POR EL TRILLO DE LA HISTORIA
Por Ramon Emilio Espinola
ESTADOS UNIDOS Y LA DOMINICANIDAD (O cómo una nación fue modernizada a latigazos y civilizada a punta de bayoneta)
Hubo un tiempo —no tan remoto como para haber sido perdonado, ni tan lejano como para haber sido comprendido— en que la República Dominicana, todavía con olor a hato, a buey y a rezos rurales, fue violentamente arrancada de su modorra colonial y arrojada, sin anestesia, al quirófano de la modernidad imperial.
A partir de la década de 1870, el país comenzó a ser inoculado con la vacuna amarga del capitalismo azucarero. Llegaron los ingenios, y con ellos los capitales extranjeros, que no trajeron patria, pero sí contabilidad. Brotaron los rieles, las máquinas, los obreros asalariados, y con ellos el primer divorcio serio entre el campesino y su tierra.
Se electrificaron las noches, se asfaltaron las conciencias y se desmantelaron lentamente los viejos lazos culturales con Europa para ser sustituidos —con fervor cuasimístico— por la nueva religión de la modernidad: los Estados Unidos de Norteamérica.
Santo Domingo dejó de ser una aldea con pretensiones de ciudad y pasó a convertirse en puerto espiritual de todos los desterrados del Caribe y de Medio Oriente: cocollos, puertorriqueños, haitianos, chinos, árabes, cubanos y norteamericanos llegaron como quien llega a una tierra sin anticuerpos culturales. Con ellos arribaron nuevas costumbres, nuevos olores, nuevos vicios, nuevas músicas y maneras de llamar progreso a lo que, en el fondo, era un elegante proceso de sustitución del alma nacional.
Para 1908, las carreteras empezaron a romper el viejo regionalismo, no por amor a la unidad, sino por la necesidad logística del control. Se conectaron pueblos, se uniformaron costumbres y se inició el proceso de convertir a la población en consumidores antes que en ciudadanos. Ya no se veían las recuas; los recueros habían desaparecido. Hecho histórico que se llevó a cabo en 1899.
Y entonces, como acto culminante de esta pedagogía a balazos, llegó la ocupación militar norteamericana de 1916, ese diplomado intensivo en obediencia, silencio y disciplina. Que también nos trajo al perinclito varón de San Cristóbal.
Se desarmó la población —porque un pueblo armado piensa—, se reescribieron los planes de estudio —porque un pueblo educado recuerda—, se censuraron publicaciones —porque un pueblo que lee se vuelve peligroso—, se disolvió el ejército —porque un país sin defensa es más dócil— y se reorganizó el Estado —porque no hay colonia eficiente sin buena contabilidad administrativa.
El resultado fue una pacificación tan profunda que hasta la conciencia quedó desarmada. Buen trabajo gringo.
En 1924, cuando los marines comenzaron a empacar sus botas y su títere, Horacio Vásquez asumió la presidencia; el país ya no era el mismo.
La revista Cosmopolita lo resumió con brutal honestidad: no nos volvimos más civilizados; nos volvimos más tolerantes… con el libertinaje importado. Ya no ofendía lo inmoral; ahora la moral era la ofensa.
Se intentaron ajustes culturales desde el nuevo Estado dominicano, pero la partitura seguía siendo la misma: el país bailaba al ritmo que Washington tocaba.
Horacio Read lo vio con claridad quirúrgica en su novela Los Civilizadores (1924), donde denunció que aquella civilización prometida había sido, en realidad, una elegante regresión hacia la barbarie moderna: un salvajismo con piano eléctrico, whisky, hamburguesas y concursos de besos como premios morales.
El nuevo dominicano bailaba fox-trot, shimmy, one-step; tomaba crema de menta; comía carne en lata; hablaba inglés mal pronunciado y tenía amantes compartidos con cortesía cosmopolita. La decencia fue sustituida por el espectáculo, y la virtud por el protocolo social.
Juan Isidro Jiménes Grullón, en muchos artículos después de la guerra patria de 1965, advirtió que la burguesía comenzó a soñar con convertirse en Puerto Rico —es decir, en una colonia feliz— y que el orgullo nacional fue reemplazado por el orgullo de pronunciar mal el inglés. Así se manifestaba la reacción antirrevolucionaria.
Ramón Marrero Aristy lo sentenció sin metáforas: murieron costumbres sanas, se disolvieron mitos, y el dinero pasó a ser la nueva medida del valor humano.
Y entonces comprendemos que todo esto no fue un accidente histórico, sino un modelo reproducible.
Porque lo que hoy vemos —el vacío patriótico, el carnaval de la mediocridad, la juventud desmemoriada, la patria convertida en centro comercial— no nació de la nada. Es el producto perfeccionado de la Segunda Ocupación de 1965, cuando el “hermano mayor del Norte” volvió a recordarnos, con su habitual ternura militar, que la soberanía es un concepto negociable. Y desde entonces, no hemos vuelto a ser ocupados:
Hemos sido administrados.
EPÍLOGO (Manual contemporáneo para una patria en subasta)
La República Dominicana de hoy no vive ocupada:
vive alquilada.
No necesita marines, porque ahora el uniforme viste de saco, corbata, discurso hueco y sonrisa de campaña.
Ya no desembarcan barcos: desembarcan contratos.
Ya no se imponen gobernadores militares: se imponen asesores financieros, organismos multilaterales, préstamos “blandos” que aplastan como yunques y embajadas que dictan más que el Congreso.
El dominicano contemporáneo ha sido educado —con esmero tecnocrático— para no recordar, no preguntar y no exigir. Se le ha enseñado a confundir desarrollo con cemento, democracia con elecciones, soberanía con selfies presidenciales, y patria con un logo institucional.
El país ya no se vende por pedazos:
se vende por licitaciones.
La juventud, privada de historia y empachada de pantallas, canta himnos que no entiende, jura banderas que no defiende y vota promesas que no cree. El civismo ha sido reducido a feriado y la independencia a fecha libre.
Los políticos, por su parte, ya no roban: gestionan.
Ya no traicionan: negocian.
Ya no entregan la nación: la insertan en la globalización.
Todo es elegante. Todo es técnico. Todo es legal.
Y todo es profundamente colonial.
Y al pueblo se le divierte todos los lunes con la bufonería de “LA SEMANAL”, qué bello espectáculo.
Porque la patria ya no es un suelo: es un proyecto.
No es un pueblo: es una base de datos.
No es una nación: es una cartera de inversiones.
Y el dominicano —ese que antes defendía su monte, su fe y su memoria— hoy defiende planes telefónicos, marcas extranjeras y préstamos de consumo. Que pendejos somos.
No hemos perdido la soberanía:
la hemos tercerizado.
No nos gobiernan imperios: nos administran gerencias.
No nos han quitado la patria:la hemos puesto en leasing.
Y mientras tanto, cada cuatro años, el país se disfraza de democracia, vota su propio reemplazo, aplaude su propia irrelevancia y firma, con una sonrisa cívica, la renovación automática de su colonia.
Porque la nueva dominicanidad no vive ocupada.
Vive gestionada.


