El arquitecto, apasionado estudiante de la historia y co-productor del programa «Historia Nuestra» de la corporación Teclalibre Multimedios: Félix Jiménez*, ha sido co-organizador del Primer Encuentro del Movimiento Literario, Artístico y Cultural de la Cerepoética que se realizo los días 9-10 de agosto del presente, de manera virtual.
Nos comparte su ponencia – reflexión sobre la intersección entre Inteligencia Artificial, la conciencia humana y la creación artística, en la cual nos invita a reconsiderar el papel de la conciencia en la producción del arte y cómo la inteligencia artificial puede influir en esta dinámica.
Considera que no debemos verla como sustituto de la creatividad humana, sino como un complemento que puede ampliar nuestras perspectivas, cuyo verdadero valor reside en cómo la interpretamos y le damos sentido a sus producciones.
Te invitamos a disfrutarla!!
Introducción de Félix Jiménez
¿Qué credenciales tengo yo para estar en un evento donde, claramente, la poesía es la protagonista?
Bueno… existe un viejo adagio latino, atribuido a Séneca, que ha inspirado un refrán que todos conocemos: De músico, poeta y loco… todos tenemos un poco.
Si le damos un matiz romántico, inevitablemente me viene a la mente uno de mis poetas favoritos, Gustavo Adolfo Bécquer, cuando escribió: ¿Qué es poesía? – dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul – ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía… eres tú.
Ahora bien… eso de músico, poeta y loco, ¿cómo se traduce en mi caso? Pues… todos sabemos que cuando uno sube la montaña, mientras más alto llega, más puede ver. Si aplico eso a la madurez que me han dado los años… lo que veo desde aquí es que mi “locura” empieza a preocuparme.
Casi podría decir que mi locura es soñar con el enciclopedismo!
He pasado gran parte de mi vida practicando en el instrumento más solitario que existe: el piano. Puedes pasarte años tocando sin que nadie te escuche, salvo el pobre vecino que se resigna. He devorado bibliotecas enteras con la historia – mi eterna pasión – como plato principal. Y como pionero y promotor turístico, he tenido el privilegio de recorrer más de 80 países… lo que equivale a llenar la maleta de recuerdos, anécdotas y, sí… también rarezas.
Con semejante equipaje, ¿cómo procesar todo eso sin que la locura deje de ser metáfora y pase a ser diagnóstico? Vivimos tiempos muy interesantes… y, por suerte, en mi auxilio ha llegado la Inteligencia Artificial. En este esfuerzo por no terminar en un manicomio, no me queda más remedio que aspirar a ser un hombre biónico.
En los últimos meses he estado explorando esta herramienta que todavía no sabemos bien qué papel jugará en la vida humana cuando alcance su verdadero potencial. Y es precisamente esa mezcla de música, poesía, locura, viajes, historia y curiosidad tecnológica lo que me ha traído aquí hoy… para compartir con ustedes algunas reflexiones sobre este fascinante tema.
Me encuentro hoy frente a una pregunta que quizá solo esta época podía plantear: ¿qué ocurre cuando la máquina intenta participar en la creación artística?
Aquí la ponencia:
La inteligencia artificial, la conciencia y la creación artística: una encrucijada de sentido
Dicho en otras palabras: “La inteligencia artificial, la conciencia y la creación artística: en la encrucijada de su significado”
Desde sus albores, la humanidad ha usado el arte como herramienta para enfrentar lo inexplicable, para traducir el misterio en símbolo, y el símbolo en comunidad. La conciencia, entendida no solo como capacidad de percibir, sino de otorgar significado, ha sido históricamente el motor y la justificación de toda creación artística.
Sin embargo, la aparición de inteligencias artificiales capaces de escribir, pintar, componer o imitar el lenguaje poético plantea una ruptura sin precedentes: ¿puede haber creación sin conciencia?
En términos filosóficos, este desafío no es nuevo. Ya en el mito de Prometeo, el ser humano juega con el fuego de los dioses, entregando a la técnica un poder demiúrgico. En la Edad Media, las discusiones sobre el alma vegetativa, sensitiva e intelectual prefiguraban la inquietud de si algo sin alma podía producir belleza o verdad.
Más recientemente, el pensador judío-alemán Walter Benjamin (1892–1940), figura clave de la teoría estética y la filosofía de la cultura, advirtió sobre la pérdida del “aura” en la obra de arte cuando esta se reproduce técnicamente. Según Benjamin, el “aura” es esa singularidad irrepetible que posee una obra en su contexto original, y que se diluye cuando se convierte en copia. Su reflexión, escrita en la década de 1930, anticipó el vértigo que hoy sentimos ante un poema, una pintura o una melodía generada por código: nos preguntamos si, sin un creador humano detrás, sigue habiendo algo auténtico que contemplar.
Podríamos recordar que, cuando surgió la escritura alfabética, muchos pensadores temieron que la memoria humana se debilitara; y sin embargo, la palabra escrita no mató la tradición oral, sino que le dio nuevos caminos para sobrevivir. Más tarde, la llegada del telégrafo, de la radio y de la televisión transformó radicalmente el modo de contar historias, obligando a poetas y narradores a reinventarse. La historia del arte y la comunicación está hecha de sobresaltos, y en cada uno de ellos hubo voces que anunciaban el fin de la creatividad… y otras que, con el tiempo, demostraron que el arte siempre encuentra una rendija por donde volver a florecer.
Pero la historia nos enseña que el arte ha sobrevivido a todas sus crisis precisamente porque no reside en la herramienta, sino en la intención. Cuando la imprenta democratizó el libro, muchos temieron que la poesía perdiera su magia oral; sin embargo, fue en los libros donde encontró nuevos lectores que la llevarían más lejos que cualquier juglar. La aparición de la fotografía, el cine o el sintetizador musical no desplazaron al artista: lo desafiaron a reinventar su papel, a dialogar con la técnica y extraer de ella nuevas formas de humanidad.
La poesía, en particular, ha demostrado una capacidad única para absorber y transformar las innovaciones técnicas. En el siglo XX, poetas concretos y visuales exploraron la tipografía y la disposición gráfica como parte de su mensaje; hoy, los poetas digitales juegan con hipervínculos, sonidos y animaciones. Quizá la IA sea el próximo territorio a conquistar, no como una amenaza, sino como un nuevo idioma que todavía estamos aprendiendo a hablar. Si la conciencia humana es el filtro por donde pasa la experiencia para convertirse en arte, la IA puede ser vista como una lente adicional, capaz de mostrar ángulos que antes quedaban ocultos, pero que solo cobran sentido cuando alguien, un ser humano, decide qué mirar y cómo interpretarlo.
El concepto mismo de conciencia ha sido interpretado de maneras muy distintas según la cultura y la época. Para el pensamiento griego, era inseparable de la razón y la capacidad de contemplar el orden del cosmos. En la tradición oriental, especialmente en el budismo, la conciencia es más bien un flujo que observa y se transforma, un espejo de la im-permanencia. En la modernidad, la filosofía europea la concibe como subjetividad, como el “yo” que se sabe a sí mismo. Y hoy, en un laboratorio de IA, se convierte en pregunta: si la máquina no siente ni se sabe a sí misma, ¿puede su producción artística ser algo más que un eco? Tal vez la respuesta dependa menos de lo que haga la máquina, y más de lo que hagamos nosotros con ese eco.
La inteligencia artificial, en este sentido, no es un sustituto de la conciencia, sino una extensión de sus límites. No piensa, pero puede procesar. No siente, pero puede reflejar. Y en ese reflejo, el ser humano se descubre de nuevo. La IA puede ser como un espejo bruñido: no tiene alma, pero devuelve la imagen del alma que la mira.
La Cerepoesía, como intuición colectiva, debería buscar entonces no preservar la pureza de una tradición, sino abrir la conciencia a nuevas formas de sensibilidad. Si alguna vez la poesía fue el canto de los dioses, hoy puede ser también el canto del lenguaje que se piensa a sí mismo.
Imagino un futuro en el que un poema pueda nacer de un diálogo entre un humano y una máquina, donde cada uno aporte lo que el otro no tiene. El humano, su emoción, su historia, su capacidad de sufrir y de amar; la máquina, su memoria inagotable y su precisión milimétrica. Quizá entonces la pregunta deje de ser “¿quién escribió esto?” para convertirse en “¿qué nos dice este poema de nosotros mismos?”. Y quizá descubramos que, en ese espejo compartido, seguimos siendo los verdaderos poetas de nuestra historia.
Tal vez, al final, la verdadera pregunta no sea si la máquina puede escribir poesía, sino si nosotros, como humanidad, sabremos seguir escribiendo la nuestra… y eso es lo que hoy quisiera sugerir que consideremos todos nosotros.
*Félix Jiménez es arquitecto especializado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington, D.C.
Pionero del turismo moderno en la República Dominicana. En 1976 fundó el turoperador Turinter y, en 1980, como Gerente General del Hotel Bahía Beach en Samaná, introdujo el primer paquete hotelero “todo incluido” del país, dirigido al mercado canadiense, dando así inicio al turismo de masas en la República Dominicana.
Fundador y presidente de ADOTUR y de OPETUR, las dos principales asociaciones de turoperadores dominicanos. Su liderazgo, sin embargo, trascendió las fronteras nacionales: Félix Jiménez fue Presidente de WATA — la World Association of Travel Agents — y también de American Sightseeing International, colocándose a la vanguardia de la industria turística receptiva a nivel mundial.
Más allá de su destacada trayectoria, es un apasionado estudiante de la historia, pianista y filatelista. Su amor por el conocimiento y la cultura lo ha llevado a más de 80 países, otorgándole una perspectiva verdaderamente global del mundo.

