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EL «DEJA VU» QUE HACE TEMBLAR A CUBA

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De las medallas al fango: El «Déjà Vu» que hace temblar a Cuba

En Cuba, el tiempo a veces parece un círculo vicioso. Quienes peinan canas en la isla sintieron un escalofrío por la espalda esta semana al escuchar la condena contra Alejandro Gil. No es solo que el exministro de Economía haya caído en desgracia; es que la coreografía del castigo tiene un aroma familiar, un perfume a 1989 que huele a pólvora y a finales definitivos.

Para entender el peso de la cadena perpetua a Gil, hay que mirar hacia atrás, cuando el general Arnaldo Ochoa —héroe de Etiopía y Angola, el hombre que tenía más medallas que pecho— terminó frente a un pelotón de fusilamiento.

Rasgo Caso Ochoa (1989) Caso Gil (2024)
Perfil Héroe militar carismático. Tecnócrata, «mano derecha» económica.
Cargos Narcotráfico y «traición». Espionaje, corrupción y «traición».
Contexto Fin de la era soviética (crisis total). Colapso del modelo actual (crisis total).
Final Fusilamiento (Pena de muerte). Cadena Perpetua (Muerte civil).

La narrativa es casi idéntica: cuando la nevera está vacía y la luz no enciende, el sistema necesita un rostro a quien culpar de todas las desdichas. En el 89, Ochoa fue el sacrificio para limpiar la cara de la Revolución ante el escándalo de la droga; hoy, Gil es el «villano» que, según el guión oficial, saboteó la economía mientras el pueblo pasaba hambre.

Lo irónico es que Gil pasó de ser el rostro de las reformas en la televisión nacional —con su guayabera impecable y su discurso de «resistencia creativa»— a ser borrado de la historia oficial con la misma velocidad con la que se va la corriente en un barrio de Centro Habana.

La calle lo sabe: en Cuba, nada es casualidad. La condena a Gil es un «pare y vea» para el resto de la cúpula.

Si Gil cayó, que era el amigo de confianza del presidente, cualquiera puede caer.

Es una jugada maestra de distracción: mientras se discute si Gil era espía de la CIA o un simple corrupto, se deja de hablar por un momento de la inflación de tres dígitos.

En la bodega y en la cola del pan, la gente comenta con esa ironía fina que solo el cubano domina: «A Gil le dieron perpetua para que tenga tiempo de planificar la economía… pero de la cárcel». La diferencia es que, a diferencia de Ochoa, Gil conserva la vida, pero pierde el nombre.

Díaz-Canel ha dado un golpe de mesa al estilo de la «vieja guardia», demostrando que, cuando las papas queman, la lealtad de ayer es el expediente de traición de hoy.

–Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre–

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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