G20 en Sudáfrica: Una Cumbre Bajo la Sombra de Washington
La primera cumbre del Grupo de los 20 (G20) en suelo africano, celebrada en las afueras del histórico Soweto, Sudáfrica, comenzó este sábado con una agenda ambiciosa para abordar las profundas desigualdades y la crisis climática que azotan a las naciones más pobres. Sin embargo, un factor dominante y de alta preocupación ha sido la notable y deliberada ausencia de Estados Unidos, la economía más grande del mundo.
El boicot de Estados Unidos, ordenado por el presidente Donald Trump, no es solo una falta de asistencia, sino un golpe directo a la legitimidad y al poder de consenso del bloque. La Casa Blanca justificó su ausencia citando afirmaciones de que Sudáfrica aplica políticas racistas contra la minoría blanca afrikáner. No obstante, la raíz de la brecha parece ser una profunda oposición a la agenda de la anfitriona.
La ausencia estadounidense se percibe como una amenaza real que socava los objetivos de la cumbre. Líderes como el presidente francés Emmanuel Macron lamentaron el boicot, pero instaron a los demás a seguir adelante, afirmando: «Nuestro deber es estar presentes, comprometernos y trabajar todos juntos porque tenemos muchos desafíos».
Sudáfrica, en su rol de presidente rotatorio, estableció prioridades claras, buscando utilizar la plataforma del G20 (que representa cerca del 85% de la economía mundial y más de la mitad de la población global) para:
Aumentar la ayuda para la recuperación de desastres climáticos en países pobres.
Reducir las cargas de deuda externa de las naciones en desarrollo.
Facilitar la transición hacia fuentes de energía verde.
Aprovechar la riqueza mineral propia de las naciones africanas.
Estas prioridades, centradas en el cambio climático, la desigualdad y la deuda, han chocado con la postura de la administración Trump. El secretario de Estado, Marco Rubio, ya había rechazado asistir a una reunión previa, alegando que la agenda se centraba «exclusivamente en la diversidad, la igualdad, la inclusión y el cambio climático», temas en los que se negaba a «desperdiciar el dinero de los contribuyentes estadounidenses».
GLa preocupación sobre el éxito de la cumbre es palpable. El secretario general de la ONU, António Guterres, expresó su escepticismo sobre si las naciones ricas harían las concesiones necesarias para lograr acuerdos efectivos.
Además, la sombra del boicot se extiende hasta la declaración final. Sudáfrica denunció que Estados Unidos está presionando para evitar que se emita una declaración de líderes conjunta, buscando reducirla a un documento unilateral de la anfitriona. A esto, el presidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, respondió con firmeza: «no nos dejaremos intimidar».
El punto culminante del desaire diplomático podría ser la ceremonia de traspaso de poderes. Al final de la cumbre, Estados Unidos asumirá la presidencia, pero la Casa Blanca anunció que solo enviaría a un representante de menor rango de su embajada. Sudáfrica considera esto un «insulto» y ha comunicado que Ramaphosa no entregará el testigo a un funcionario diplomático de bajo nivel.
El futuro del G20 es ahora incierto. Con la presidencia pasando a Estados Unidos (quien celebrará la cumbre del próximo año en un club de golf de Trump en Doral, Florida), el enfoque en el cambio climático y la desigualdad que Sudáfrica tanto ha impulsado se arriesga a ser radicalmente descartado.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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