Por Ramon Espinola
EDUCANDO
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA NACIONAL
EL CEMENTERIO DE LA INDEPENDENCIA EN SANTO DOMINGO DONDE LOS MUERTOS VIVEN SEGREGADOS (1824–?)
(Ensayo histórico-literario con ironías para la posteridad con el debido respeto para los que se mudaron de barrio)
Hay lugares donde la historia respira, otros donde la historia se calla, y no pocos donde la historia, simplemente, descansa con una elegancia resignada.
El Cementerio de Santo Domingo —conocido según el ánimo del caminante como Cementerio Católico, Cementerio de la Avenida Independencia o, más familiarmente, “la morada definitiva donde ya nadie discute política”— pertenece a esta última categoría.
Fue inaugurado el 29 de agosto de 1824, en plena ocupación haitiana de Jean-Pierre Boyer, como quien dice: bajo un gobierno que administraba tanto la vida como la muerte de los dominicanos con idéntica seriedad burocrática. Y bella risa negra de afilados colmillos blancos para los que la parca en carrosa los obligaba a mudarse de barrio.
Dos siglos han pasado desde entonces, lo que en tiempo caribeño equivale a infinitas generaciones políticas, incontables torres derribadas por ciclones y un mismo cementerio que, a pesar de todo, sigue allí, imperturbable, recordándonos que la eternidad es el único proyecto público que funciona sin atrasos.
La baronesa inaugural
El primer cuerpo que recibió este camposanto fue el de Juana Flores, dama a quien la tradición ha bautizado como la baronesa del cementerio, título que se ganó sin solicitarlo, únicamente por tener la elegancia de llegar primero. Si hubiese sido hombre, sin duda le habrían llamado el varón del cementerio, y siglos después algún político habría querido ponerle su nombre a una calle. A veces la historia es así: democrática en la muerte, pero inclinada ante el género en los títulos.
Los judíos sefarditas y el orden de los muertos.
Como cementerio católico, el lugar dispuso desde el principio una sección occidental para los judíos, mayormente sefarditas, comunidad importante en la capital y cuyas raíces se extendían desde Ámsterdam hasta la mismísima sombra de la Catedral Primada. El padre de Juan Pablo Duarte, José Duarte Rodríguez, es la prueba viviente —o más bien, histórica— de esa presencia.
Pero qué curiosidad más hermosa, hoy, dos siglos después, dominicanos antiimperialistas apoyan a persas iraníes que quieren acabar con los judíos. Sí, a judíos que desde antes del nacimiento de la dominicanidad han convivido entre nosotros. Carajo, pero, cuanta ingratitud tienen algunos que envuelven en sus mentes como regalo social el celofán de sus ideas “revolucionarias y antiimperialistas” sus malditos resabios en nombre de los que se sentaron a la izquierda en el parlamento de la revolución francesa y que hoy se consideran dueño de la defensa de los que sufren injusticias que ellos no sufren. Buenos vividores.
El primer sepultado en ese cuadrante hebreo fue Jacobo Pardo Matif, nacido en Ámsterdam y fallecido en 1826 a la edad de 64 años.
El hecho resulta curioso porque, irónicamente, mientras sobre la tierra los dominicanos del siglo XIX se debatían entre masonerías, restauraciones y guerras civiles, bajo la tierra la convivencia era más pacífica que en una sala de lectura.
La masonería y su esquina privilegiada.
La masonería, en su versión criolla de solemnidad caribeña, también exigió su parcela.
Por pedimento de la Sociedad Masónica La Estrella de Oriente, se reservó en 1852 un espacio al norte, hacia el camino de San Gerónimo. Le colocaron puerta y alambrado, no por miedo a los muertos, sino a los vivos que siempre han tenido la tentación de andar mirando donde no deben y cogiendo lo que no es de ellos.
Las logias dominicanas, como se sabe, han sido tan amantes del secreto que hasta sus difuntos deben reposar “con privacidad”.
Ilustres vecinos de la eternidad.
El cementerio, en sus años de esplendor —si es que ese término puede aplicarse a un lugar donde la vida ya terminó— se convirtió en la última morada de figuras capitales:
- Emilio Prud’Homme y José Reyes, arquitectos sonoros del Himno Nacional.
- Eugenio María de Hostos, maestro de maestros, quien educó a la República con la paciencia de un profeta moderno.
- Luisa Ozema Pellerano, discípula hostosiana, defensora de la educación y pionera en los derechos de la mujer.
- Osvaldo García de la Concha, científico dominicano obsesionado con la luz, la electricidad y el magnetismo, desde su retiro intelectual en San Miguel.
Basta esta lista para comprender que el cementerio, más que camposanto, es una suerte de biblioteca subterránea donde los libros ya no hablan, pero siguen enseñando.
Un cementerio diverso: judíos, protestantes y, por supuesto, criollos
Este es el único cementerio dominicano con una sección para judíos protestantes, detalle que suele pasar desapercibido, aunque revela mucho del pluralismo —forzado o espontáneo— que ha caracterizado a Santo Domingo desde el siglo XIX. La muerte, al parecer, fue más tolerante que ciertas instituciones vivas.
Del patio de las casas a la higiene del Estado
Hasta bien entrado el siglo XIX era costumbre sepultar a los difuntos en los patios familiares o en los templos, práctica que combinaba tradición, afecto y una completa inconsciencia sanitaria.
En 1853, tras un brote epidémico, el gobierno prohibió la costumbre y ordenó que los muertos fueran enterrados en lugares apropiados. Como explico en mi libro sobre la historia de la medicina dominicana, la decisión fue menos romántica que práctica: había que evitar que las casas se convirtieran en museos de antepasados altamente contagiosos.
De 1824 a la Guerra Patria de 1965
Desde su inauguración en tiempos de Boyer hasta su cierre en 1943 bajo la administración del Ayuntamiento, el cementerio vivió una larga historia de silencios y lápidas. Sin embargo, la Guerra Patria de 1965 obligó a reabrirlo para dar sepultura a combatientes caídos. Allí también reposa el Soldado Desconocido de ese conflicto, símbolo de todos los jóvenes que murieron defendiendo la constitucionalidad.
Tragedias, huracanes y ocupaciones
En su interior se encuentran también:
- Fosas múltiples de las víctimas del huracán San Zenón (1930), tragedia que marcó el inicio de la dictadura de Trujillo.
- Tumbas de soldados estadounidenses caídos durante la Primera Ocupación (1916-1924)
- Un cenotafio dedicado a las víctimas del naufragio del Cabo Hatteras, monumento vacío pero lleno de memoria.
Un monumento histórico de cuatro cuadrantes.
El Cementerio de la Avenida Independencia fue declarado Monumento Histórico Nacional mediante el decreto 557-87, dividiéndose oficialmente en cuatro cuadrantes:
1. Héroes de la Independencia Nacional
2. Héroes de la Restauración
3. Caídos en la Guerra Patria de 1965
4. Maestros, políticos, intelectuales, artistas y ciudadanos del pueblo llano
Cuatro territorios que, en esencia, resumen la historia dominicana: la guerra, la esperanza, la educación y la gente que simplemente vivió y dejó un nombre —o a veces ni eso.
Epílogo
Donde la muerte conversa y la historia bosteza
Dicen que al caer la tarde, cuando la Avenida Independencia se llena de ese ruido urbano de vehículos viejos que parece un coro desafinado, el cementerio respira con un suspiro casi humano. No es un viento cualquiera: es la exhalación antigua de quienes allí reposan, como si los muertos se acomodaran un poco en sus habitaciones de piedra.
Los caminantes que pasan sin mirar creen que es sólo brisa; los más sensibles aseguran que se escucha el roce de las historias que, cansadas de tanto silencio, buscan un minuto de conversación.
Porque en este cementerio —viejo, ilustrado, testigo de repúblicas y ciclones— las tumbas no están mudas: sólo practican la discreción, virtud que los vivos jamás perfeccionamos.
A veces, cuentan los guardianes, se oye el eco de un himno tarareado suavemente. No saben si es Prud’Homme ensayando estrofas, si es Reyes afinando notas, o si es el mismo Hostos, que jamás se resigna a dejar de enseñar, repasando la letra del deber frente a los cipreses.
Tampoco descartan que sea un estudiante despistado del Instituto José Dubeau, cruzando por allí con su mochila rota; pero la duda, al menos, hace bonito el misterio.
También murmuran que el área masónica conserva una especie de luz pálida que no proviene del sol ni de linterna alguna. Quizás sea un efecto óptico; quizás sea que a los masones, incluso muertos, les encanta un pequeño espectáculo.
Y desde la sección sefardita, en noches de luna, se escucha el leve canto de un idioma antiguo que ya casi nadie pronuncia, como si las raíces judías quisieran recordar que la ciudad fue alguna vez un puerto de exilios y esperanzas.
Entre tumbas anónimas y nombres ilustres, la hierba crece con la misma indiferencia filosófica con que el tiempo borra imperios.
Todo lo iguala: próceres, poetas, soldados invasores, víctimas de huracanes, maestras de barrio y héroes sin nombre. Allí todos comparten el mismo vecindario, como si dijeran: “En este lado del mundo —el subterráneo— nadie compite por la gloria.”
Quizás por eso el cementerio de Santo Domingo no aterra ni entristece: más bien enseña.
Enseña que la historia, tan ruidosa en los libros, guarda un tono distinto cuando se posa sobre mármol.
Enseña que la muerte no termina nada: simplemente archiva. Y enseña, sobre todo, que la República —con sus batallas, sus sueños rotos, sus ciclones testarudos y sus luminarias obstinadas— cabe entera dentro de cuatro cuadrantes y un puñado de lápidas.
Quien camina por allí no sale igual. Algo se queda pegado, como un recuerdo sin dueño: una pregunta, una risa antigua, o ese viento curioso que no es brisa sino memoria.
Porque este cementerio, más que un lugar para morir, es un lugar donde —paradójicamente— la historia sigue viva, bostezando despacio bajo la sombra de los almendros.

