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LA GUERRA EN IRÁN

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Por Ramon Espinola

POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA

LA GUERRA EN IRÁN: ¿ECONÓMICA, RELIGIOSA… ¿O SIMPLEMENTE HUMANA?
Dedicatoria
(Para las multitudes fervorosas que, con admirable disciplina, confunden fe con obediencia, información con consigna y patriotismo con sumisión; y para aquellos que, desde la comodidad de sus certezas, aplauden guerras que jamás habrán de pelear. Y una dedicatoria especial para los fanáticos que son anti todo y pro-nada, porque nunca han sabido hacer nada, solo protestar).
Desde que el ser humano decidió, con admirable terquedad, dejar constancia escrita de sus desdichas —a las que con indulgencia llama “historia”—, las guerras han servido para casi todo: justificar ambiciones, bendecir saqueos y ennoblecer la barbarie.
Y, como si de un mueble sagrado se tratase, siempre han reposado sobre el mismo trípode inmutable: religión, economía y poder.
Nada nuevo bajo el sol… salvo la hipocresía, que cada siglo perfecciona con esmero.
El actual conflicto en el Medio Oriente no es la excepción; es, más bien, una repetición disciplinada del libreto humano.
Allí se entrecruzan viejos odios con nuevos intereses, en una coreografía donde la sangre siempre llega a derramarse de forma puntual.
Musulmanes contra judíos.
Musulmanes contra cristianos.
Musulmanes contra musulmanes (porque, al parecer, Allah también tiene preferencias internas: sunitas contra chiitas).
Y mientras tanto, la muerte —siempre imparcial— recoge a todos los cadaveres por igual.
La lucha, en su esencia más descarnada, no se reduce a teologías ni a principios elevados, aunque así se nos venda.
Se trata, como casi siempre, de quién acumula más poder económico y quién logra imponer su influencia religiosa… que, curiosamente, termina traducida en poder político. Es decir, lo de siempre, pero con rezos incluidos. Chochueca y Pelao hubieran estado bien dirigiendo el tráfico del cielo, del infierno y del purgatorio.
Sin embargo, lo verdaderamente inquietante no es la guerra en sí —esa vieja costumbre humana—, sino la ignorancia supina de las grandes mayorías que, guiadas por la ceguera de la fe o por la pereza del pensamiento, marchan dócilmente hacia el abismo, convencidas de que lo hacen en nombre de la verdad.
Porque si algo ha demostrado la historia es que la fe, cuando se mezcla con la ignorancia, no ilumina: incendia.
¿Pero… qué hace un caribeño opinando sobre un conflicto del que no entiende nada?
En el escenario actual, se nos presenta el conflicto como una confrontación casi épica entre religiones: el cristianismo frente al islam. Una simplificación tan cómoda como peligrosa, que permite ocultar los verdaderos motores del conflicto bajo un barniz moral.
Y entonces aparece el gran teatro del poder.
El país que se autoproclama representante del mundo cristiano —una designación que nadie votó, pero todos parecen aceptar—, bajo la voz de su presidente, Donald Trump, ha decidido recurrir a ese lenguaje tan civilizado que caracteriza a las potencias modernas: la amenaza de aniquilación total.
Con una serenidad digna de mejores causas, advirtió que Irán podría ser “destruido en una sola noche”. La frase, por supuesto, fue pronunciada en el marco de una conferencia de prensa, ese espacio donde la diplomacia suele disfrazarse de espectáculo.
El motivo inmediato: la reapertura del estrecho de Estrecho de Ormuz, arteria vital por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial. Porque al final, entre rezos y discursos, siempre termina apareciendo el verdadero dios contemporáneo: el mercado.
El negocio, la explotación de los pendejos que no tienen nada con qué caerse muertos.
La fecha límite, fijada con precisión casi litúrgica, vino acompañada de la amenaza de devastar la infraestructura energética iraní. Nada personal, claro está; solo negocios globales.
Llevarlo todo a la edad de piedra y luego viene el negocio: “La Reconstrucción”.
Mientras tanto, el precio del crudo asciende con la elegancia de quien sabe que se alimenta del caos.
Los mercados bursátiles, siempre sensibles al olor de la pólvora, reaccionan con caídas que afectan —como es tradición— a quienes nunca decidieron la guerra.
Y así, entre declaraciones altisonantes y cifras económicas, se nos recuerda una verdad incómoda: las guerras modernas no han dejado de ser primitivas; simplemente han aprendido a hablar en términos financieros.
La guerra en Irán, como tantas otras, no nace de un solo vientre. Es hija legítima de décadas —o siglos— de tensiones acumuladas: religiosas, políticas, económicas y militares. Un entramado complejo que, sin embargo, suele reducirse a consignas simples para consumo de masas.
Porque pensar demasiado nunca ha sido buen aliado de la guerra.
Y así seguimos, avanzando por el trillado camino de la intrahistoria, donde cambian los nombres, se renuevan los discursos y se perfeccionan las armas… pero el ser humano permanece obstinadamente fiel a su peor tradición: destruir en nombre de aquello que dice defender.
EPÍLOGO: EL PRECIO DE LA FE Y EL COSTO DEL PETRÓLEO
Al final —porque siempre hay un final, aunque la historia se empeñe en repetirlo— no será Dios quien firme los armisticios ni quien entierre a los muertos.
Tampoco será la verdad quien prevalezca, esa dama olvidada que rara vez es invitada a las mesas del poder.
Serán los mercados.
Las gloriosas bolsas de valores donde los ricos bailan y a los pobres se les prohíbe la entrada.
Serán los mismos que hoy tiemblan, mañana celebrarán y pasado mañana olvidarán, con esa elegante indiferencia que solo poseen quienes nunca pisan un campo de batalla, pero siempre cobran por él.
La fe seguirá siendo invocada, como una contraseña sagrada que abre las puertas del fanatismo.
Los líderes seguirán pronunciando palabras altisonantes, cuidadosamente diseñadas para que suenen a destino, cuando en realidad huelen a cálculo.
Y los pueblos —ah, los pueblos— continuarán creyendo que mueren por causas nobles, cuando en realidad lo hacen por intereses que jamás les pertenecieron.
Porque si algo ha perfeccionado la humanidad, no es la paz, ni la justicia, ni siquiera la convivencia: ha perfeccionado la justificación.
Hoy se destruye en nombre de Dios.
Mañana, en nombre de la seguridad.
Y siempre, en nombre de algo que suene lo suficientemente hermoso como para ocultar lo suficientemente bien la verdad.
Mientras tanto, el petróleo seguirá fluyendo —cuando convenga—, las armas seguirán vendiéndose —siempre—, y la conciencia colectiva continuará anestesiada, dormida en el cómodo letargo de las consignas.
Quizás el verdadero conflicto no sea entre religiones, ni entre naciones, ni siquiera entre ideologías.
Quizás —y esto resulta insoportablemente incómodo— el conflicto sea entre la realidad y la narrativa.
Entre lo que ocurre… y lo que nos dicen que ocurre.
Y en esa brecha, en ese abismo cuidadosamente cultivado, es donde prospera la guerra.
No por inevitable.
No por divina.
Sino por rentable.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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