Por: Enrique Cabrera Vásquez (Mellizo)
Durante mi temprana adolescencia, leí con avidez «El arte de amar», de Erich Fromm, así como las cumbres del romanticismo: «María» de Jorge Isaacs, «Clemencia» de Ignacio Manuel Altamirano y «Amalia» de José Mármol. A estas obras se sumaron «El lobo estepario» de Hermann Hesse y la selva devoradora de «La vorágine», del colombiano José Eustasio Rivera.
Desde entonces, he mantenido un seguimiento especial a esta manifestación tan íntima del sentimiento humano. Evoco tiempos inolvidables de entusiasmo compartido, leyendo a figuras como José Ingenieros, Ernest Hemingway, William Shakespeare y José Martí. Transitamos por la sensibilidad de Pablo Neruda y Walt Whitman, el realismo de Balzac y Galdós, y el misterio de Edgar Allan Poe. También exploramos las vidas de figuras históricas como Abraham Lincoln, Winston Churchill y John F. Kennedy, cuyas biografías moldearon nuestra visión del liderazgo.
Aquella curiosidad imberbe nos llevó a degustar las historias de Egipto, Roma, Grecia y China. Nos asombramos ante el Imperio mongol de Gengis Kan, cuya implacable autoridad se extendió sobre 33 millones de kilómetros cuadrados, y analizamos el Imperio persa de Ciro el Grande. Revivimos las Cruzadas —aquellas guerras político-religiosas medievales— y la milenaria presencia árabe en España.
Esta última, analizada en 1993 por Samuel Huntington, dio pie a su polémica teoría sobre el Choque de civilizaciones. Huntington planteó que el mundo actual se debate en conflictos de identidad donde la falta de humanismo y la vocación criminal de ciertos líderes han dejado una secuela de exterminio y degradación, afectando incluso a la propia naturaleza.
Ante esta realidad, el filósofo francés Paul Ricoeur, «intérprete de la sospecha», nos propone desde la hermenéutica una resistencia al «triunfo de la máquina». Busca interpretar los conflictos humanos desde una conciencia que subvierta los extremos de la voluntad y la razón. ¡Vaya ingenua sutilidad en un mundo de cálculos inhumanos!
Nuestra formación se nutrió también de los clásicos. Nos sumergimos en la Divina Comedia de Dante Alighieri, definida por Jorge Luis Borges como la obra más perfecta de la humanidad. Leímos a Virgilio, quien con perfección estilístico narró en la Eneida el trágico suicidio de la reina Dido, y nos deleitamos con Teócrito, el poeta que cantó las penas de amor de los pastores.

Finalmente, nuestra identidad se fortaleció con las letras dominicanas. Autores como Aída Cartagena Portalatín, Pedro Henríquez Ureña, Manuel de Jesús Galván y Antonio Zaglul fueron pilares en nuestra formación. Gracias a la guía de maestros abnegados, descubrimos la producción literaria de los hermanos Deligne José Joaquín Pérez y Francisco Dominguez Charro.


Como bien señaló Nietzsche: «Hay siempre un poco de locura en el amor. Pero también hay siempre un poco de razón en la locura». El amor y la lectura, en fin, siguen siendo los únicos refugios frente a la voracidad de la historia.

