Más de 60 escuelas de todo el país llevan su nombre. También plazas, avenidas, bibliotecas, parques, centros comunitarios, memoriales y hasta un buque de carga de la Armada estadounidense. Su legado ha sido conmemorado por tres presidentes, y su fecha de nacimiento es celebrada a nivel nacional. O lo era hasta ahora. César Chávez, el líder sindicalista venerado como símbolo de la lucha por los derechos civiles de los latinos en Estados Unidos, ha sido acusado esta semana de abusar sexualmente de niñas y mujeres durante décadas. Las denuncias en su contra han abierto una herida profunda y dolorosa en la comunidad latina y la han obligado a enfrentar su pasado, lleno de contradicciones.
The New York Times reveló el pasado miércoles en una extensa investigación que Chávez, cofundador del mayor sindicato de trabajadores agrícolas en el país, United Farm Workers (UFW), manipuló y abusó de menores cercanas al movimiento que lideró desde los años sesenta hasta su muerte en 1993. Ana Murguia y Debra Rojas, ambas hijas de activistas cercanos al sindicalista, contaron al periódico que fueron embaucadas por Chávez desde temprana edad, entre 8 o 9 años, y que el abuso ocurrió entre 1972 y 1977. En el caso de Rojas, fue violada a sus 15 años. Dolores Huerta, la activista chicana que fundó la UFW junto a Chávez y quien fue su mayor aliada en la lucha por los derechos de los campesinos, denunció que también fue violada por Chávez en dos ocasiones distintas que resultaron en embarazos.
Las acusaciones cayeron como una bomba. Decenas de eventos fueron cancelados o modificados para el Día de César Chávez, que el expresidente Barack Obama proclamó en 2014 y que tiene lugar cada año el 31 de marzo, cumpleaños del sindicalista. En el Departamento de Trabajo, en la capital del país, el retrato de Chávez que colgaba sobre la entrada a un auditorio que lleva su nombre fue sustituido por una bandera estadounidense. En California, el Estado que lo ha honrado más profundamente, donde el sindicalista vivió la mayor parte de su vida y donde dio su lucha por los campesinos, la legislatura anunció que cambiará el nombre del 31 de marzo a “Día de los Trabajadores Agrícolas”. Y en una universidad en Fresno, en el centro del Estado, una estatua del activista fue cubierta con un telón negro casi de inmediato. Ahora se esconde detrás de una caja de madera contrachapada. Pronto será removida.
El estatus de héroe que se le otorgó a Chávez durante tanto tiempo nunca ha sido del todo correcto, asegura Miriam Pawel. La periodista californiana, autora de la biografía Las cruzadas de César Chávez (2014) y La unión de sus sueños: poder, esperanza y lucha en el movimiento de trabajadores agrícolas de César Chávez (2009), siempre ha considerado que el sindicalista fue una figura “complicada”.
Como reportera en Los Ángeles, Pawel empezó a interesarse por cubrir temas relacionados con la agricultura hace veinte años. Se encontró con que había muchísimo material de archivo, y sus investigaciones la llevaron a indagar sobre la historia del sindicato cofundado por Chávez y el movimiento por los derechos de los campesinos, lo que se convirtió en el foco de su primer libro.
“Cuando lo terminé, la gente me decía: ‘Deberías escribir una biografía de César Chávez”, recuerda. “La razón por la que nadie la había escrito antes era porque la gente que más sabía al respecto y que habría sido la más indicada para escribir sobre él —como los historiadores chicanos— entendía lo complicada que era su figura, y que esto no iba a ser una historia sencilla. No querían hacerlo. Y esa fue también mi reacción inicial: no quería ser quien empañara a la figura latina más destacada de este país”.
Decidió hacerlo porque pensó que era una historia que había que contar, sobre un hombre que “hizo mucho bien, pero también mucho mal”, Pawel asegura por teléfono.
Nacido en Yuma, Arizona, Chávez creció en una familia mexicoamericana, o chicana, que se dedicaba a recolectar frutas y verduras en California. Por el trabajo de su familia conoció de primera mano las duras condiciones bajo las cuales trabajaban los campesinos, la mayoría de ellos inmigrantes, gente pobre, a quienes les robaban lo poco que ganaban laburando bajo el sol todo el día. No tenían protecciones de ningún tipo ni normas laborales. Esa realidad llevó a Chávez al mundo del sindicalismo en la década de 1950.
Para los años sesenta, Chávez ya era un líder destacado en la lucha por los derechos civiles en EE UU. En 1962, cofundó con Dolores Huerta la Asociación Nacional de Trabajadores Agrícolas, entidad que cuatro años después pasaría a ser la Unión de Campesinos, o UFW. Durante esos años, el chicano lideró paros, marchas, protestas y todo tipo de acciones. En 1968, en medio de tensiones dentro del sindicato, Chávez realizó una huelga de hambre de 25 días para recalcar la importancia de la acción pacífica y no violenta. Perdió 13 kilos y acabó con ella junto al entonces senador y precandidato presidencial Robert F. Kennedy, quien viajó a California para reunirse con el sindicalista. Una fotografía del momento en que rompió el ayuno junto a Kennedy —que fue asesinado ese mismo año— se convirtió en una de las icónicas del movimiento.
Patrones abusivos
Pero, a puerta cerrada, Chávez siempre fue una persona violenta. “Era verbal y emocionalmente abusivo con la gente”, afirma Pawel. Muchas de las reuniones de la UFW fueron grabadas y “algunas de ellas son realmente dolorosas de escuchar”. En las grabaciones, se puede oír cómo Chávez acusaba a miembros del sindicato de ser “espías comunistas”, “traidores” o de robar dinero de la organización. Incluso se le puede oír discutir con Huerta y llamarla “perra estúpida”. “Era algo traumático para la gente”, asegura la historiadora.

También estaba en contra de la inmigración irregular. Siendo hijo de inmigrantes mexicanos que llegaron a Estados Unidos a finales del siglo XIX, mucho antes de que existieran todas las restricciones de hoy día sobre la inmigración, Chavez llamaba a los trabajadores indocumentados “wetbacks”, “espaldas mojadas”, un término despectivo usado para referirse a los extranjeros, sobre todo a los mexicanos, que entran en el país sin autorización, concretamente cruzando el Río Grande entre México y EE UU.
Chávez y otros miembros de la UFW consideraban a los trabajadores indocumentados como una herramienta que los empleadores podían usar para romper las huelgas del sindicato y reducir los salarios. A mediados de los años setenta, lanzaron lo que denominaron la “Campaña contra los ilegales”, una iniciativa destinada a concienciar sobre la inmigración ilegal y a denunciar a los migrantes indocumentados ante las autoridades federales. Crearon además una especie de patrulla fronteriza —que no debe confundirse con la Patrulla Fronteriza de EE UU, agencia federal— para localizar a los migrantes que intentaban cruzar hacia el país, e incluso amenazarlos y agredirlos.
“Era un movimiento no violento”, señala Pawel sobre la UFW, “pero luego estaban ellos en la frontera golpeando a los inmigrantes”.
—¿Considera que las nuevas acusaciones de abuso son consistentes con la información que usted ya había recabado sobre Chávez?
—No me sorprendieron.
Los libros de Pawel no incluyen menciones a los supuestos abusos que Chávez cometió contra menores mientras era presidente de la UFW porque la autora no encontró evidencia de ello en aquel entonces. Pero sí había, reconoce, “señales de alarma”. “Sus aventuras extramaritales eran muy conocidas. De hecho, escribo sobre eso en el libro: hay un momento en 1977 en que Helen, su esposa, abre el correo y recibe una carta de amor de una joven de 18 años, y ella lo deja por un tiempo”, explica. “Era legal porque ella tenía 18 años; no encontré nada que indicara que no fuera una relación consensuada. Pero, ¿qué estaba haciendo él con una joven de 18 años?”.
“Es una traición múltiple”
Para los latinos, las denuncias contra Chávez han caído como una jarra de agua fría, particularmente en un momento de especial vulnerabilidad para la comunidad, perseguida por la maquinaria de deportaciones de Donald Trump.
“Es un golpe fuerte y es una traición múltiple”, asegura Clarissa Martínez, de UnidosUS, la mayor organización de defensa de los derechos civiles de los latinos en Estados Unidos. “Con sus acciones traicionó la misión misma del movimiento campesino del cual era parte. Las mujeres campesinas experimentan una de las más altas incidencias de abuso sexual y que una persona que se supone estaba comprometida a mejorar esas condiciones se haya aprovechado de esa vulnerabilidad es una traición profunda”.
A lo largo del país, ciudades, líderes estatales y organizaciones por la defensa de la comunidad latina han condenado en masa los abusos y han expresado su apoyo a las víctimas. “A las sobrevivientes: les creemos. Honramos su valentía y lamentamos profundamente el daño que han cargado en la sombra durante tanto tiempo”, escribió la Fundación César Chávez en un comunicado tras publicarse el reporte del diario neoyorquino. “Como organización liderada por mujeres que existe para empoderar a las comunidades, las acusaciones sobre comportamiento abusivo por parte de César Chávez van en contra de todo lo que representamos”, expresó, por su parte, el sindicato UFW. “Sabemos que esto es difícil y doloroso, y la sanación y la seguridad de las sobrevivientes son de suma importancia”.

Para Martínez, en un país cuyo presidente está acusado de abuso sexual y donde importantes figuras políticas y públicas están implicadas en la telaraña del pederasta multimillonario Jeffrey Epstein, la respuesta de la comunidad latina ante el caso de Chávez ha sido ejemplar, aunque implique ensombrecer a una figura icónica.
“Es un ejemplo de cómo responder cuando salen a la luz crímenes o abusos de poder, sin importar qué tan famosa sea la persona. Se trata de lo que estamos viendo: exigir justicia, tratar a los sobrevivientes con dignidad y seriedad, suspender la celebración o reconocimientos del perpetrador y renovar nuestro compromiso a cambiar las condiciones que facilitan ese tipo de abuso”, señala la vicepresidenta de la Iniciativa por el Voto Latino de UnidosUS.
Martínez y Pawel coinciden en que las acusaciones en contra de Chávez no deben “minimizar las condiciones” que “afectan a la fuerza agrícola” en Estados Unidos, que han empeorado con la vuelta de Trump a la Casa Blanca. “Y aún más a las mujeres, que son casi la tercera parte de la fuerza trabajadora agrícola y que siguen experimentando una de las vulnerabilidades más altas al acoso y la violencia sexual”, destaca Martínez.
También es importante no obviar lo que Chávez logró, sostiene Pawel. “Además de crear el primer sindicato exitoso de trabajadores agrícolas, lo que hizo fue brindar esperanza a toda una generación y a personas que en ese momento no tenían protecciones legales, ni de salud, laborales ni de ningún otro tipo. Y creo que es muy importante no perder de vista esas lecciones en cuanto a lo que la gente obtuvo de ello: la capacidad de las personas más pobres, al unirse, de enfrentarse a la industria más poderosa”, destaca la historiadora.
Es precisamente ese legado una de las razones por las que las víctimas guardaron silencio durante tantos años: por miedo a perjudicar la causa en la que tanto creían. “Cargué con este secreto durante todo este tiempo porque construir el movimiento y asegurar los derechos de los campesinos fue el trabajo de mi vida”, afirmó Dolores Huerta esta semana al confirmar que fue violada por Chávez.
La sindicalista, que se identificó como “sobreviviente”, recordó: “El movimiento de los campesinos siempre ha sido mayor y mucho más importante que el de cualquier individuo. Las acciones de César no disminuyen los avances permanentes logrados a favor de los campesinos con la ayuda de miles de personas. Debemos continuar participando y apoyando a nuestra comunidad, que más que nunca necesita abogacía y activismo”.

