InicioCEREPOESIAARTE Y CULTURAJOHNNY ABBES: OFICIO — ASESINO

JOHNNY ABBES: OFICIO — ASESINO

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Por Ramon Espinola

POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA

JOHNNY ABBES

(Para que la memoria histórica no sea enterrada bajo el yeso del olvido ni bajo los perfumes baratos de la nostalgia dictatorial.)

Conviene recordar —aunque a algunos les produzca alergia moral— quién asesinó a los Panfleteros de Santiago fue Johnny. Dentro de poco se cumplirán sesenta y seis años de aquel acto simple y heroico: repartir papeles con palabras. En las dictaduras, escribir es un delito capital y pensar es prácticamente suicida.

Aquellos jóvenes solo esparcieron tinta.
El régimen respondió esparciendo sangre.

Los panfletos decían:

“¡Viva la Revolución! ¡Abajo el tirano! ¡Libertad

O Muerte! (UGRI)”

 Y en el reverso, con una precisión filosófica admirable:
“Con perdón de la expresión, Trujillo es una mierda.”

Esta última expresión en el panfleto fue la que los llevó al cadalso de la 40 para ser sacrificados como animales

La frase, más que insulto, era diagnóstico clínico del poder absoluto.

La nueva generación dominicana —sí, la que nació cuando el miedo ya no se respiraba como oxígeno obligatorio— muchas veces no alcanza a dimensionar el tamaño del horror que se vivió en la fase terminal de la más sangrienta tiranía de la historia republicana dominicana.

Porque las dictaduras no son obra de un solo monstruo.

Son fábricas de monstruos.

Rafael Leónidas Trujillo no actuó solo.
Treinta años de terror no se sostienen sin contadores, periodistas, médicos, empresarios, militares, intelectuales… y, por supuesto, especialistas en dolor humano.

La Era de Trujillo sobrevivió tanto tiempo porque se administró como una empresa del miedo: fracciones de poder enfrentadas entre sí, pero unidas en la defensa del privilegio. Un sistema perfecto: nadie confiaba en nadie, excepto en el terror.

Y por eso el régimen no murió el 30 de mayo de 1961.

Los sistemas autoritarios no mueren: se reciclan porque las injusticias perviven en el tiempo.

Dentro de esa maquinaria estatal del espanto, destacó un grupo de profesionales del crimen.
Y entre ellos brilló —si es que la oscuridad puede brillar— Johnny Abbes García.

Johnny Abbes García: la banalidad del mal con carnet oficial

Pocos esbirros han mostrado una vocación tan meticulosa por la crueldad como Johnny Abbes García, jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), coronel sin guerra, militar sin ejército, verdugo con oficina y muchos diplomas.

La sola mención de su nombre provocaba el tipo de silencio que antecede a la muerte.

El SIM no era solo un aparato de espionaje:
Era una pedagogía del miedo.

Miles de agentes infiltrados en la vida cotidiana: limpiabotas, médicos, periodistas, abogados, funcionarios… una red donde cualquiera podía ser el oído del régimen. O su cuchillo.

Los Volkswagen del SIM —los famosos “cepillos”— producían un sonido que para muchos dominicanos equivalía al ruido de la muerte estacionándose frente a la casa.

No detectaban radios clandestinas.
Detectaban dignidad.

La 40: arquitectura del infierno

El SIM operaba centros de tortura que convertían el dolor humano en procedimiento administrativo.

La cárcel de La 40 fue la catedral del sufrimiento institucionalizado.

Allí el sadismo dejó de ser desviación psicológica para convertirse en política pública.

Bastones eléctricos.

Perros amaestrados.

Sillas eléctricas importadas como si fueran electrodomésticos de lujo.

La modernización del horror también fue parte del “progreso”.

El perfil del verdugo: mediocridad convertida en poder

Johnny Abbes nació en 1924.
Ni genio.

Ni estratega.

Ni héroe.

Ni villano trágico.

Solo un hombre mediocre con ambición ilimitada.

Y las dictaduras aman a los mediocres ambiciosos: son obedientes y agradecidos.

De joven fue cronista deportivo.

Observaba el esfuerzo ajeno mientras él perfeccionaba el arte de ascender sin mérito.

Nada extraordinario en su apariencia.
Nada memorable en su talento.
Nada admirable en su carácter.

Era un hombre común un tanto regordete de mirada rara y esquiva con una sonrisa maléfica

Y sin embargo, terminó administrando la muerte como quien administra inventarios en un hipódromo.

Esa es la parte más inquietante:
El mal no siempre tiene rostro de demonio.
A veces tiene rostro de vecino.

Del espionaje internacional al terrorismo de Estado

 Abbes se especializó en espionaje en México.
Informó sobre exiliados.

Organizó atentados.

Se ofreció a Trujillo con el entusiasmo de quien entrega el alma a cambio de poder.

Luego coordinó redes internacionales de persecución, colaboraciones con servicios extranjeros, operaciones de desestabilización, asesinatos políticos y financiamiento de dictaduras amigas.

Participó en el asesinato de Castillo Armas en Guatemala.

Colaboró con el aparato represivo de Duvalier en Haití.

Participó en el atentado contra Rómulo Betancourt.
Organizó torturas sistemáticas.

Ordenó ejecuciones masivas.

Todo con eficiencia burocrática.

Los Panfleteros de Santiago

El 30 de enero de 1960, 27 jóvenes fueron asesinados en La 40.

Su crimen: repartir papeles.

Las dictaduras temen a las palabras más que a las balas.

Las palabras sobreviven.

El final de Johnny está cobijado de rumores, sombras y desapariciones.

No hay certeza absoluta sobre su muerte.
Tal vez Haití.

Tal vez Europa.

Tal vez otra identidad.

Tal vez, como ocurre con muchos criminales de Estado, murió sin pagar jamás. Como dice Tony Raful, suelto y sin expediente.

Pero eso no lo salva.

Porque la historia es un tribunal que nunca cierra.

Epílogo: la memoria como acto de justicia

Años después circularon supuestas memorias donde Abbes declaraba seguir siendo trujillista, leal, orgulloso.

Nada sorprendente.

Los verdugos rara vez se arrepienten.
Se justifican.

Porque admitir la culpa sería admitir que fueron, en esencia, pequeños hombres con grandes cuotas de poder prestado.

Johnny Abbes García no fue solo un asesino.

Fue un síntoma. Sí, un síntoma psicológico y como me dijo en una ocasión un expresidente dominicano : El dominicano es un pueblo que le gusta vivir atado y que lo pongan en fila aunque sea para que le repartan golpes. ¿Por qué le llaman excelencia al que administra la cosa pública? La lambonería hizo a Trujillo creerse dios y señor y desde ahí, el poder, se desprenden todas las injusticias, todos los abusos y todos los males; y lo triste es que el pueblo ni cuenta se da de que los maltratan y explotan. Solo sabe aplaudir y bendecir con las manos extendidas.

Un recordatorio de que las sociedades que olvidan su pasado terminan contratando nuevamente a sus verdugos……esta vez con corbata, discurso democrático y sonrisa televisiva.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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