-¿Tercer polo, o alianza de conveniencia contra Washington?-
Acorralada por el giro agresivo de Estados Unidos y decepcionada de su viejo aliado atlántico, la Unión Europea firmó en Nueva Delhi un histórico acuerdo comercial con la India. Presentado como la “madre de todos los tratados”, el pacto promete crear un mercado de dos mil millones de personas. Pero detrás del entusiasmo oficial, asoma una alianza de conveniencia marcada por el temor, la urgencia y la desconfianza mutua.
Sobre el papel, la escena fue impecable. Apenas una semana después del choque con Washington por la cuestión de Groenlandia, la Unión Europea lanzó una contraofensiva diplomática de alto voltaje: acercarse a la India, potencia emergente también cortejada —y presionada— por Estados Unidos.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, fueron recibidos con honores en Nueva Delhi por el primer ministro Narendra Modi. En pocas horas, se cerraron negociaciones que llevaban veinte años empantanadas. Europa e India sellaban, al fin, su tratado de libre comercio.
El pacto prevé una reducción drástica de los aranceles indios a los automóviles europeos —del 110 % a un máximo del 10 %— y la liberalización de hasta el 96 % de las exportaciones de la UE hacia el mercado indio. A cambio, Bruselas abre de par en par sus fronteras a textiles, productos farmacéuticos y maquinaria india.
Von der Leyen lo resumió con grandilocuencia: una “zona de libre comercio de dos mil millones de personas”, concebida como un supuesto “tercer bloque” capaz de equilibrar el poder frente al duopolio China–Estados Unidos.
La narrativa es atractiva. La realidad, menos romántica.
Europa descubre que ya no es aliada, sino cliente
El acercamiento a la India es, en esencia, una reacción defensiva. La UE acaba de descubrir —de manera abrupta— que su histórico vínculo con Washington ya no garantiza trato preferencial. La ratificación del acuerdo comercial alcanzado con Estados Unidos en julio fue congelada, y el segundo mandato de Donald Trump dejó claro que incluso los aliados deben pagar precio de subordinados.
Europa, dependiente en lo energético, tutelada en lo militar y vulnerable en lo comercial, se encontró de pronto buscando socios alternativos… a contrarreloj.
Del lado indio, la historia es distinta pero convergente. Narendra Modi ha cultivado durante años una relación pragmática con Washington, aprovechando el “friendshoring” estadounidense y la relocalización de industrias fuera de China. Pero el segundo mandato de Trump endureció las condiciones: alineamiento total o castigo.
Modi dijo no. La respuesta fue inmediata: aranceles del 50 % a productos indios en el mercado estadounidense desde agosto de 2025.
Para una India que aspira a ser potencia autónoma —no apéndice de ningún imperio—, el ultimátum era inaceptable. Bruselas apareció entonces no como socio natural, sino como válvula de escape.
Europa e India comparten hoy algo esencial: el rechazo a la tutela estadounidense. Pero fuera de esa coincidencia, las diferencias son profundas.
No hay política exterior común.
No hay visión de seguridad compartida.
No hay alineamiento ideológico sólido.
India no romperá con Estados Unidos.
Europa no desafiará frontalmente a Washington.
Ambos seguirán comerciando con China mientras la critican en los discursos.
Más que un “tercer bloque”, este acuerdo es un equilibrio inestable entre necesidades cruzadas.
Que el primer ministro canadiense, Mark Carney, también contemple un acercamiento a la India no es un gesto aislado. Es señal de una fisura mayor: los aliados tradicionales de Estados Unidos buscan salidas laterales ante un liderazgo cada vez más coercitivo.
El orden liberal que prometía reglas compartidas se transforma en un mercado de presiones bilaterales. Nadie quiere romper. Pero nadie quiere obedecer.
Cierre editorial TeclaLibre
Europa no firmó por convicción, sino por pánico.
India no firmó por afinidad, sino por cálculo.
Este tratado no inaugura un nuevo orden mundial: certifica la descomposición del viejo. Un mundo donde los acuerdos nacen del miedo, se celebran con fanfarrias y se sostienen mientras convenga.
No es la “madre de todos los acuerdos”.
Es el hijo legítimo de una época sin certezas,
donde los socios se dan la mano
mientras esconden el cuchillo detrás de la espalda.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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