HAITÍ

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Por Ramon Espinola
EDUCANDO
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA ANTILLANA
HAITÍ
Las primeras décadas poscoloniales
(1804-1860)
(Si no conocemos la historia y el idioma de nuestros invasores no nos podemos defender de ellos)
Durante estos cincuenta y seis años iniciales de vida independiente se fueron colocando, con manos a veces firmes y otras torpemente crispadas por la ambición, las bases de la nacionalidad haitiana.
Aquella nación nació, si se permite la metáfora, coja de una pierna histórica, pues los gobiernos que la dirigieron en ese primer medio siglo estuvieron encabezados casi exclusivamente por antiguos jefes de la revolución y caciques de la guerra de independencia.
Aquellos hombres habían aprendido —y muy bien— el arte de romper cadenas, pero no siempre el de construir instituciones.
Eran maestros de la inquina, del pleito y de la espada; menos, por desgracia, del paciente oficio de gobernar para el bienestar del pueblo.
La historia, que suele ser más severa que piadosa, registra con fría tinta que la gloria de los campos de batalla rara vez se traduce automáticamente en la sabiduría del gobierno civil.
En el breve gobierno de Jean-Jacques Dessalines (1804-1806) se establecieron las primeras bases constitucionales del nuevo Estado.
Sobre el papel, Haití nacía como una república soberana surgida del más formidable levantamiento de esclavos de la historia moderna.
Pero las constituciones, como los juramentos solemnes, solo tienen valor cuando alguien decide cumplirlos. En la práctica, aquellas normas fueron respetadas con una elasticidad que haría sonrojar incluso a los juristas más indulgentes.
Muy pronto surgieron profundas divisiones internas que fragmentaron el país en regiones rivales, como si la joven nación hubiera sido arrojada a una mesa donde cada caudillo intentaba quedarse con su propio pedazo del mapa.
A esta fractura se sumó la existencia de gobiernos paralelos.
Por un lado, Alexandre Pétion, jefe de la llamada República del Sur (1806-1818), y por el otro, Henri Christophe, quien dominó el Norte entre 1807 y 1820. Este último, en un gesto que mezclaba ambición personal con un curioso sentido del espectáculo político, decidió en 1811 proclamarse rey de Haití.
Christophe era, según señalan muchas fuentes, un hombre sin formación académica formal; pero la ironía de la historia quiso que aquel monarca caribeño se jactara de poseer la biblioteca más grande del Nuevo Mundo. Tal vez pensó que los libros, aun sin leerlos, porque no sabía, conferían cierta respetabilidad a la corona. Después de todo, la cultura exhibida en estanterías siempre ha sido un excelente accesorio para los tronos inseguros.
Otro personaje central de este periodo fue Jean-Pierre Boyer (1818-1843), gobernante de larga duración que logró reunificar el territorio haitiano y que, en 1822, decidió extender su autoridad sobre la parte oriental de la isla. Así, durante veintidós años, toda la isla quedó bajo su control, hasta que el 27 de febrero de 1844 la región oriental proclamó su separación y dio nacimiento a la República Dominicana.
La unificación impuesta por Boyer fue, en esencia, una unidad administrativa sostenida por la fuerza más que por la concordia, fenómeno que la historia universal ha demostrado repetidamente: los imperios construidos a golpe de decreto suelen desmoronarse cuando sopla el primer viento de rebeldía.
El último gobernante de esta etapa fue Faustin Soulouque, quien ascendió al poder en 1847 y llevó el personalismo político a una teatralidad casi operática. En 1853 se coronó emperador, imitando con entusiasmo tropical los fastos napoleónicos. Aquella ceremonia imperial convirtió a Haití, para la mirada irónica de muchas cancillerías extranjeras, en una curiosa mezcla de tragedia política y comedia diplomática. Muchos en Europa se reían de burla diciendo “Pobres negros”.
Soulouque instauró un régimen autocrático que pretendía cimentar su poder mediante campañas militares y ceremonias imperiales.
Sin embargo, su caída en 1859 marcó el final de un ciclo: el de los gobernantes surgidos directamente de las filas de la revolución.
Puede afirmarse, con cierta severidad histórica pero no sin fundamento, que estos dirigentes —todos ellos antiguos combatientes— hicieron poco por encaminar al país hacia una sólida institucionalidad. Sabían ganar guerras; gobernar en paz era otra ciencia.
Tras la separación dominicana y las múltiples invasiones haitianas destinadas a impedirla durante los años posteriores a 1844, Haití logró incorporar definitivamente a su territorio las regiones de Hinche y Ouanaminthe, resultado de las campañas militares impulsadas por el propio Soulouque.
El periodo entre 1860 y 1915
La segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX constituyen, para Haití, una etapa marcada por la inestabilidad política crónica.
Entre 1859 y la ocupación militar estadounidense en 1915 se sucedieron veintiséis gobiernos distintos, cifra que ilustra con elocuencia una realidad: la política haitiana se parecía más a un carrusel de golpes y conspiraciones que a una república institucional.
Durante ese medio siglo el país registró escasos avances estructurales.
La producción agrícola sufrió un deterioro considerable debido, entre otras causas, a la destrucción progresiva de la cobertura boscosa y al problema nunca resuelto de la tenencia de la tierra. La erosión del suelo, producto de la tala indiscriminada y del cultivo en pendientes pronunciadas, fue debilitando la base económica rural.
Uno de los intentos de reforma más notables fue impulsado por el presidente Lysius Salomon, líder del Partido Nacional, quien gobernó entre el 2 de octubre de 1879 y el 10 de agosto de 1888. En 1883 promulgó una ley agraria que otorgaba parcelas de tres a cinco carreaux —cada uno equivalente aproximadamente a 1,5 hectáreas— a campesinos dispuestos a cultivarlas con productos destinados a la exportación.
En teoría, la medida parecía progresista. En la práctica, agravó el problema del minifundio, fragmentando aún más la tierra en pequeñas parcelas poco productivas. A esto se sumaba un dato devastador: cerca del 97 % de la población rural era analfabeta, lo que hacía extremadamente difícil introducir mejoras técnicas o administrativas en el campo.
No faltó tampoco el sarcasmo de la realidad.
Con frecuencia las tierras entregadas a los campesinos correspondían a zonas escarpadas o de difícil cultivo, donde la agricultura se volvía un ejercicio de heroísmo cotidiano. Así, lo que en los discursos oficiales se presentaba como reforma social, en muchos casos se transformaba en una promesa que la geografía se encargaba de desmentir.
En el plano económico, Haití continuó exportando los mismos productos que habían sustentado la economía colonial francesa: café, cacao, algodón, maderas preciosas, añil, tabaco, miel, cera y pieles. La gran ausente en esta lista era el azúcar, antaño columna vertebral del sistema esclavista de Saint-Domingue.
Tras la revolución haitiana, la industria azucarera se desplazó hacia otros territorios del Caribe, particularmente Cuba, que heredó gran parte de ese lucrativo negocio.
La ironía histórica es evidente: la revolución que destruyó el sistema esclavista más rentable del Caribe terminó fortaleciendo la economía azucarera de otra colonia. Y cosa curiosa, la revolución social de 1959 en Cuba tal vez por ser antiimperialista también como la haitiana destruyo esa industria en la mayor de las islas del Caribe. Interesante. ¿Verdad?
Durante la Guerra de Secesión de Estados Unidos (1861-1865), Haití aprovechó la coyuntura internacional para ampliar el cultivo de algodón y venderlo al mercado norteamericano, que se encontraba desesperado por abastecer su industria textil.
El café también gozó de una sólida demanda en Europa durante buena parte del siglo XIX, mientras que las maderas preciosas continuaron siendo un producto importante de exportación. El cacao, por su parte, empezó a adquirir relevancia comercial desde el final de la guerra civil estadounidense hasta mediados del siglo XX.
Paradójicamente, pese a sus constantes conflictos políticos, Haití llegó a poseer durante parte de este periodo una economía más dinámica que la de sus vecinos orientales de la isla. Sin embargo, la inestabilidad institucional, la degradación ambiental y las deficiencias estructurales del sistema agrario fueron erosionando lentamente aquella ventaja. Y hoy empezando el segundo cuarto del siglo XXI la Republica Dominicana es un paraíso comparado a Haiti.
La historia, siempre paciente y algo irónica, demuestra que los países no se arruinan de golpe, sino por acumulación de pequeñas torpezas repetidas durante generaciones.
Haití, en este largo tránsito del siglo XIX al XX, parecía avanzar precisamente por ese sendero: un camino donde las oportunidades existieron, pero donde la política —esa vieja comediante del poder— supo desperdiciarlas con admirable constancia.
Epílogo: La pesada herencia de la independencia
Así transcurrió el primer siglo de la independencia haitiana: entre gestas heroicas, rivalidades personales, coronaciones pintorescas y una inestabilidad política que parecía tener vocación de permanencia.
Haití había nacido en 1804 como un milagro político sin precedentes en el mundo moderno.
Un ejército de antiguos esclavos derrotó al poder colonial más rico del Caribe y proclamó una república libre en una época en que la palabra libertad todavía era patrimonio casi exclusivo de los blancos ilustrados de Europa y Norteamérica.
Sin embargo, como ocurre tantas veces en la historia, la victoria militar no garantizó la madurez institucional.
El nuevo Estado heredó un territorio devastado por la guerra, una economía destruida por el colapso del sistema esclavista y una sociedad profundamente fragmentada. A ello se sumó el aislamiento internacional impuesto por las potencias esclavistas de la época, que miraban a Haití como un ejemplo peligroso que podía contagiar a sus propias colonias.
Pero también es cierto —y la historia no puede callarlo— que buena parte de las dificultades del país nacieron de sus propias luchas internas.
Los líderes revolucionarios, convertidos en gobernantes, continuaron comportándose muchas veces como generales en campaña, incluso cuando ya no había enemigos externos que derrotar.
El resultado fue una república donde el poder cambiaba de manos con la facilidad con que el Caribe cambia de tormenta.
Veintiséis gobiernos en medio siglo no constituyen una estadística administrativa: son el síntoma de una nación que aún buscaba el arte de gobernarse a sí misma.
Mientras tanto, la tierra —que siempre es la verdadera madre de los pueblos— iba perdiendo su fertilidad entre talas indiscriminadas, cultivos precarios y reformas agrarias improvisadas. El campesino haitiano, que había sido el héroe silencioso de la revolución, terminó convertido en el eterno sobreviviente de una economía rural fragmentada.
Y así, lentamente, el país que había desafiado a Napoleón comenzó a enfrentarse a enemigos mucho más difíciles de vencer: la pobreza estructural, la erosión de su suelo y la inestabilidad política permanente.
Cuando en 1915 los Estados Unidos desembarcaron tropas en Haití para iniciar su ocupación militar, el mundo presenció un espectáculo cargado de ironía histórica. La primera república negra independiente del planeta, nacida de una revolución contra el dominio extranjero, terminaba el siglo XX bajo la tutela armada de otra potencia.
La historia del Caribe, siempre pródiga en paradojas, parecía recordar una vieja lección:
Los pueblos pueden conquistar su libertad en el campo de batalla, pero la verdadera independencia se construye lentamente en las escuelas, en las instituciones y en el respeto a la ley.
Y ese, como bien sabemos en estas Antillas nuestras, ha sido siempre el combate más largo y difícil de ganar.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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