Fue de aniquilación. Un segundo ataque letal se ejecutó para «rematar» a los sobrevivientes.
La preocupación se disparó de inmediato en el establishment militar y político: ¿Quién, en la cadena de mando, autorizó disparar a sobrevivientes desarmados? ¿Se acababa de cruzar la línea que separa la operación militar de la ejecución sumaria?
ACTO III: El Baile de la Responsabilidad y la Defensa Política
La bola de fuego político aterrizó de lleno en el escritorio del entonces Secretario de Guerra, Pete Hegseth. Su nombre fue señalado en los círculos de la prensa como el presunto emisor de la orden bajo el lema de “no dejar testigos” o “matar a todos” en la guerra total contra el narcoterror.
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La Negación: Hegseth se apresuró a negar la acusación, calificándola de «calumnia irresponsable». La Casa Blanca se movió al unísono, blindando al Secretario.
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El Chivo Expiatorio Táctico: Para contener el escándalo, la administración desplegó la cortina de humo militar. La responsabilidad, según la versión oficial, recayó sobre el «almirante supervisor» (mencionado en algunos momentos como Almirante Bradley, aunque con escasa confirmación). La narrativa fue clara: un error táctico en el terreno, una decisión tomada en el calor del momento por un comandante operativo, no una orden política desde Washington.
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El Respaldo: De manera notable, Hegseth no solo negó la orden, sino que públicamente respaldó al almirante anónimo, calificándolo de «héroe» y «patriota». Un gesto que, para los observadores suspicaces, sonó más a una muestra de lealtad para garantizar el silencio, que a una defensa de la legalidad.
ACTO IV: La Indignación y el Silencio
La indignación en el Congreso, especialmente entre los demócratas, fue palpable. Se habló de «posible crimen de guerra» y se exigieron investigaciones exhaustivas. La preocupación central era el precedente: si se podía ejecutar a sobrevivientes en el Caribe bajo la etiqueta de «narcoterrorista», ¿dónde se detendría el uso de la fuerza sin rendición?
Sin embargo, como suele suceder con las controversias militares bajo una administración de línea dura, la investigación formal se empantanó. Los documentos se retuvieron, las comparecencias se postergaron y el debate se diluyó en la lucha partidista.
Al final de la «novela», la verdad se hundió con la narcolancha. El almirante supervisor nunca fue identificado con claridad ni enfrentó consecuencias públicas severas. El Secretario de Guerra quedó libre de culpa. Y en el fondo del Mar Caribe, el eco de los disparos a dos hombres desarmados se convirtió en un frío recordatorio de que, en la Guerra Total, las reglas de enfrentamiento pueden ser suspendidas por una simple orden susurrada… y luego negada.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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