-El pez que venció la presión sin moverse: una lección desde las profundidades-
En las regiones más insondables del océano, donde la presión aplasta el acero y la luz no llega, sobrevive una criatura que redefine lo que entendemos por fuerza y adaptación. No tiene escamas, ni huesos duros, ni velocidad. Su cuerpo es una masa gelatinosa, una sombra con pulso, flotando más allá de los mil metros de profundidad. Es el pez gota (Psychrolutes marcidus), un habitante del abismo que ha perfeccionado el arte de no hacer nada… y sobrevivir.
En la superficie, su aspecto resulta grotesco, casi trágico. Pero en su entorno natural, su cuerpo tiene la densidad exacta del agua salada que lo rodea. No necesita nadar. No lucha contra la corriente. Flota, espera, y come lo que cae. Su boca desproporcionada y sus aletas casi etéreas no persiguen presas: simplemente están listas. La caza, allá abajo, no se trata de velocidad, sino de paciencia.
El macho de esta especie no compite por la belleza ni por la fuerza. No necesita. Su virtud es la inmovilidad. Su resistencia es el silencio. Su diseño, moldeado por millones de años sin necesidad de evolución visible, es la prueba de una eficiencia perfecta.
Lo llamamos «feo», «extraño», «deformado», porque no encaja en los cánones de la superficie. Pero bajo el mar, en ese mundo oscuro que apenas comprendemos, el pez gota es exactamente lo que significa sobrevivir.
Y tal vez, también, un recordatorio para nosotros: en un mundo de ruido y prisa, a veces, la quietud es la respuesta.
(Inspirado en una publicación de National Geographic)
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