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LA FORTUNA DE TRUJILLO Y EL ESTADO EN SOMBRAS

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EL PAÍS COMO EMPRESA FAMILIAR: LA FORTUNA DE TRUJILLO Y EL ESTADO EN SOMBRAS

Durante tres décadas, la República Dominicana funcionó como una empresa privada administrada desde un despacho en la Casa de Gobierno. Rafael Leónidas Trujillo controló ingenios, fábricas, hoteles, minas, bancos, tierras y hasta el precio del azúcar. Su familia convirtió al Estado en engranaje de un holding personal que sobrevivió más allá del dictador. Este primer capítulo examina cómo se construyó ese imperio y por qué su sombra económica aún condiciona la historia dominicana.

La historia dominicana tiene una metáfora incómoda: durante 31 años, el país no solo tuvo un dictador; tuvo un propietario.

Rafael Leónidas Trujillo Molina gobernó con mano férrea, pero también con mano muy extendida hacia las cajas del Estado, los contratos públicos, las tierras agrícolas, los ingenios y las importaciones. Su poder político era absoluto, pero su poder económico lo era aún más: Trujillo no solo mandaba; cobraba.

Desde mediados de los años 30 hasta su asesinato en 1961, el dictador fue tejiendo un conglomerado empresarial que terminó absorbiendo buena parte de la economía dominicana. Muchos investigadores lo describen como un Estado sumergido dentro de otro Estado, en el que los ministerios, los bancos estatales y los cuerpos armados funcionaban como extensiones de su voluntad financiera.

En 1955, mientras celebraba el “Año del Benefactor”, Trujillo concretó una de sus jugadas maestras: la adquisición de la West Indies Sugar Company, operación que le entregó el control del azúcar, el oro blanco de la época. Con esa compra, la familia Trujillo pasó a ser dueña de un imperio azucarero que incluía Porvenir, Consuelo, Quisqueya, Santa Fe, Ozama, Boca Chica, Montellano, Amistad y otros ingenios.

No era solo azúcar. Era poder, divisas, empleo y capacidad de presión sobre Estados Unidos. Era, en pocas palabras, ponerle un candado al corazón económico del país.

Alrededor de los ingenios nació una cadena paralela de negocios: navieras, almacenes, talleres mecánicos, molinos, fábricas de sacos, transporte terrestre y flotas de camiones. Todo un holding que respondía a un apellido y a un miedo.

La expansión del clan Trujillo fue metódica, quirúrgica y omnipresente. En distintos momentos, la familia controló o influía directamente en: Hoteles de lujo en Santo Domingo y provincias. La Marmolería, símbolo del poder económico del régimen. Fábricas de papel, algodón, vidrio, zinc, clavos, pisos y otros materiales. La Cementera Dominicana, pieza clave para la obra pública. Minas de sal, yeso, bauxita y cobre. Ganado, tierras agrícolas y latifundios enteros. Estaciones de radio y televisión como La Voz Dominicana. Bancos y compañías financieras que impulsaban sus propios negocios.

La familia poseía residencias, fincas lecheras, cuadras de caballos, plantaciones agrícolas y miles de tareas de tierra distribuidas por todo el territorio. Cada zona del país tenía, de una manera u otra, un sello trujillista.

Durante la dictadura, ser empresario privado era casi un acto de resistencia. Quien prosperaba sin el beneplácito oficial era observado, presionado o absorbido.

El problema no era solo la magnitud del imperio, sino el modo de controlarlo. Los organismos del Estado actuaban como departamentos de una gran corporación familiar: La banca pública financiaba compras estratégicas. La policía y el ejército protegían intereses privados del clan. Las leyes se modificaban para favorecer monopolios. Y los jueces resolvían pleitos empresariales a conveniencia del poder.

El país se movía dentro de una lógica simple: la familia Trujillo no competía con nadie; absorbía, neutralizaba o destruía a sus competidores.

Este modelo dejó una huella que duraría décadas: la mezcla tóxica de poder político absoluto + control privado de los mercados. A la larga, condicionó la transición democrática, la estructura de los salarios, el régimen de tierras y hasta la forma de hacer negocios en la República Dominicana moderna.

Cuando Trujillo cayó abatido el 30 de mayo de 1961, el país amaneció con una pregunta monumental: ¿Qué hacer con el patrimonio del hombre que lo poseía casi todo?

La familia escapó, parte del capital se dispersó, algunos bienes fueron ocultados, otros vaciados, otros reclamados por testaferros. Sobre la mesa quedó un botín gigantesco: ingenios, hoteles, fábricas, minas, tierras, vehículos, empresas de servicios, comunicaciones y viviendas.

La República Dominicana, en la práctica, heredó un rompecabezas económico del tamaño de la nación.
Pero esa historia —la de la nacionalización, la creación de CORDE, las privatizaciones, los intereses políticos y la larga cadena de traspasos— será el tema del Capítulo 2 de esta investigación.

-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com      https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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