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LA CULTURA NO IMPORTA

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Por Ramon Espinola

EN EL MUNDO DE HOY, LA CULTURA NO IMPORTA

(Dedicado a las mujeres que exhiben su cuerpo como instrumento de trabajo y a los hombres ignorantes que aplauden la carne que desean comerse)

El mundo ha cambiado con una velocidad tan vertiginosa que ni los más lúcidos profetas del siglo XX habrían osado anticipar semejante precipicio de transformaciones.

Todo se ha acelerado: el tiempo, las costumbres, las aspiraciones… y, tristemente, también la superficialidad.

A las nuevas generaciones ya no les interesa aquello que encendía el espíritu de sus predecesores.

Donde antes había devoción por la lectura, el estudio riguroso, el arte y la contemplación de lo bello, hoy se alza un escenario distinto, casi caricaturesco: una bifurcación grotesca entre la ciencia utilitaria y el culto desmedido al boato.

Así, asistimos —no sin cierto estupor— a un espectáculo cotidiano donde una joven decide reconstruirse el cuerpo como quien remodela una propiedad en ruinas, mientras legiones de espectadores, con la dignidad en pausa, celebran la exhibición como si se tratase de una epifanía estética.

La carne sustituye al intelecto, y el aplauso reemplaza al criterio.

El siglo XXI se nos presenta como una época de transformaciones colosales y cambios acelerados, donde la incertidumbre global ya no es una excepción, sino la norma.

Vivimos en medio de mutaciones profundas, disruptivas, muchas de las cuales apenas comenzamos a comprender —si es que nos tomamos el tiempo de hacerlo—

La humanidad, armada con avances tecnológicos que rozan lo prodigioso, se encuentra en una encrucijada histórica: o emplea tales herramientas para resolver los dilemas que la aquejan, o se encamina —con admirable disciplina— hacia su propia decadencia, envuelta en luces de neón y pantallas de alta definición.

Ni siquiera los grandes acuerdos internacionales han logrado contener la deriva.

Tras la firma del Acuerdo de París en 2015, concebido como un pacto de salvación climática, la temperatura del planeta ha seguido su ascenso implacable, como si la naturaleza hubiese decidido ignorar nuestras declaraciones solemnes y nuestros discursos diplomáticos.

El siglo avanza, rápido, casi frenético, en un trajinar cotidiano que apenas deja espacio para la reflexión.

Las masas, ocupadas en lo urgente —la subsistencia, el sustento, la supervivencia—, apenas logran percibir las transformaciones que, silenciosamente, redefinen su existencia.

Cada día trae consigo noticias nuevas: algunas prometedoras, muchas inquietantes, todas fugaces en la memoria de una humanidad distraída.

¿De qué vale el análisis histórico, si yace abandonado en estantes que nadie visita?
¿De qué sirve invocar el arte, si lo sublime ha sido reemplazado por lo banal y lo efímero?

¿Para qué hablar de dignidad, decoro y respeto, cuando una joven —convertida en empresaria de sí misma— entiende su cuerpo no como templo, sino como maquinaria de producción, donde el placer ajeno cotiza mejor que el amor propio?

Tal vez la tragedia no sea que el mundo haya cambiado.

Tal vez la verdadera tragedia sea que, en medio de tanto cambio, el hombre haya decidido renunciar —voluntariamente— a lo mejor de sí mismo.

EPÍLOGO

Y así, entre pantallas luminosas y conciencias apagadas, la humanidad avanza… no necesariamente hacia adelante, sino hacia cualquier parte. Porque moverse no siempre es progresar, y en este siglo se ha perfeccionado el arte de confundir velocidad con destino.

Se ha democratizado la ignorancia con una eficacia admirable: nunca fue tan fácil opinar sin saber, exhibirse sin pudor y existir sin profundidad.

El pensamiento crítico, ese viejo y noble ejercicio del espíritu, ha sido sustituido por la reacción inmediata, por el impulso, por la dictadura de lo instantáneo.

Hoy no se aspira a comprender, sino a destacar; no se busca la verdad, sino la visibilidad. La inteligencia ha sido desplazada por el algoritmo, y el mérito por la viralidad. El hombre ya no necesita elevarse: le basta con ser visto.

Y, sin embargo, en medio de esta feria de banalidades, aún queda una pregunta incómoda, persistente, casi insolente:

¿Qué quedará cuando el ruido se disipe?

¿Qué sobrevivirá cuando la moda pase, cuando los cuerpos envejezcan, cuando la atención —esa nueva moneda— se agote?

Quizás entonces, demasiado tarde, se recordará que la cultura no era un lujo, sino un cimiento. Que el arte no era adorno, sino espejo. Que el pensamiento no era una carga, sino la única brújula posible en medio del caos.

Pero para ese momento, tal vez ya no quede nadie dispuesto a entenderlo.

Y será ahí, en ese silencio final —no el de la paz, sino el de la vaciedad— donde la humanidad contemplará su obra más perfecta:

Un mundo lleno de todo…
y vacío de sí mismo.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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