-Cuba bajo presión: Trump aprieta, Latinoamérica responde y una flotilla llamada “Nuestra América” se hace a la mar-
Cuando Washington declara “amenaza”, el sur activa la memoria histórica… y los barcos.
Hay decisiones que no solo tensan cables diplomáticos, sino que despiertan fantasmas. La declaración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, catalogando a Cuba como una “amenaza inusual y extraordinaria”, no cayó en el Caribe como un rayo aislado: fue más bien un disparo de salida.
Porque si la Casa Blanca apretó el puño, América Latina respondió levantando la mano… y organizando una flotilla.
En marzo zarpará una flotilla internacional bautizada “Nuestra América”, en alusión directa al célebre ensayo del pensador cubano José Martí. No es casual el nombre: el gesto es simbólico, político y emocional.
La iniciativa nace de una coalición de movimientos sociales, sindicatos y organizaciones humanitarias decididas a llevar alimentos, medicinas y suministros esenciales a la isla. El lema lo dice todo:
“De pueblo a pueblo, acabemos con el bloqueo”.
En el Zócalo de la Ciudad de México, del 14 al 22 de febrero, se recolectan víveres como si la plaza se hubiese convertido en un muelle simbólico. La escena es potente: ciudadanos depositando arroz y medicinas mientras, a miles de kilómetros, Washington habla de sanciones.
La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, fue directa: “No se puede ahorcar a un pueblo así, de esa manera, es muy injusto”.
México ya envió más de 800 toneladas de ayuda humanitaria. Fue el primer país en anunciar oficialmente el despacho de buques hacia La Habana. Y no solo eso: Sheinbaum se ofreció como mediadora entre Washington y Cuba, junto al Vaticano y Uruguay.
Diplomacia con aroma a 1962, pero con redes sociales y petróleo de por medio.
Desde el sur, el gobierno saliente de Gabriel Boric anunció un aporte de un millón de dólares a través de un fondo especial. El canciller Alberto van Klaveren fue claro: la situación en Cuba es “dramática”, sobre todo por la crisis energética.
Y recordó algo incómodo para la oposición chilena: Cuba ayudó tras el terremoto de 2010. La memoria, en política, es un arma de doble filo.
El tercer actor en escena es Brasil. El canciller Mauro Vieira habría confirmado un aporte de hasta 10 millones de dólares, destinados principalmente a semillas e implementos agrícolas. Aunque el Itamaraty no lo ha oficializado, la noticia corre.
El presidente Luiz Inácio Lula da Silva no ha escondido su postura: calificó la situación cubana como víctima de una “masacre de especulación” estadounidense y llamó a “encontrar una manera de ayudar”.
En paralelo, organizaciones brasileñas impulsan la campaña “Petróleo para Cuba”, negociando incluso con Petrobras las vías legales para despachar combustible. Si eso ocurre, el choque diplomático con Washington podría escalar.
Desde Cuba, el canciller Bruno Rodríguez Parrilla reiteró disposición al diálogo con EE.UU., pero “sin presiones” y “sin precondicionamientos”.
La frase no es nueva. Lo nuevo es el contexto: amenazas de sanciones a terceros países que suministren crudo a la isla, crisis energética interna y una región que —al menos simbólicamente— se alinea.
¿Qué está en juego realmente?
Más allá de los discursos, lo que se libra es una pulseada geopolítica clásica:
EE.UU. endurece la narrativa de seguridad nacional.
América Latina activa la narrativa de soberanía y solidaridad.
Cuba intenta sobrevivir entre apagones, escasez y diplomacia.
La pregunta incómoda es otra: ¿esta solidaridad regional será estructural o solo coyuntural? ¿Se trata de ayuda humanitaria… o de reposicionamiento político frente a Washington?
TeclaLibre lo ve así
Cuando una superpotencia declara “amenaza”, suele hacerlo con lenguaje jurídico. Pero en América Latina la respuesta rara vez es jurídica: es emocional, histórica, identitaria.
La flotilla “Nuestra América” no solo lleva arroz y antibióticos. Lleva un mensaje: que el Caribe no es patio trasero, sino tablero propio.
Ahora bien, el riesgo es evidente: si EE.UU. decide sancionar a quienes suministren petróleo a Cuba, la solidaridad puede convertirse en conflicto diplomático abierto.
Y ahí la pregunta será otra:
¿Estamos ante una crisis humanitaria… o ante el preludio de una nueva guerra fría hemisférica?
Porque cuando los barcos empiezan a navegar con banderas ideológicas, el mar nunca está del todo en calma.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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