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La caída de Maduro: ¿y ahora qué?

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Por Carlos Claudio Marquez Hijo  /
La caída de Nicolás Maduro y su extradición a los Estados Unidos abren un ciclo de esperanza para el pueblo venezolano.
No solo para quienes permanecen dentro del país bolivariano, sino también para los millones de venezolanos que se vieron forzados a abandonar su tierra, empujados por el colapso económico, la represión política y la ausencia sistemática de las libertades fundamentales.
Sin embargo, la pregunta inevitable surge de inmediato: ¿qué viene después?
Desde hace años, una lectura ampliamente compartida dentro y fuera de Venezuela sostiene que Maduro no ha sido el verdadero centro de poder del régimen, sino más bien la cara visible de una estructura más compleja.
Un entramado en el que figuras como Delcy Rodríguez, Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello han ejercido, de facto, el control político, militar y represivo del Estado.
Maduro, en ese esquema, ha funcionado más como administrador del poder que como su arquitecto. Un eslabón necesario, pero no indispensable.
Esta percepción quedó reforzada tras las recientes declaraciones públicas atribuidas a Donald Trump, en las que, de manera sorpresiva, afirmó no contar con el respaldo de María Corina Machado, sino con el de la vicepresidenta Delcy Rodríguez.
Más allá de la controversia que suscitan estas afirmaciones, el mensaje político implícito es claro: el verdadero poder en Venezuela no se disputa únicamente en el terreno electoral, sino en los círculos internos del régimen.
Por otra parte, el problema venezolano no se resuelve automáticamente. El riesgo real es que el sistema intente reciclarse, sustituyendo la figura presidencial mientras conserva intactas las estructuras de control: las fuerzas armadas, los servicios de inteligencia, el aparato judicial y la red económica que ha sostenido al régimen durante años.
Por eso, el desafío histórico no es solo la salida de Maduro, sino también el desmontaje integral del modelo autoritario.
Sin una transición que incluya justicia, depuración institucional y garantías reales de participación democrática, la esperanza podría volver a convertirse en frustración.
Venezuela no necesita un relevo cosmético. Necesita un quiebre profundo. Y ese quiebre no vendrá solo desde afuera, sino de la capacidad del propio pueblo venezolano, dentro y fuera del país, de impedir que los mismos actores sigan moviendo los hilos con nuevos rostros.

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