-La socia incómoda: cuando el discurso de Trump choca con la sombra de la DEA-
Washington habló primero. Y habló fuerte. Cuando Donald Trump anunció la captura de Nicolás Maduro, presentó a Delcy Rodríguez como la llave de la “estabilización” venezolana: una interlocutora confiable, una socia “pragmática”, la pieza que permitiría destrabar el petróleo y recomponer el tablero regional.
La escena parecía cerrada, casi perfecta. Hasta que apareció el ruido de fondo.
Ese ruido no venía de Caracas ni de la oposición venezolana, sino de los propios archivos estadounidenses. Informes citados por Associated Press describían una “nube de sospechas” que acompañaba a Rodríguez desde hacía años: seguimientos, menciones recurrentes y expedientes abiertos en investigaciones de la Drug Enforcement Administration. No acusaciones formales. No imputaciones públicas. Pero sí un rastro persistente.
Ahí comenzó la grieta; el doble discurso. La narrativa oficial de Trump fue quirúrgica: Maduro representaba el problema; Rodríguez, la solución de transición; el petróleo, el incentivo legítimo para la estabilidad.
Pero esa lógica se tambalea cuando la figura elevada como “socia preferida” aparece, simultáneamente, en reportes de la propia arquitectura antidrogas de EE. UU. ¿Cómo se explica que Washington promueva como garante de orden a una dirigente que sus agencias han observado con lupa?
El contraste es más que incómodo: es estructural. En el relato trumpista, la intervención —militar, política o económica— se justifica por la necesidad de limpiar, ordenar y restaurar. Sin embargo, al apostar por Rodríguez sin despejar públicamente las dudas que la rodean, el argumento moral se desarma desde dentro. No hay ruptura con el pasado: hay administración selectiva del mismo poder.
Pragmatismo o confesión tácita? Hay dos lecturas posibles, ambas inquietantes.
Washington sabe más de lo que dice y considera que las sospechas no son suficientes para descartar a Rodríguez. En este escenario, la “nube” sería un costo asumible frente a un objetivo mayor: control energético, gobernabilidad mínima y un canal directo de mando.
Por otro lado, Estados Unidos asume que el sistema venezolano —con o sin Maduro— está irremediablemente atravesado por esas zonas grises. Si todos los caminos pasan por actores bajo sospecha, la política exterior se reduce a escoger al socio más funcional, no al más limpio.
En ambos casos, la consecuencia es la misma: se cae la narrativa redentora de la intervención. Ya no se trata de rescatar instituciones, sino de reordenar intereses.
En Caracas, el cambio prometido no llega como ruptura sino como continuidad maquillada. En Washington, el discurso se sostiene con adjetivos —“estabilidad”, “cooperación”, “transición”— mientras los expedientes permanecen cerrados, no porque estén vacíos, sino porque conviene no abrirlos.
Delcy Rodríguez aparece así como una figura paradójica: imprescindible para Trump, tolerable para la geopolítica, y problemática para la coherencia.
La pregunta ya no es por qué una dirigente bajo investigación sería promovida como socia. La pregunta real es otra, más incómoda aún: ¿desde cuándo la legitimidad dejó de ser un requisito y pasó a ser un obstáculo?
En ese punto exacto —entre el petróleo, el poder y el silencio— la intervención pierde su relato ético y se revela como lo que siempre fue: una operación de conveniencia.
Y cuando eso ocurre, la historia deja de ser épica y se convierte, simplemente, en crónica.
-Luis Rodríguez Salcedo para TeclaLibre-
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