-Europa agacha la cabeza ante Washington: El acuerdo comercial que huele a rendición disfrazada de pacto-
Por Teclalibre Digital
29 de julio de 2025
El esperado acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos, anunciado con euforia diplomática desde Bruselas y Washington, ha sido presentado como una victoria del diálogo sobre el enfrentamiento. Pero si se rasca la superficie del documento firmado, lo que queda al descubierto no es otra cosa que una cesión masiva del bloque europeo a las exigencias de la administración Trump, en una negociación donde la balanza se inclinó peligrosamente hacia un solo lado del Atlántico.
Un arancel “suave”… del 15 %
La medida estrella del pacto —un arancel general del 15 % a las exportaciones europeas— ha sido recibida por algunos como un alivio, ya que evita el temido 30 % que Trump agitaba como garrote comercial. Pero, ¿desde cuándo una puñalada más corta se celebra como una caricia? La realidad es que más del 70 % del comercio europeo estará afectado por este impuesto, lo que supondrá una pérdida de competitividad brutal para sectores estratégicos del Viejo Continente, especialmente en Alemania, Italia, Francia y España.
Algunos productos, como aeronaves, semiconductores, y ciertos bienes farmacéuticos y agrícolas, han sido excluidos. Un respiro técnico, sí. Pero nada que disimule el desequilibrio estructural del acuerdo.
El componente más polémico del pacto es el compromiso europeo de comprar 750 mil millones de dólares en productos energéticos estadounidenses —principalmente gas natural licuado y energía nuclear— en solo tres años. Para muchos analistas, se trata de una medida simplemente absurda e irrealizable, tanto por su volumen como por su impacto ambiental y financiero.
Este compromiso condena a Europa a una dependencia aún mayor del mercado energético estadounidense, en momentos en que la transición verde europea busca fuentes limpias y autónomas. Pero, como en los tiempos coloniales, al parecer los europeos están de nuevo obligados a comprar lo que dicta la metrópoli.
El acuerdo también incluye un paquete de compras de armamento por más de 600.000 millones de dólares, algo que muchos interpretan como el precio silencioso que paga Bruselas para calmar a Washington en el terreno de la OTAN y las “responsabilidades compartidas”. Es decir: la paz comercial se compra con misiles, y los fabricantes estadounidenses están de fiesta.
Alemania y Francia no han ocultado su malestar. El canciller alemán, Friedrich Merz, calificó el pacto como “necesario, pero indigerible”; y en París, la ministra de Economía habló directamente de “una humillación comercial”. Solo en Bruselas parece haberse vivido con alivio: cuando uno sobrevive al chantaje, agradece no haber perdido todas las extremidades.
Lo irónico es que fue la propia Comisión Europea la que celebró el “equilibrio del acuerdo”, aunque en su texto no figura ninguna cláusula de reciprocidad real ni compromisos estructurales por parte de EE.UU. A fin de cuentas, Trump ha vuelto a aplicar su lema: America First, y que los demás se acomoden como puedan.
Este episodio revela —una vez más— la fragilidad de la llamada “autonomía estratégica” de Europa. Mientras el bloque proclama independencia en foros y discursos, en la práctica sigue supeditado a los dictados económicos y militares de Washington.
Más allá del arancel, de los volúmenes energéticos o de las armas, este acuerdo refleja una pérdida de soberanía negociadora. La UE ha cedido, no porque sea débil, sino porque no supo —o no quiso— jugar sus cartas geopolíticas con firmeza.
El acuerdo entre la Unión Europea y Estados Unidos evitará una guerra comercial de gran escala, sí. Pero lo hace a costa de una claudicación asimétrica. La paz se ha comprado con aranceles tolerados, sumisión energética y compras militares impuestas. Un pacto firmado bajo presión, celebrado con palabras vacías, y que deja a Europa, una vez más, con sabor amargo en la boca… y la billetera más vacía.

